Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 9
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Capítulo 9

Lo de procesar era una broma que se hacían la una a la otra desde que Amalia tenía doce años.

Cada vez que Laura le explicaba algo que Amalia aún no entendía, o le pedía que hiciera algo que no quería, ella respondía que necesitaba tiempo para procesar.

Ahora Laura entendía qué era lo que Amalia estaba procesando, pero le habría encantado saber dónde lo estaba haciendo.

Durante varios minutos, la mente de Laura estuvo en blanco, hasta que se le cruzó una idea: si Amalia estaba recurriendo a frases de cuando tenía doce años, tal vez también se había refugiado en el mismo lugar al que acudía cuando era pequeña.

Parquearon el carro y tomaron el sendero que conducía a la playa.

Amalia no era buena nadadora ni le gustaba el mar desde dentro, pero encontraba tranquilizador y reconfortante observarlo, olerlo, escucharlo.

De pequeña, cuando Laura tenía un espacio en el trabajo y durante las vacaciones de verano, solían alquilar una cabaña cerca del mar para cambiar de ambiente y pasar tiempo en la playa.

Laura sabía que si Amalia atesoraba algún recuerdo feliz de su infancia eran aquellas semanas en la cabaña: caminaban por la playa, jugaban en la arena y se sentaban juntas a ver el atardecer.

Laura la vio primero, sentada en la arena frente al mar, con los ojos cerrados. Cuando faltaban apenas unos pasos, Pablo se detuvo en seco y ese gesto hizo que Amalia volteara y lo mirara.

—¿Pa… papá? —fue la pregunta casi inaudible que escapó de su boca.

—Vino a ayudarnos… Bueno, a ayudarte. Te vi salir de esa casa abandonada, encontré el cuerpo de Esteban y pensé que tú y esa chica, Victoria… —Laura bajó la cabeza, avergonzada.

—¿De qué estás hablando? No puedo creer que hayas pensado que yo era capaz de hacer algo así. ¿Qué va a pasar con ella, con Victoria?

Pablo se acercó cariñosamente y tomó a Amalia de la mano.

—En este momento está detenida, debe estar declarando en la estación.

—No…, no. ¿Por qué? No es justo. Ella no debería sufrir más después de todo lo que ha pasado.

Solo alguien que haya conocido a Esteban, y lo digo de verdad, no a su máscara de hombre encantador, alguien que haya visto cómo enredaba a las personas, cómo te conocía para luego manipularte a partir de tus vulnerabilidades; cómo te atrapaba y te hacía sentir incapaz de salir de su red porque te llenaba de culpa, robándote poco a poco la energía y la capacidad de discernimiento, hasta convencerte de que de verdad eras una mala persona, puede comprender lo que pasó.

Cuando recibí la llamada de Esteban, me asusté y sentí la necesidad de ir a ayudarlo, de estar con él como siempre.

Pero cuando escuché lo que le había sucedido a ella, la forma en que Esteban operaba, se me abrieron los ojos.

Por supuesto no deseaba su muerte, pero cuando llegué allí ya era demasiado tarde.

Él ya estaba muerto. Me quedé paralizada escuchando la historia de Victoria.

La vi salir corriendo y yo permanecí ahí, impávida.

Cuando reaccioné, solo quería huir de todo porque no comprendía bien lo sucedido ni sabía qué debía hacer. Por eso me refugié aquí.

Amalia rompió a llorar. Estaba triste, pero también sentía alivio. Sentía algo similar hacia su padre: durante toda su vida había deseado volver a verlo, pero ahora que lo tenía frente a ella quería gritarle, incluso golpearlo.

Pablo la abrazó con fuerza y le susurró al oído:

—Quiero que me perdones. Sé que no es nada fácil lo que estás sintiendo en este momento, pero no hay nada que hubieras podido hacer para evitar lo que le sucedió a Esteban.

Al final, todos tarde o temprano terminamos encontrando nuestro destino.

Victoria es consciente de que deberá responder por sus actos, seguro habrá atenuantes, todo saldrá bien.

Por mi parte, solo quiero una oportunidad…