Las estrellas que perseguimos (Amor y otros sueños 5) Capítulo 19
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Capítulo 19

Capítulo Diecinueve

Sky

Las palabras de Kjell me llegan distantes. Me encantaría quedarme en esta burbuja en la que los dos bailamos para siempre. Pero algo en su tono hace que abra los ojos.

—Vamos, atrapemos una estrella para ti —propone, mirándome con tanto cariño que hasta el último resto de tensión se desvanece.

Inhalo el aire frío de la noche. Siento cómo me llena los pulmones y sé que lo he conseguido. El ansia por drogarme ha desaparecido y vuelvo a ser yo.

Aliviada, separo mis dedos de los suyos y alargo la mano. En seguida, tres copos de nieve caen sobre la manga de mi chaqueta. Contemplo sus formas intrincadas y su brillo delicado.

—Es hermoso, ¿verdad?

—Hermoso —murmura Kjell, asintiendo, y cuando levanto la vista hacia él me doy cuenta de que no está mirando los copos de nieve, sino a mí.

No debería hacerlo. Enseguida doy un paso atrás.

—Acabas de salvarme la vida.

—Y lo haría otra vez —responde con suavidad.

Seguramente quiere saber qué me ha pasado hace un momento. Pero no pregunta. Y quizá por eso me entran ganas de contárselo.

—Soy adicta a las drogas. —Durante la terapia en Inglaterra me acostumbré a decir esta frase.

Entendí que soy nunca puede sustituirse por fui , por mucho tiempo que lleve alejada de esa mierda.

La adicción está dentro de mí y no me soltará hasta el final de mis días—.

Llevo limpia unos cinco años —añado, para que Kjell no lo malinterprete—.

Bailar me ayudó a recuperar el control de mi vida.

Kjell asiente con comprensión.

—Es tu vía de escape.

—Los terapeutas lo llaman regulación emocional.

Siempre que corro el riesgo de perder el control y recaer, bailo.

Todavía recuerdo cómo reaccioné cuando me hicieron esa propuesta.

Lo taché de ridículo, le solté una grosería a mi terapeuta y me arañé los antebrazos hasta hacerme sangre para combatir el ansia que tenía dentro.

Actualmente soy consciente de que el baile me ha salvado, y no es la primera vez.

Nunca le he contado a nadie mi adicción fuera de la clínica de desintoxicación. Hoy tampoco debería hacerlo. Al fin y al cabo, se lo prometí a mi padre. Pero ¿cómo no contárselo a Kjell?

Al hombre que compartió conmigo los recuerdos de su infancia con una honestidad tan brutal en Milán.

Al hombre que, sin hacer preguntas, baila un vals conmigo en la azotea, en plena noche, cuando se lo pido.

Al hombre que ahora me mira como si de pronto viera en mí algo que antes no alcanzaba a ver.

Mi secreto está a salvo con él. Lo noto.

—Solo fue un verano. Un único verano. Y, aun así, bastaron esas pocas semanas para destrozar por completo mi vida —prosigo.

Él ladea la cabeza.

Frunce el ceño y me observa con atención.

—¿El verano de hace seis años? —pregunta, pensativo—. ¿El verano en el que salías de fiesta casi todas las noches en el Polarnatt ?

¿Cómo lo sabe?

Lo miro, desconcertada.

—¿Tú también estabas allí?

Su sonrisa tiene un deje triste.

—Sí.

No me acuerdo. No sé por qué, pero se me llenan los ojos de lágrimas.

—Fuera lo que fuera que te hice, lo siento muchísimo —susurro. Debí de ser horrible con él. Lo veo en la forma en que me mira ahora. No era yo misma.

La droga me convirtió en una lunática. Una lunática que creía que podía abrazar el mundo con los brazos y manejar a las personitas que vivían en él.

Me creía una diosa. Era fuerte. Y era libre para hacer lo que me diera la gana. Porque todo lo que hacía estaba bien, siempre.

No había presión. Yo misma marcaba las reglas.

Kjell me mira con la mandíbula tensa.

—Mierda —murmura. Se pasa los dedos por el pelo con tanta fuerza que los copos de nieve que se habían acumulado allí en los últimos minutos salen disparados. Sus manos se detienen delante de la boca—. El tipo baboso que siempre estaba contigo...

—Levi —digo con remordimiento—. Todo empezó con él. Con él y con mi amor ciego.

Kjell lucha visiblemente por ordenar sus pensamientos.

—Trabajaba de camarero en el Polarnatt por aquel entonces.

¿Él era el camarero? ¡Claro! De eso nos conocemos. ¡Por supuesto!

Traga saliva con dificultad y fija la mirada en mí.

—¿Por qué no...?

¿Se está culpando?

—No, fue culpa mía y solo mía. Nadie más es responsable —respondo enseguida.

Esboza una sonrisa vaga, como si no me creyera.

—Lo que pasó ya no se puede cambiar —eso fue lo que me hizo entender la terapia—. Pero desde entonces he hecho todo lo posible por compensarlo.

—¿A qué te refieres? —pregunta, y se le forman pliegues en la frente.

Se me hace un nudo en la garganta.

—He destrozado demasiadas cosas con mi adicción —consigo decir—. Mis padres están increíblemente decepcionados.

De pronto, abre mucho los ojos.

—Por eso desapareciste de un día para otro.

Me muerdo el labio inferior.

—«Nada de escándalos en Touch av lyx » —cito a mi padre, y en ese mismo instante me doy cuenta de que aún tengo que contarle a Kjell lo más importante de todo. Lo miro fijamente—. Mi adicción es un secreto que jamás puede salir a la luz. Bajo ninguna circunstancia.

—El artículo... —balbucea, más para sí que para mí, y me recuerda el problema que me trajo aquí, a la azotea, para empezar.

—Van a ir a por ti... —se le borra todo el color del rostro—. Van a intentarlo todo... Y van a querer...

Las palabras entrecortadas de Kjell me revuelven el estómago al instante. Si tiene razón, ya no estaré a salvo en Estocolmo.

—Dios mío.

Me mira fijamente.

—Van a destruirte.

Trago con dificultad, pero no sirve de nada. Lo último que necesito ahora es a la prensa siguiéndome a todas partes. Ya me vieron patinando sobre hielo con Kjell, y quién sabe qué más.

¿Y si me han estado siguiendo desde que llegué?

El pensamiento me recorre la espalda con un escalofrío. ¿Qué habrán descubierto ya? ¿Qué artículos estarán escribiendo sobre mí en este mismo momento? ¿Cuántos rumores estarán difundiendo?

—Tengo que irme.

Si me quedo aquí, todo se desmoronará. Mi esperanza de reconciliarme con mi padre se perdería para siempre.

Kjell asiente con firmeza. Su expresión está llena de compasión. Es la única persona aquí, en Suecia, que permanece a mi lado. Es mi amigo.

Sin pensarlo, le tiendo la mano.

—Ven conmigo.

No duda ni un segundo y coloca su mano en la mía.

—Adonde tú quieras.