Las coincidencias que no fui capaz de explicar Epílogo
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Epílogo

Isabella

16 de diciembre de 2010

El cielo tenía ese tono gris azulado que aparece antes de que anochezca del todo. No hacía frío, pero aun así me arropé con la chaqueta mientras caminaba. La calle estaba tranquila, casi vacía, como si alguien hubiese decidido bajar el volumen del mundo durante unas horas.

Me venía bien. Después de un año así, el silencio era casi un regalo.

La casa de mi madre estaba a unas pocas calles. No vivía allí, pero últimamente… regresaba más a menudo. A veces porque ella me lo pedía. A veces porque yo lo necesitaba. A veces porque Olivia también aparecía, con paso torpe y mirada alerta, como si aún no hubiese decidido si quedarse o huir.

Supongo que ninguna de nosotras sabía exactamente cómo encajar todo.

Cuando doblé la esquina, la vi. Sentada en el bordillo, con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en algún punto del suelo. Su melena castaña, tan distinta a la mía, se movía con el ligero viento.

Me acerqué despacio. No quería asustarla.

No quería empujarla.

No quería romper esta especie de equilibrio que estábamos construyendo, torpe y lento, pero real.

—¿Has estado esperando mucho? —pregunté. Olivia alzó la vista.

Sus ojos tenían un brillo que todavía no sabía descifrar del todo: mezcla de recelo, cansancio… y algo parecido a esperanza.

—No lo sé —respondió—. Ya no mido el tiempo igual. Asentí. Yo tampoco.

Nos quedamos en silencio. El tipo de silencio que hace meses habría sido insoportable, pero que ahora… simplemente existía. No nos mordía, no dolía tanto. Era un silencio que podía sostenerse.

—Mamá está dentro —dijo al fin, sin mirarme—. Está… mejor hoy.

“Mejor” era una palabra que habíamos aprendido a usar con suavidad.

No significaba bien.

No significaba arreglado.

Solo significaba que podía respirar sin romperse. Le hice un gesto con la cabeza.

No entré todavía.

Algo en mí quería detenerse aquí, justo así, mirándola desde esta distancia que ya no era enemiga.

Olivia respiró hondo.

—A veces pienso… —se frotó las manos, nerviosa— que la vida se rió de nosotras. Que nos dejó crecer cada una en un sitio distinto solo para ver cómo chocábamos después.

—A veces yo también lo pienso —confesé.

Sus labios se curvaron apenas. No era una sonrisa. Era más una grieta abierta por donde entraba un poco de luz.

—Pero también pienso —continuó— que si no hubieras llegado… yo seguiría sola. Y enfadada con todo. Conmigo. Con mamá. Con… —tragó saliva— con que tú existieras.

Mi corazón se contrajo.

Era la primera vez que lo decía en voz alta. Y no dolió como habría dolido antes.

—Yo también seguía sola —susurré. Nos quedamos mirándonos.

Dos desconocidas que la vida había forzado a encontrarse.

Dos hermanas que aún no sabían cómo comportarse como tales.

Pero que, por primera vez, no estaban huyendo la una de la otra.

Di un paso hacia ella. Ella no retrocedió.

—¿Vamos dentro? —propuse. Olivia asintió. Y se levantó.

Antes de cruzar la puerta, la oí murmurar, casi para sí misma:

—A veces me pregunto si todo lo que pasó… eran señales. Coincidencias que querían llevarme aquí.

Sonreí.

—Puede ser —le respondí—. Nunca subestimes las coincidencias.

Entramos juntas.

Y, por primera vez, no sentí que mi vida se rompía. Sentí que, poco a poco, estaba empezando a encajar.