Las cinco formas de lo inevitable Capítulo 7
96%

Capítulo 7

Conocí a Esteban mi primer día de clase en el Colegio La Enseñanza.

Vivía en el sur con mi familia, pero gracias al buen trabajo de mi padre, su jefe le pidió que viniera a abrir mercado en esta ciudad y, en cuestión de dos semanas, terminé en un lugar que no conocía: una casa nueva, lejos de los pocos amigos que había hecho a mis catorce años y en un colegio nuevo.

Estaba asustada por todos los cambios, pero también porque era una adolescente insegura: de mi cuerpo, de quién era, de lo que quería hacer.

Era demasiado delgada para tener una presencia que otros recordaran; casi no me gustaba hablar y mi rostro, aunque tenía rasgos normales, no los consideraba atractivos para nadie.

Me sentía invisible y solo quería esconderme.

A Esteban parecía no importarle ni mi falta de gracia ni mi torpeza para comunicarme.

Me recibió con una sonrisa amplia, una calidez familiar que se convirtió en un oasis en medio del desierto de soledad en el que me encontraba.

Buscó la manera de acercarse, de hablar conmigo, de compartir tiempo entre clase y clase.

Creo que me enamoré de esa primera sonrisa.

Nos volvimos inseparables. Salíamos del colegio para su casa o la mía, hacíamos juntos las tareas, salíamos a caminar y soñábamos con cómo sería nuestra vida en el futuro: la casa, el trabajo, los hijos, la familia. Todas esas cosas con las que alguna vez soñamos y que creemos imprescindibles.

Tener novio nunca fue lo mío. Me gustaba más estar sola, con mis libros, curioseando artefactos o entretenida con el funcionamiento de la vida. Pero estar con Esteban era natural.

Las semanas pasaron y un día, mientras hacíamos un ensayo para la clase de literatura, entre leer su texto, el mío y discutir el libro asignado, nos besamos como siempre, solo que en esta ocasión estábamos solos en casa.

De una manera muy sutil comenzó a acariciarme debajo de la falda y sentí una excitación que desconocía.

Luego me desabrochó la blusa, me quitó el sostén y me besó los pechos.

No quería que parara; mi cuerpo suplicaba por algo más que en ese momento no entendía.

Se desnudó y vi su sexo, firme, intentando colocarse entre mis piernas con cuidado.

Pero cada vez que lo hacía sentía un dolor que me asustaba.

Él me tranquilizó diciendo que era normal en los primeros intentos y que luego sería placentero.

Y así fue. Cuando pasó el dolor y el ardor de las primeras embestidas, mi deseo no hizo más que aumentar.

Fue creciendo, creciendo, hasta llegar al máximo.

Mi cuerpo se estremeció de una manera completamente desconocida para mí.

Fue la primera vez que estuve con un hombre.

Por supuesto que sabía lo que era el sexo, pero una cosa era hablar de ello y otra muy distinta experimentarlo.

Me volví adicta a su cuerpo, a sus caricias.

En cada oportunidad que teníamos lo quería dentro de mí.

Era mi distracción, la forma que encontré de sentirme bien conmigo misma y con el mundo.

Nunca noté nada extraño en él. En nuestra corta relación tuvimos situaciones normales: discusiones, desacuerdos. A veces no le gustaba algo de lo que decía y me colgaba el teléfono, y al otro día nos veíamos en el colegio y todo volvía a la normalidad.

No le gustaba que estuviera sola ni que saliera con mis amigas sin él, porque aseguraba que me quería cuidar. Se ponía muy celoso si otro chico, de nuestro curso o de otro, se me acercaba para hablarme. Decía que me amaba mucho y que no quería perderme.

Mis padres tenían un matrimonio extraño, pero tranquilo.

Se llevaban bien; en mi casa nunca se levantaba la voz.

Cada uno respetaba el espacio del otro y nunca me hicieron un reproche ni me llamaron la atención porque Esteban iba casi todos los días, porque nos encerrábamos en el cuarto o incluso porque amanecía en la casa.

Supongo que se sentían un poco culpables por haberme arrastrado hasta aquí y estaban felices de ver que me adaptaba y tenía mi primer novio. Todos nos llevábamos bien.

Sin embargo, el Día de los Santos, a las doce en punto de la medianoche, mientras estábamos en la sala viendo una película, encendí una vela en memoria de mi hermano, que falleció cuando yo era pequeña.

Quería honrar su memoria; era una costumbre que había aprendido de mi abuela y de mi madre: darle luz al espíritu.

Esteban comenzó a hacer comentarios despectivos.

—No me digas que crees en esas ridiculeces.

No quise entrar en una discusión. Sabía que no era algo racional, que tenía que ver con la conexión entre el mundo astral y el físico, y que él no lo entendería, temí que me tildara de loca y así se lo dije.

La furia que vi en sus ojos fue desproporcionada. Me pareció ver a un oso gigante a punto de destrozarme con sus garras.

No me insultó; solo gritaba, preguntando cómo era posible que no lo respetara. Intenté calmarlo, pero fue como si alguien se hubiera apoderado de su cuerpo y de su mente. Me dio una bofetada y me exigió que me callara.

Luego tomó la vela en sus manos y recorrió cada espacio de la sala.

—¿Te imaginas cómo sería que estos muebles se incendiaran? ¿Estas cortinas? ¿Esta alfombra?

Nunca pensé que hablara en serio. Para mí todo se trataba de un juego estúpido para asustarme y castigarme.

Pero lo hizo. Prendió el mantel de la mesa, cerca de la chimenea, y dejó escapar una sonrisa. Corrí a intentar apagar el fuego, pero ya había alcanzado la mesa de madera y la llama se avivó, tuve que retroceder. Entonces me tomó del pelo y me tiró al piso.

—¿Para dónde crees que vas?

No me importaba cuántas veces me golpeara; tenía que apagar el fuego. Pero cada vez que lo intentaba, apuntaba a una parte diferente de mi cuerpo y golpeaba más fuerte, hasta que me dio un golpe en la cabeza y perdí el conocimiento.

Me desperté en el hospital tres días después con el rostro, los brazos y las piernas vendados y un dolor horrible en todo el cuerpo.

Recordé lo sucedido y temí por la vida de mis padres.

Mientras todo sucedía con Esteban, era lo único en lo que pensaba: que mis padres estaban durmiendo en su cuarto del segundo piso y que Esteban no solo amenazaba mi vida sino también la de ellos.

El silencio y el gesto de la enfermera ante mis preguntas me hicieron temer lo peor, fue el médico quien me lo confirmó:

—Lamentablemente murieron en el incendio.

El techo sobre mí comenzó a aplastarme; sentí que no podía respirar y que quería morirme con ellos.

No entendía cómo, por qué o para qué había salido con vida de allí.

Mi pronóstico no fue bueno. Todos esperaban que muriera, pero yo me aferré, como una fiera, no porque hubiera algo que me llenara de ilusión, sino porque ese mismo día supe que la única razón para seguir viva era que la vida me estaba dando la oportunidad de vengarme de Esteban.

Nunca quise decir nada a las autoridades, no tenía el valor para contar lo estúpida que había sido, pero además, sabía que las leyes jamás harían pagar a Esteban por lo que hizo, era menor de edad y si mucho lo hubieran metido a un reformatorio o su madre lo hubiera rescatado como siempre.

No, el destino de Esteban solo podía estar en mis manos; era lo único que me quedaba.

Cada día venían a limpiarme las heridas, debían raspar y remover todo el tejido muerto, el dolor para cualquier otro ser humano hubiera sido insoportable, pero el dolor físico que sentía no se comparaba con mi dolor por la pérdida de mis padres.

Después de algunos meses, todos estaban sorprendidos por mi progreso.

Ni mi rostro ni mi cuerpo volvieron a ser lo que eran; tenían marcas que me recordaban que me estaba prohibido olvidar.

No importaba si trataba de evadir los espejos y mirarme; lo podía percibir en la forma como otros me miraban, con asombro, lástima e incluso temor.

A mí nada de eso me importaba porque mi mente solo podía enfocarse en una cosa, cómo hacer para que Esteban sintiera el dolor que yo sentía.

Francisco Castillo y Clara Roldán fueron algunos de los mejores amigos de mis padres y desde el primer momento estuvieron conmigo en el hospital.

Ellos nunca quisieron o pudieron tener hijos, no lo tengo muy claro, pero sí sé que me adoptaron como una hija en su casa y en sus vidas.

Tenían el suficiente dinero y espacio, pero además, un corazón inmenso que no les permitió dejar sola a una adolescente que conocieron desde pequeña.

Sabía que debía tener paciencia. Los primeros dos años me enfoqué en sanar mi cuerpo para recuperar la movilidad y mi independencia.

No me gustaba que nadie me bañara o me vistiera y ese acto tan simple y cotidiano me tomó todo ese tiempo en recuperarlo.

Luego, cuando Clara me pidió que le ayudara a cuidar una casa antigua a las afueras de la ciudad mientras el Gobierno Municipal tomaba una decisión sobre su destino, supe que había encontrado el lugar indicado, ya solo me quedaba esperar el momento.

Sabía algunas cosas de la vida de Esteban.

Supe que su mamá se fue del país y sentí alivio.

Ella era quien lo protegía y lo hacía sentir que sus actos no tendrían mayores consecuencias y él estaría bien.

Sabía lo que le afectaría dejar de ser el centro de atención de su casa.

También conocí a Camila, me parecía simple y sin gracia y sabía que Esteban solo la utilizaba para no estar solo.

Nunca le creí que fuera a casarse con ella.

Lo seguía constantemente, lo acechaba entre las sombras.

Él nunca sospechó nada. Después de que lo descartaran como sospechoso, desapareció como cualquier cobarde y nunca intentó buscarme o contactarme, lo cual me molestó, pero disfruté mucho verlo en su inocencia sin saber que yo estaba ahí, presente en cada momento de su vida.

Incluso él no lo sabe, pero el día que recibió su título universitario, yo estuve ahí, viéndolo con sus hermanas, su padre y la novia tonta que no quería.

Sabía que sus patrones de violencia se habían incrementado con los años y la falta de que alguien le pusiera límites, lo vi violentar a otras mujeres y eso reafirmaba mi convicción de que una persona como Esteban no debería estar viva.

Me demoré en aceptar que desde el momento en que Esteban conoció a Amalia sentí celos de ella, la forma en que la miraba, cómo la acariciaba o la besaba. Ella sí era una mujer de la que se había enamorado, no como yo o la tal Camila.

Al principio se trató de vengarme de Esteban, pero a medida que pasaba el tiempo, me fui enfocando más en Amalia.

Un día cualquiera ya no seguí a Esteban sino a ella.

Luego me vi afuera de su casa, de su trabajo.

Ya no me movía el odio o el deseo de venganza, sino que una curiosidad comenzó a apoderarse de mí.

Conocí la entrega y la pasión con las que trabajaba, cómo cuidaba a otros, pero también conocí sus vulnerabilidades, la vi llorar después de que Esteban le gritara, la dejara tirada o la golpeara, esa forma en la que lograba superar el dolor y seguir adelante la quería para mí.

La quería cuidar y proteger de Esteban. Fue por eso que después de la última golpiza que le propinó, tomé la decisión de que ya no podía esperar más.

Llevaba años planeando todo en la casa que cuidaba; estaba lo suficientemente alejada para que nadie escuchara nada.

Luego fui a la casa de Esteban, toqué la puerta y le pedí que me acompañara.

Pensé que se iba a negar, pero su actitud dócil me sorprendió; era como si me hubiera estado esperando.

Lo amarré y amordacé en la parte trasera de mi carro.

Ni en el trayecto en el carro ni mientras entraba a la casa hubo una sola muestra de pelea por su vida, pero no sobraban las precauciones.

Lo llevé a la habitación que había dispuesto para nuestro encuentro, le quité la ropa sin afanes y quemé con un cigarrillo cada una de las partes de él que despertaron mi deseo.

Jugué a ahorcarlo con una pañoleta en el cuello, pero en el último momento lo liberaba.

Todo iba según lo planeado, pero me sentí sola y quise hablar con Amalia, contarle que esto también lo hacía por ella, así que le pedí que la llamara o si no yo me encargaría de ir por ella y hacerle lo mismo que le estaba haciendo a él.

Fue el único momento en el que tuvo un gesto de terror.

Al parecer, estaba dispuesto a soportar la tortura, incluso creo que lo estaba disfrutando, pero no quería poner en peligro a su querida Amalia.

Le prometí que solo quería hablar con ella y mostrarle que ya podía estar tranquila.

Lo intentamos muchas veces desde su celular pero ella no contestó, también llamó a su madre sin mucho éxito, pero cuando la llamó de mi celular y le dijo a Amalia que por nada del mundo me escuchara y que se olvidara de él para siempre fue la mejor forma que tuvo de hacerla ir hasta donde estábamos.

Claro que yo pensé que no había logrado convencerla de ir y me enfurecí tanto que al jugar de nuevo a ahorcarlo con la pañoleta no paré a tiempo, lo vi agotar el último rastro de aire antes de que ella llegara.

Contemplando su cuerpo inerte entendí que ya todo había terminado, que nunca más volvería a lastimar a nadie. Estuve unos minutos así hasta que escuché los pasos de Amalia entrar a la habitación.

Llegó por la aplicación compartida para encontrar los celulares que Esteban había instalado para rastrearla a ella.

Le pedí que no gritara y le conté todo, absolutamente todo, porque a estas alturas no me interesa esconder más la verdad.

Ella me escuchaba como ida, solo tenía ojos para mirar a Esteban.

No entendí su reacción ni su silencio. No sabía si se alegraba o me odiaba y me asusté tanto que salí corriendo de allí.