Las estrellas que perseguimos (Amor y otros sueños 5) Capítulo 12
25%

Capítulo 12

Capítulo Doce

Kjell

—El treinta y ocho para la prueba de vestuario.

Tintineos frenéticos. Nubes de laca.

—¿Dónde están los zapatos?

Un tejido de seda ondea delante de mi cara. Los tacones de aguja repiquetean sobre el linóleo.

Nunca pensé que pudiera existir un lugar más agitado que una redacción de periódico justo antes del cierre.

Pero esto es otro nivel. Modelos medio desnudos atraviesan la sala a toda prisa, entre mesas alineadas contra las paredes con espejos de maquillaje.

Peluqueros y maquilladores trabajan sin descanso.

El ruido de los secadores lo llena todo, igual que el zumbido de las voces, entre el cual a veces se desprenden fragmentos sueltos de palabras.

—Enséñame el programa del desfile.

Una modelo flacucha choca conmigo al pasar y, por el cansancio acumulado tras una noche en vela, casi me estrello contra el perchero de al lado. Consigo agarrarme a la barra justo a tiempo, antes de irme al suelo junto con la ropa.

Miro a Sky, que hoy tiene un aire severo con el pelo recogido.

Después de nuestra conversación de ayer me quedé desconcertado.

La forma en que me miró me hizo sentir unido a ella.

Por un momento, dejé de ser yo mismo. Estaba demasiado cerca de mí.

Y parecía demasiado real. Estuve a punto de confiar en ella.

Retirarme antes de que todo se descontrolara fue lo único sensato que pude hacer.

Me sacudo con rapidez el recuerdo inquietante de anoche y vuelvo a concentrarme en Sky, porque todavía no tengo claro qué papel desempeña en este desfile. Y tengo un trabajo que hacer; no debería olvidarlo.

—Los shorts están geniales. La modelo debería llevar un paraguas a juego —le dice al hombre delgado que tiene al lado, con su corte de pelo a lo Príncipe Valiente.

Resopla, exasperado.

—El desfile empieza en una hora.

—Pero un paraguas completaría el conjunto, ¿no crees? —Sky da golpecitos a una de las fotos clavadas en la pared junto a ella, que desde aquí apenas alcanzo a distinguir. Son modelos, sin duda. Supuestamente llevan la ropa que van a lucir hoy en el desfile.

Durante un segundo, el interlocutor de Sky cierra los ojos.

—Mira —remarca—, todos hemos trabajado mucho en esta colección. Gustav aprobó cada detalle.

—Y crees que yo no tengo nada que decir, ¿verdad? —El gesto de Sky se endurece—. ¿Es eso lo que piensas?

Esto puede ponerse interesante. Me acerco con cautela. Aunque es poco probable que me perciban en plena discusión acalorada, mantengo una distancia prudente.

El interlocutor de Sky se da un golpecito en el pecho con el índice.

—Aquí el diseñador soy yo. Y tú eres...

—¿Sí? —Sky da un paso hacia él, con los hombros caídos—. ¿Quién soy?

Sí, Sky, esa es la pregunta. ¿Quién eres?

—Los dos lo sabemos, ¿no? —pregunta, arrojando al suelo la tela que tiene en la mano—. Aquí no pintas nada.

Ayer, por un momento, pensé que Sky podía ser la mujer más empática que había conocido nunca. Pero cuando mira al diseñador con esa determinación helada, vuelve a recordarme a la Sky de antes.

Endereza los hombros.

—Ahora la jefa soy yo.

Así que es eso. Interesante.

—Acéptalo —añade con una calma estoica, como si hubiera sido una directora general implacable toda su vida.

Estudio su lenguaje corporal.

Respiración contenida. Postura rígida. Mandíbula apretada.

¿Está asustada? ¿O es una muestra de ferocidad?

El diseñador se pone rojo como un tomate.

—Te vas a arrepentir —gruñe.

Se marcha tan deprisa que la gruesa bufanda de lana se le desenrolla del cuello.

Debería hacerle una foto, pero no puedo evitar quedarme mirando la reacción de Sky.

Los hombros se le vencen hacia delante. Los rasgos duros de su cara se suavizan. Alisa sus pantalones anchos una y otra vez. Verla ahí de pie, frente a la pared decorada de forma caótica, me entristece.

Una parte de mí quiere acercarse para consolarla.

Pero otra parte me recuerda con vehemencia que quizá solo esté montando una escena.

Sé que no está bien, y es mucho más difícil de lo que debería, pero confiar en ella sería un error.

Detrás de su fachada atractiva esconde un secreto oscuro.

Además, tengo un trabajo que hacer, uno del que dependen nada menos que el futuro de Jakob y el mío.

Con esta idea en mente, me fuerzo a apartar la vista de ella y me pongo en marcha en busca del diseñador.

«Aquí no pintas nada», le dijo a Sky, y esa frase resuena dentro de mí.

Mis primeras indagaciones han revelado que Kahlo lleva más de quince años trabajando en Touch av lyx .

Lo consideran la persona de máxima confianza de Gustav Blohm.

Seguro que sabe algo. Y, con lo enfadado que esté ahora mismo con Sky, puede que esté dispuesto a hablar.

Lo localizo junto a la pared de enfrente. Ajusta con gesto hosco la blusa de una modelo. Saco la cámara y me acerco a él.

—¿Una foto para la sesión, Kahlo? —pregunto, por si acaso.

Se vuelve hacia mí, luciendo una amplia sonrisa.

—Adelante.

Posa junto a la modelo y hago varias tomas desde distintos ángulos. El hecho de que se revise el peinado sin parar y se empeñe en girar la cara siempre hacia el mismo lado dice mucho de él.

Es un vanidoso. Y por ahí voy a pillarlo.

Bajo la cámara y finjo mirar a mi alrededor.

—La colección es increíble. Es absolutamente fantástica.

Asiente.

—Bueno, no es solo mérito mío.

Modestia fingida, sin duda.

—Pero tú eres la mente creativa detrás de todo esto. Sin ti no habría colección.

La modelo a su lado insinúa un aplauso, lo que lo enciende aún más. Se le iluminan los ojos y, a pesar de su gesto displicente con la mano, veo cómo se le hincha el pecho de orgullo.

Guardo la cámara en el bolsillo y doy un paso hacia él.

—Entre nosotros, esa pelirroja de antes no tenía ni idea de lo que decía —susurro en tono de conspiración. Conseguir que la gente hable es mi trabajo, pero hablar así de Sky me parece mal—. O sea, ¿un paraguas? Está loca.

Aspira aire con brusquedad.

—Ese es el problema de la gente joven. Hablan mucho sin saber de nada.

—Es la hija del jefe, ¿no? —prosigo—. Debe de ser duro para ella ser ahora la que manda.

—Pfff —bufa—. Si Gustav supiera que intenta ser la que manda aquí...

—¿Qué? —se me corta el aliento sin querer, y una parte de mí no quiere oír la respuesta.

Me mira con desdén.

—¿Y tú quién eres?

Señalo mi cámara.

—El fotógrafo —respondo—. Es una pena que Gustav no haya podido venir. Me habría gustado conocerlo.

Mis palabras arrancan la primera emoción auténtica de su expresión: pesar.

—No pinta nada bien —admite.

Niego con la cabeza, abatido.

—Ojalá vuelva pronto, porque no la aguanto mucho más —asiente hacia el otro lado de la sala, donde Sky recoloca las fotos en la pared—. ¿Ahora también cambia los accesorios? Pero ¿qué demonios...?

No tengo las pistas necesarias para llevar la conversación por donde quiero. Mi siguiente pregunta es puro tanteo a ciegas. Aun así, necesito aprovechar su rabia.

—¿Qué está haciendo aquí?

—Sí, eso mismo me pregunto yo—junta las manos formando un triángulo—. Gustav le prohibió volver.

¿Qué? ¿Un padre que repudia a su propia hija? Esto es muy fuerte. Ella tuvo que hacer algo realmente terrible para que él reaccionara así.

—¿Qué pasó? —pregunto con cautela.

Con la mirada perdida en Sky, gruñe con asco.

—La cría se volvió completamente loca. Se creía dueña del mundo y saboteó mi desfile, la maldita perra.

El odio se le nota en la cara, y me duele, aunque al mismo tiempo puedo entenderlo.

También conozco a Sky así: maniática, egocéntrica y arrogante. No soy el único que la ha visto comportarse de esa manera, el diseñador también conoce ese lado suyo. ¿Es de verdad una niñata egoísta y malcriada? ¿O era así entonces y ahora es distinta?

Ayer estaba seguro de haber visto a una mujer empática y vulnerable detrás de su fachada distante.

En mi recuerdo, vuelvo a nuestra velada juntos.

Hablamos como casi nunca hablo con nadie.

No le cuento mi vida a cualquiera. Claro, quizá había bebido un poco de más.

Aun así, fue agradable cómo me escuchó. Demasiado agradable.

Un momento.

¿Y si me estuvo manipulando todo el tiempo? Llevándome con habilidad a hablar de mí. ¿Estuvo rellenando mi copa? No lo recuerdo. Pero sin duda mostró un interés desmedido por mi historia.

¿Solo fingía compadecerse de mí para lograr su verdadero objetivo? Lo que llevaba buscando desde el principio: mantener a salvo su propio secreto.

Lo único que reveló de sí misma fue que le gusta comer pasta. Y eso no me ayuda para nada.

Mierda.

Meto la mano en el bolsillo de la chaqueta, donde siguen guardados los grissini del restaurante.

Mi pregunta, esa en la que tanto me esforcé ayer y que luego abandoné por completo durante la noche.

Cierro los dedos alrededor del paquete y aprieto.

Apenas oigo el crujido entre el trajín de los camerinos, pero al menos siento cómo el grissini se parte bajo la presión de mi puño.

¿Se aprovechó de mí? ¿Y yo me dejé manejar por ella?

Ese pensamiento rompe algo muy dentro de mí.

Es todo demasiado confuso. Si no hago algo al respecto, me va a explotar la cabeza de tantas preguntas.

Con la mandíbula apretada, agarro la cámara y sigo adelante. Donde veo algún detalle que fotografiar, me detengo.

En la mesa de sastrería, alcanzo a oír una conversación.

—Es increíble que haya vuelto —dice la señora del pelo corto con mechones grises, las gafas encajadas entre ellos. Sostiene entre las manos un vestido delicado, probablemente de seda.

Su compañera, mucho más joven, dobla el dobladillo de una camisa y desliza unas tijeras diminutas bajo la costura para descoserla.

—¿Y dónde había estado?

—Nadie lo sabe en realidad—responde la mayor. Alarga la mano hacia la plancha—. Simplemente, desapareció después del desfile. —Vuelve al vestido de seda y lo plancha con vapor con sumo cuidado.

Otra pieza del rompecabezas, y la imagen poco a poco empieza a tomar forma.

Sky saboteó un desfile, por la razón que fuera, y sus padres la repudiaron. Ahora ha vuelto para ocupar el lugar de su padre moribundo, algo que él nunca permitiría si estuviera consciente.

Es un asunto muy gordo.

¿Será esta la verdad que estoy buscando?

Absorto en mis pensamientos, saco la cámara y fotografío a las dos costureras en plena faena.

Luego amplio el encuadre y contemplo el caos a través del objetivo.

Muchas de las modelos están sentadas, aburridas, en sus sillas frente a un biombo.

Llevan peinados adornados con mariposas y flores.

Los vestidos se les pegan al cuerpo huesudo.

Aprieto el disparador. De pronto, Sky aparece por detrás del biombo. Durante una fracción de segundo parece sufrir; luego alza la barbilla y cruza la sala sobre sus tacones altos, como si se creyera la persona más importante de aquí.

—Falta la modelo número diez. ¿Dónde está? —le pregunta al tipo musculoso del auricular, al que ya había visto antes con su ir y venir incesante. Es el coordinador de los camerinos y, por lo que he podido deducir, tiene el trabajo más estresante de todo el lugar.

Él levanta la vista de la tablilla.

—¿No está aquí?

Sky se encoge de hombros.

—Desde luego, no lo parece.

—Maldición. —Aprieta el botón del auricular con desesperación—.

Uwe. Trae a la diez. Ahora mismo. —Entrecierra los ojos—.

¿Cómo que ya lo intentaste? Maldita sea.

—La preocupación le tiñe la voz mientras golpea la tablilla contra el muslo—.

¿Y me lo dices ahora, por el amor de Dios?

—grita al micrófono. Acto seguido lo pliega de golpe.

La cara de Sky se ha quedado del color de un periódico desteñido.

—¿Qué?

—La modelo no se presentó a la prueba de vestuario —dice, llevándose la mano a la frente y masajeándose las sienes—. Mierda —murmura para sí—. Mierda, mierda, mierda.

—Necesitamos un reemplazo —dice Sky, petrificada.

—Ah, ¿sí? Menudo genio eres —le espeta el tipo musculoso. A continuación, hace una seña al diseñador para que se acerque—. Kahlo, ¿puedes intervenir tú?

Una expresión atormentada cruza su rostro. Con todo lo que ahora sé de ella, no debo dejar que vuelva a engañarme.

Y, aun así, no puedo evitar sentir lástima.

Kahlo se une a los dos. Cuando oye lo que pasa, clava en Sky una mirada pétrea.

—Tienes la talla y el cuerpo adecuados.

Como si Kahlo se hubiera transformado en un monstruo delante de ella, Sky se estremece.

—Eh… bueno…

No puedo evitar imaginar a Sky en la pasarela. Con un vestido sencillo y largo. De color marfil. El pelo suelto. Avanzando con gracia al ritmo de la música. Como un ángel.

—Tienes que hacerlo. —Kahlo le hace una seña al coordinador de camerinos, que vuelve a bajar el micrófono sin esperar la reacción de ella—. Uwe. Sky va a sustituirla. Haz que vengan las costureras, ¡ya!.

—¡No! —El pánico se le dibuja en la cara.

Exasperado, su interlocutor cubre el micrófono con la mano.

—Entonces, ¿a quién usamos? —le pregunta a Kahlo.

El diseñador señala a Sky.

—Lo hará ella. Tema zanjado.

Sky agita los brazos, fuera de sí.

—Ni hablar. Solo cambiamos el orden. Metemos más pausas entre las modelos. Nadie va a notar que falta un diseño.

Frunzo el ceño, incrédulo. ¿La jefa es demasiado importante para pisar la pasarela? ¿Qué se supone que significa eso?

Antes de que Kahlo pueda reaccionar, Sky se planta frente al muro de fotos y empieza a recolocar las imágenes. Le tiemblan las manos.

—¿Ves? Así queda bien —presenta su propuesta con un enérgico asentimiento.

Si esperaba que alguien la felicitara en este momento, se equivoca. Kahlo pone los ojos en blanco.

—Este desfile tiene un concepto. Si quitamos aunque sea una parte pequeña, todo se viene abajo.

—Pero...

—No —zanja él.

La cara de Sky se enciende.

—Pero es la única forma —insiste ella con firmeza.

De pronto, en su rostro aparece una expresión extrañamente acusadora, como si quisiera decirle en silencio al diseñador que no se pase de la raya.

Él se planta delante de Sky, triunfante, con una sonrisa.

—Claro que hay otra forma. Puedes salvar el desfile.

—Lo haremos como yo digo. —Los ojos de Sky brillan, mientras saltan de un lado a otro y señala la pared—. Tema cerrado.

No debería extrañarme este comportamiento, porque ya la he visto así antes. Aun así, me deja atónito su descaro.

Esta es la empresa de su padre, que se supone que está herido. No tiene que hacer nada más que ponerse la maldita ropa y desfilar por la pasarela una sola vez. No es para tanto.

Pero no está dispuesta a hacerlo.

Con un gesto de incredulidad, el coordinador de camerinos se lleva la mano a la frente y exclama:

—Esto va a ser un desastre.

—Un desastre absoluto —añade Kahlo.