Las chicas de la calle Magnolia Epílogo
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Epílogo

A mediodía, en la cocina del número siete no se cabía.

Rocío los contó por costumbre, que contar era de las últimas cosas del oficio que no se le habían caído, y le salieron trece a una mesa pensada para seis.

Habían bajado la de hierro del patio y la habían empalmado con la de dentro; el mantel de encima disimulaba la juntura y no disimulaba nada.

En el fogón, Sebas y Paco Navas discutían el punto del arroz en dos acentos, el de Cádiz y el de Málaga, cada uno con su religión sobre el pimiento, y Marina arbitraba entre los dos con una cuchara de palo, que es la manera que tienen los que mandan de verdad de recordarlo.

—En esta cocina el arroz lo vigilo yo.

—Nuestra —apuntó Candela desde el poyete, sin levantar la vista de un manojo de flores que estaba metiendo en un vaso de agua.

—Nuestra. Pero el arroz, mío.

Charo había subido de Málaga con dos tuppers y la prudencia de quien viene a casa ajena; Pepa mandó por delante las tortillitas de camarones «por si el arroz salía escaso», que era su forma de no fiarse del arroz de nadie.

Teo llegó el último, con polvo de Huelva todavía en las botas, y África se lo sacudió de un manotazo antes de dejarlo pasar, callada, que a esas alturas ya se querían así, por el lado.

Se sentaron como se sientan trece personas que se quieren: mal, a codazos, riñendo por el sitio.

Lucía presidía la mesa de los críos —ella sola, porque Martín ya no contaba de crío y aún no sabía de qué contaba— y llevaba la conversación como llevaba la radio del colegio, dando y quitando la palabra.

Le había puesto mote a Teo esa misma mañana, «el Niveles», y andaba defendiéndolo contra Marina, que opinaba que un mote no se pone, que se cría.

—A tía Ro le costó años ser Radio Ro —dijo Lucía, muy seria—. Un mote hay que ganárselo.

—Pues yo lo de Sargento no me lo he ganado —dijo Marina.

—Ese te lo pusieron en la cuna —dijo Sebas desde la plancha, y la broma no se la cobró nadie, que en aquella mesa las bromas iban gratis.

Quedó libre la cabecera, la silla que daba la cara a la puerta y veía entrar a la gente. Martín volvía del patio de lavarse las manos y fue derecho a la de enea coja, la calzada con un cartón, que era la de los huecos. Pepa lo paró con la barbilla.

—Ahí no, mi niño. Ahí. —Y le señaló la cabecera—. Que hay sitio.

Se sentó donde le decían, sin saber lo que se sentaba, que era lo mejor que le podía pasar a aquella silla: que la ocupara el único de la mesa que no cargaba con lo que había pesado en ella.

Rocío esperó el pellizco de siempre —el de ver aquel sitio con alguien— y no vino.

La cabecera había dejado de ser un hueco.

Nadie brindó por ello, porque en aquella casa los favores se hacían por el lado, sin nombrarlos.

Comieron hasta que Paco dio el arroz por bueno y Sebas por rendido, que en aquella guerra el que cedía se llevaba lo mejor. Después, cuando ya bajaban en fila hacia la playa, Candela se paró en seco en el patio, delante de la cancela.

Rocío no vio primero la flor. Vio a Candela verla.

El cuarto esqueje de la fila, el que nunca había echado nada, tenía una flor abierta.

Blanca, de pétalos gruesos, ahuecada como una taza, con ese olor a limón y a cera que en junio se le sube a uno a la cabeza.

Candela no la tocó. No se llevó el pulgar a la muñeca, no le contó los pétalos, no dijo una palabra.

Se quedó de pie delante, con las manos quietas, mirándola estar abierta al sol del mediodía.

Rocío, detrás, buscó por vieja costumbre el plano que lo contara.

Y esta vez lo encontró, y esta vez no se lo dio a nadie: se lo quedó para ella.

La escuela estrenaba barca aquella tarde.

La habían sacado del varadero entre Gonzalo y los críos, una vela ligera de casco blanco que la cofradía había dado por vieja y que Teo había dejado como nueva entre viaje y viaje.

La habían pintado los niños del aula, cada uno su palmo, y la banda había quedado un desastre de azules que no casaban.

En un costado, con letras grandes y torcidas, la pintura corrida en la última vocal porque a los diez años la mano va más deprisa que la idea, Lucía había puesto el nombre.

NICO.

Bajó el pueblo entero al pantalán, que una botadura en La Almadraba es de bajar todos. Estaba la del estanco, estaban las de la pescadería, y alguno leyó el nombre en el casco en alto —«el Nico»— sin bajar los ojos y sin ponerle delante el «pobre» que le había llevado puesto media vida.

Gonzalo la metió en el agua con la maña del que lleva toda la vida metiendo barcas.

Martín, descalzo y con el pantalón remangado, la sujetó por la borda mientras los críos subían de uno en uno; monitor en prácticas de su primer verano, mandaba poco y bien.

La barca flotó. Se quedó un momento quieta sobre su propia sombra, cabeceó, buscó su sitio y lo encontró, como hacen las que están bien hechas.

Pepa la miraba de frente. Ella, que se pasaba la vida de espaldas al mar, estaba de pie en la orilla con Lucía de la mano y los ojos puestos en el agua, y esta vez no era por un muerto. Dijo una sola cosa, para nadie y para todos, con la voz plana de quien entiende de barcas por haber perdido una:

—Ésa vuelve todas las tardes.

Y no lloró nadie, porque no tocaba: tocaba ver a una niña de diez años darle instrucciones a un chaval de dieciocho, y a los críos del aula cruzar en fila de la casa a la orilla, del sitio donde aprendían las cosas al sitio donde las hacían.

Cosiendo las dos aguas, que decía la madre de Lucía.

La niña lo soltó en alto, sin acordarse de dónde lo había sacado, riñendo a uno que se quedaba atrás:

—¡Que hay que coser las dos aguas! ¡No te me quedes en la orilla!

Y volvió a lo suyo.

Por la noche encendieron la suya. No la de los quintos, que ardía alta y lejos en el Chorrillo, con su reguetón y sus puertas viejas de más; la suya, una hoguera chica de palés y cajas de fruta, con la verbena de fondo y las bombillas de colores colgadas entre los postes.

Se sentaron todos alrededor, que ya eran una tribu.

Álvaro, que hablaba poco, le echó a Candela una rebeca por los hombros y se quedó como estaba.

La del estanco pasó repartiendo papelitos, los de siempre, para escribir lo que uno no quiere que vuelva y echarlo al fuego.

Le tendió uno a Rocío. Rocío le dijo que no con la cabeza, sin darle vueltas —lo suyo ya lo había echado al agua en blanco, y no había vuelto—, y la mujer siguió repartiendo sin ofenderse, que en un pueblo cada cual sabe lo que le quema y lo que no.

En algún momento los hombres subieron a los críos a ver arder la hoguera grande, y Pepa se dejó llevar cuesta arriba del brazo de Gonzalo, y quedaron las cuatro solas junto al fuego chico.

Se juntaron sin decírselo, por el fresco que entra en Cádiz de madrugada aunque sea junio, debajo de una manta que olía a armario.

Hombro con hombro, las piernas revueltas, tan pegadas que cualquiera que se fijara —y siempre hay quien se fija— no habría sabido decir dónde acababa una y empezaba la otra.

Rocío miró el fuego y, por deformación, se puso a repartirse el año en titulares: que había dejado el plató y las noches de Madrid por una corresponsalía de costa y un programa que se oía poco y le gustaba mucho, y que ya no se retocaba para nadie porque ya no había para quién.

Ahí lo dejó. No hacía falta más balance.

Gonzalo se sentó detrás de ella, fuera de la manta, y le pasó un brazo por delante; y para arrimarla no la cogió de la mano, la cogió de la muñeca entera, como suben los Herrera a la gente a bordo, para que no se caiga y para que no se vaya. Rocío se dejó.

La hoguera de los quintos empezó a venirse abajo entre gritos, y la suya, la chica, ardía todavía derecha.

Las cuatro chicas de la calle Magnolia —que ya no eran cuatro chicas, pero a estas alturas el pueblo no iba a cambiarles el nombre— se quedaron quietas debajo de la misma manta, calientes, sin ningún sitio al que irse a la mañana siguiente.

La noche de San Juan, La Almadraba olía a hoguera encendida.