Capítulo 30
Capítulo Treinta
Kjell
—Te lo repito, Jakob. —Suelto un hondo suspiro y recojo los bolígrafos que fui desparramando por el escritorio durante el día para volver a colocarlos en su vaso—. El artículo sobre Blohm no va a salir adelante.
Frunce el ceño y adelanta el labio inferior. Es innegable: no entiende nada. Y yo tampoco lo haría en su lugar.
—Aquí hay algo que no cuadra —dice, preocupado—. Antes de irte a Öland estabas convencido de que tenías entre manos una gran historia.
Se me encoge el estómago.
—Me equivoqué.
Dios mío.
No quiero mentirle, pero ¿qué otra cosa puedo hacer? Si le cuento a Jakob lo que he descubierto, todo podría descontrolarse. Publicará la historia de Sky y eso no solo sería su ruina, sino también la mía.
—¡Maldita sea! —Su mano golpea el escritorio. Nunca lo había visto así. ¿Qué demonios le pasa? —. Como si alguna vez te hubieras equivocado en algo así. Solo tienes que mirar a la gente para saber que está escondiendo algo.
Puede que tenga razón, pero ya no es tan sencillo. Los límites que antes tenía tan claros se han convertido en líneas difusas que se mezclan unas con otras. Tanto que, a veces, ya ni siquiera consigo verlas.
—¿Por qué estás haciendo esto? —En la voz de Jakob hay decepción, y eso es peor aún que el miedo que lo había atenazado antes—. ¿Te has enrollado con esa chica? ¿Por eso ya no te importa nuestro sueño?
Claro que me sigue importando. Pero Sky significa, como mínimo, lo mismo para mí. Me levanto de un salto de la silla para aliviar la presión que siento por dentro.
—No necesitamos la historia de Blohm. Ahí fuera hay historias mucho más interesantes.
—Entonces es verdad —mi mejor amigo niega con la cabeza, frustrado—. Hace dos meses te dejabas la piel luchando contra el Ryktesspegeln . Estabas tan indignado por tu integridad periodística que querías publicar con seudónimo.
—Y eso sigue siendo así —aclaro de inmediato, evitando mencionar a Sky y a mí—. Ninguno de esos artículos se publicará nunca con mi nombre.
En ese momento me doy cuenta de la suerte que he tenido hasta ahora. Si Sky se hubiera topado con alguno de mis artículos anteriores, habría sabido quién soy en realidad.
¿Y si sucede? ¿Y antes de que ella esté preparada para afrontarlo?
No, no lo descubrirá. Solo el Sanningens Ögonblick lleva mi nombre, y es un periódico sin importancia.
Además, ahora mismo solo sacan un número por trimestre.
Tendría que buscarlo a propósito para enterarse.
Y, aun así, podría tratarse de una simple casualidad.
Al fin y al cabo, no soy el único Kjell Mattson de Suecia.
Me sacudo la desazón del cuerpo, pero se me queda pegada. Desesperado, miro a Jakob.
—Si no tienes ninguna idea para un reportaje, ya encontraré una yo solo. No hay problema.
Sus hombros se hunden hacia delante, pesados.
—Hazlo —responde, frotándose los ojos, enmarcados por ojeras profundas—. Pero hazlo rápido, ¿de acuerdo? —He vuelto a oír ese matiz suplicante en nuestras conversaciones telefónicas durante mi estancia en Öland.
Me está ocultando algo, y lo sé desde hace bastante más tiempo de lo que piensa. Nuestra situación podría ser mucho peor de lo que ha admitido hasta ahora.
Siento cómo un miedo helado me recorre la espalda, un miedo que nunca había conocido: el miedo a la verdad. Y a todo lo que conlleva. A la presión que descargaría sobre mí. A la decisión imposible que tendría que tomar. A las consecuencias que podría desencadenar.
Dios, ¿en qué me he convertido en estas últimas semanas? ¿Desde cuándo le tengo miedo a la verdad?
—Tengo que irme ya —logro decir.
No le doy a la angustia la oportunidad de apoderarse de mí y agarro la chaqueta del respaldo de la silla.
Jakob no dice nada y solo me mira con tristeza.
—Hasta mañana.
Salgo disparado de la redacción.
Bajo las escaleras y salgo a la fría noche de invierno.
Ni el aire cortante ni el cielo estrellado consiguen calmarme.
Hundo las manos en los bolsillos de la chaqueta y noto el envoltorio de plástico de Milán que sigue ahí.
Los grissini están reducidos a migas, pero aun así los aplasto una vez más con el puño.
Mis preguntas fueron el origen de todo este lío.
Y gracias a sus respuestas ahora estoy atrapado en una telaraña de mentiras. Los hilos pegajosos se cierran con fuerza en torno a mi cuello, pero aun así acelero el paso para llegar a casa de Sky lo antes posible.
Saco el teléfono del bolsillo y releo su mensaje de esta tarde.
Necesito tu ayuda. A las 19:00 en mi casa
No hizo falta que escribiera más, porque recuerdo la promesa que le hice durante el viaje de vuelta a Estocolmo.
Esa promesa, al menos, pienso cumplirla, porque se suponía que era la verdad.
Media hora después, abre la puerta con gafas de sol y una bufanda subida hasta la nariz.
— Hej —susurra, apartándose de inmediato de la puerta, como si temiera que hubiera reporteros al acecho tras los arbustos.
Su expresión paranoica aviva el conflicto interno que me persigue desde nuestro regreso de Öland. El deseo de protegerla de sí misma y de lo que está haciendo choca con el desprecio que me produce saber que le estoy mintiendo precisamente por ese motivo.
Tengo que apartar eso de mi mente o acabará devorándome, así que entro y echo un vistazo al vestíbulo.
¿Por qué quería que viniera aquí? La lámpara de araña, las cortinas pesadas y la alfombra que conduce recta hasta la escalera doble están en perfecto estado.
No hay nada roto. Y está claro que Sky no necesita una pareja de baile para volver a tener el control.
La observo, pero en su expresión solo alcanzo a ver alivio cuando se despoja del disfraz.
—¿En qué puedo ayudarte? —pregunto, esforzándome por sostenerle la mirada pese al peso de la culpa.
En lugar de responder, me toma de la mano y me guía desde la entrada hasta una sala de estar. Está iluminada con luz indirecta. Unas velas encendidas titilan sobre la mesa puesta. Un suave aroma a vainilla y un jazz tranquilo llenan la estancia.
—Esto —dice con una sonrisa, conduciéndome hasta la mesa—. Allí descorre una silla y me indica que me siente—. Espero que tengas hambre.
Confundido, me dejo caer en la silla mullida.
—¿Has cocinado para mí? —alzo la vista hacia ella—. ¿Es una cita, por casualidad?
—Es una manera de darte las gracias —responde, aunque en su expresión se adivina un travieso «tal vez».
Hay flores sobre la mesa y una botella de vino en una cubitera. Distingo los cubiertos reflejando las llamas de las velas. Y esas tapas metálicas sobre los platos.
—¿Qué he hecho para merecer esto?
La amplia sonrisa de su rostro se transforma en una sonrisa suave. Toma asiento al otro lado de la mesa y saca la botella de vino de su lecho de hielo.
—Devolverme a mi mejor amiga —dice mientras nos sirve vino, con los ojos brillantes, mordiéndose dulcemente el labio inferior y haciéndome imposible apartar la mirada.
Alza la copa, chocamos el cristal y luego probamos el vino blanco.
—¿Yo he conseguido eso? —pregunto, con el pecho lleno de calor, deseando de verdad que lo que quiero para ella se esté haciendo realidad.
Con un gesto de la mano me indica que retire la tapa del plato. Debajo de la elegante cubierta hay espaguetis. Suelto una risita y agarro el tenedor.
Mientras comemos, me cuenta cómo lo que le dije en Öland la animó a contarle a Lil la verdad sobre lo que ocurrió entonces. Con cada frase que pronuncia me siento un poco más relajado, y cuando sonríe feliz incluso consigo dejar de odiarme por un momento.
—Lil y yo todavía tenemos un largo camino por delante. Pero es un comienzo. —Sus ojos relucen a la luz temblorosa de las velas—. Abrirme con ella fue lo correcto. Y confiar en Aurora después también fue la decisión adecuada. Al principio no me creyó, pero al final me perdonó.
Termina su relato mientras yo tengo la sensación de estar flotando por encima de la silla.
Ha dado un paso increíble, mucho más de lo que jamás habría soñado en tan poco tiempo. Sky ha elegido de verdad el camino correcto.
Por retorcido que parezca, ocultarle mi verdadera identidad es lo correcto. Ahora me doy cuenta, aunque apenas pueda soportar el odio que siento hacia mí mismo. Es importante aguantar esto por Sky.
Alargo la mano hacia la suya.
—¿Quién lo habría imaginado? —pregunto, acariciando con suavidad los finos anillos que lleva entre las falanges del dedo corazón.
De pronto, retira su mano de la mía y se levanta de la silla. Se acerca. Rara vez me quedo sin palabras, pero este es uno de esos momentos. La cálida luz de las velas le baña el rostro. Se aparta el cabello hacia atrás y me mira con pasmosa naturalidad.
Es como si estuviera atrapado en un sueño.
Es irreal.
Irreal, casi de otro mundo.
Es hermoso.
Aunque lo único que hace es quedarse de pie frente a mí, el pulso se me acelera. Una oleada de calor se expande por mi interior. No sé qué efecto tiene esta mujer en mí, pero estoy completamente indefenso ante ella.
Sin apartar los ojos de los míos, junta mis rodillas con sus manos, da otro paso y se acerca tanto que las puntas de sus rizos me hacen cosquillas en las orejas.
Su escote domina todo mi campo de visión.
Contemplo cómo sus pechos se arquean bajo el cuello de su camiseta y me llega el olor de su piel.
El corazón me late desbocado.
Antes de que alcance a comprender lo que está pasando, ella desciende. Veo su cuello, su barbilla, sus labios. Luego su nariz y, por último, sus ojos, que me miran con tanto amor que me olvido de todo lo que me rodea.
—Gracias —susurra, con los labios tan cerca de los míos—. Gracias por estar aquí. Sin ti no lo habría conseguido.
Hasta este momento, creía que ya no quedaban más muros dentro de mí que pudieran derrumbarse. Pero ahora siento cómo el último se deshace en cuestión de segundos.
Todo va a salir bien entre nosotros. Lo siento en lo más hondo de corazón. Solo tengo que aguantar un poco más, por Sky.
—Yo... Te quiero, Sky Blohm. Tanto, que tu felicidad me importa más que la mía .
Me encantaría decirlo, pero ella me calla con un beso apasionado.
Suspiro, lleno de una calma dichosa, le rodeo la cintura con los brazos y la atraigo aún más hacia mí. Su presencia es seguridad en estado puro. Ella es amor. Ella es confianza.
Ella es un nuevo comienzo. Y hasta ahora no me había dado cuenta de cuánto lo deseaba.