EPÍLOGO
Mónica Barreiro los recibió tres días después en el propio centro de interpretación de Finisterre, un pequeño edificio moderno construido a apenas unos metros del propio faro que marcaba, tradicionalmente,
el final simbólico del Camino de Santiago para quienes decidían continuar su propia peregrinación más allá de la propia catedral compostelana.
---Gracias por venir tan rápido, doctor Llorente ---dijo, guiándolos hacia una pequeña sala de archivo donde el propio documento, todavía sin catalogar formalmente, esperaba sobre una mesa de trabajo protegida---.
La familia que donó estos materiales, los Meixide, vivió en esta misma zona durante generaciones enteras, aunque nunca supieron con certeza el verdadero valor de lo que conservaban entre sus propias pertenencias familiares.
Gabriel, examinando el documento con la misma atención meticulosa que había definido cada hallazgo decisivo de toda la saga, sintió que reconocía, con una precisión inquietante, la propia caligrafía que ya había estudiado años atrás en los archivos originales de San Tirso,
recuperados en aquella primera investigación que había cambiado, para siempre, el curso completo de su propia vida.
Adrien, inclinándose junto a él para examinar el propio texto con atención considerable, confirmó aquella misma sospecha con una certeza creciente.
---Esto pertenece, casi con seguridad, a la misma generación de custodios que tu propio bisabuelo Ambrosio conoció directamente ---dijo, traduciendo con cuidado las primeras líneas visibles---.
Escucha esto: "Ambrosio Llorente, antes de su propia muerte, confió a mi familia una última responsabilidad, distinta de cualquier archivo documental que ya hubiera compartido con otros custodios de su generación:
la ubicación exacta de un lugar que ni siquiera él mismo llegó a visitar personalmente, protegido específicamente para quien, algún día, demostrara merecer conocerlo."
El silencio que siguió a aquella traducción tuvo, para Gabriel, un peso considerable: la confirmación de que su propio bisabuelo, lejos de limitarse a vender documentos por necesidad económica hace casi un siglo, como la propia investigación había sugerido durante tomos enteros, había también,
en algún momento posterior de su propia vida, intentado proteger activamente algo adicional, confiándoselo a una familia completamente distinta de cualquiera que ya hubieran investigado antes.
---¿Menciona el documento qué es exactamente ese lugar? ---preguntó, con la voz apenas contenida por la emoción acumulada.
Adrien, revisando el resto del texto con atención considerable, encontró la respuesta hacia el final del propio documento, escrita con una caligrafía que revelaba, evidentemente, considerable urgencia por parte de quien la había redactado originalmente.
"No lo llamen tesoro, ni archivo, ni siquiera memoria. Llámenlo, simplemente, lo que realmente es: el último descanso de quien custodió todo lo demás durante más tiempo del que cualquier vida humana debería soportar en completa soledad. Encuéntrenlo, y sabrán, finalmente,
el nombre verdadero del propio custodio de Finisterre."
Gabriel, procesando la magnitud completa de aquella revelación final, sintió que la propia saga, después de ocho tomos enteros de investigación acumulada, estaba a punto de regresar, con una intimidad considerablemente mayor que cualquier hallazgo anterior,
hacia el corazón mismo de su propia historia familiar.
---Vamos a necesitar encontrar ese lugar ---dijo, finalmente, mirando hacia Lucía, Adrien y el resto del equipo reunido en aquella pequeña sala de archivo junto al mar---.
Sea quien sea ese custodio final, después de todo lo que ya recorrimos juntos, le debemos, como mínimo, la dignidad de finalmente conocer su propio nombre.