CAPÍTULO 31 — Origen real de los toques rituales
BLOQUE 1
Los tres golpes procedentes de las profundidades continuaron mientras Adrián Salvatierra abandonaba el archivo con las crónicas reservadas bajo el brazo.
CLONG.
Silencio.
CLONG.
Otra pausa.
CLONG.
No era una secuencia aleatoria.
Alguien había comenzado a ejecutar el segundo recorrido del Himno.
Lucía Orive comprobó nuevamente el plano recuperado entre los documentos de Valcárcel.
La Sala del Primer Eco aparecía dibujada bajo una parte de la Catedral que ninguna planta moderna identificaba con precisión.
Padre Esteban avanzaba junto a Mateo Arnáiz.
—¿Conoce el acceso?
El Custodio negó.
—Conozco dónde debería estar.
—No es lo mismo.
—No.
Y aquella respuesta resultó reveladora.
Mateo había recibido durante años fragmentos de una tradición. Había aprendido secuencias, nombres, advertencias y procedimientos, pero gran parte del conocimiento práctico se había perdido antes de que él asumiera la custodia.
Eso explicaba por qué dependían ahora de los planos de Valcárcel.
BUMMMMM…
La vibración llegó desde la Campana Madre.
Lucía levantó inmediatamente la tableta.
—Otra vez.
Adrián se acercó.
La señal mostraba algo que hasta entonces había parecido secundario.
Después de cada campanada aparecía una respuesta de frecuencia muy baja.
No nacía directamente en el bronce.
Llegaba unas décimas de segundo después.
Desde abajo.
Adrián observó el registro durante varios segundos.
—Hay una respuesta posterior.
Lucía comparó las mediciones anteriores.
—Siempre estuvo ahí.
Aquello abría una posibilidad distinta de la que habían considerado al principio.
Durante buena parte de la investigación habían supuesto que todas las vibraciones detectadas en los niveles inferiores procedían simplemente de las campanas y descendían por la estructura.
Pero quizá existiera una cavidad subterránea capaz de responder de manera especialmente perceptible a determinados sonidos.
No podían saber todavía si aquella característica había influido en la construcción de alguna campana.
Ni siquiera podían afirmar que quienes trabajaron allí siglos atrás hubieran comprendido completamente el fenómeno.
Pero sí podían comprobarlo.
—Tenemos que llegar a esa sala —dijo Adrián.
El recorrido marcado por Valcárcel terminaba junto a una antigua dependencia situada bajo el coro.
La puerta había sido abierta recientemente.
La cerradura presentaba arañazos.
El polvo del suelo mostraba huellas.
Adrián se agachó.
—Los mismos intrusos.
Lucía examinó el dibujo de la suela.
Coincidía con las marcas encontradas cerca de la Campana Madre.
Siguieron el corredor.
A diferencia de otras galerías, aquella descendía por una zona de roca natural.
Los sillares desaparecían progresivamente.
Las paredes conservaban señales de excavación, pero en algunos sectores los constructores habían aprovechado grietas y cavidades preexistentes.
Lucía iluminó una de ellas.
—Esto sí puede ser anterior a la Catedral.
Adrián corrigió inmediatamente:
—La cavidad, probablemente. No el acceso.
La diferencia era fundamental.
No podían atribuir miles de años a una construcción únicamente porque estuviera excavada en roca.
Continuaron.
BUMMMMM…
La Campana Madre volvió a sonar.
Esta vez todos percibieron la respuesta inferior.
BUM…
Mucho más débil.
Lucía se detuvo.
—Ahí.
Esperaron.
Otra campanada.
Después:
BUM…
Mateo parecía impresionado.
—Eso era lo que llamaban el Primer Toque.
Adrián lo miró.
—¿La respuesta de la cavidad?
—Según algunos relatos, sí.
Por primera vez la expresión Primer Toque adquiría un significado completamente racional.
No era una campana original escondida desde tiempos remotos.
Podía ser simplemente la denominación que generaciones posteriores habían dado a una respuesta acústica procedente del subsuelo.
Quizá un eco.
Quizá una resonancia de cavidad.
Quizá una vibración transmitida a través de determinados estratos de roca.
Todavía no podían saberlo.
Los antiguos no habían creado necesariamente aquel fenómeno.
Podían haberlo descubierto.
Y después aprendido qué sonidos permitían percibirlo con mayor claridad.
Padre Esteban permaneció inmóvil.
—Entonces el Himno puede haber comenzado aquí.
Adrián negó.
—El fenómeno, quizá.
Miró hacia la oscuridad.
—El Himno vino después.
Aquello resultaba mucho más razonable.
Personas que descubrieron una respuesta acústica peculiar y comenzaron a observarla.
Después otras generaciones repitieron las pruebas.
Compararon sonidos.
Conservaron secuencias.
Y, con el tiempo, parte de aquellas prácticas pudieron integrarse en tradiciones posteriores.
Una observación podía convertirse en costumbre.
La costumbre en rito.
Y el rito sobrevivir mucho después de que desapareciera la explicación original.
Al final del corredor apareció una cámara.
No inmensa.
No imposible.
Una cavidad natural de varias decenas de metros, parcialmente acondicionada mediante muros de contención y pequeñas plataformas construidas en épocas distintas.
En el centro había una losa circular.
No se movió sola.
A su alrededor podían verse cuatro anillas metálicas.
Adrián dirigió la linterna.
—La levantaban.
Lucía observó las marcas de desgaste.
—Muchas veces.
Mateo se acercó.
—Entonces aquí realizaban las pruebas.
Adrián miró la losa.
—Eso también tendremos que comprobarlo.
Se arrodilló junto a una de las anillas.
—Primero veamos qué hay debajo.
BLOQUE 2
La losa resultó mucho más pesada de lo previsto.
Necesitaron utilizar una antigua palanca encontrada junto a la pared y otra barra metálica que llevaba el equipo técnico.
Las anillas todavía podían moverse.
Adrián introdujo la palanca.
Mateo y Padre Esteban ayudaron.
La piedra cedió lentamente.
Debajo apareció una abertura.
Aire frío ascendió desde una cavidad inferior.
Lucía aproximó el sensor.
Una señal de frecuencia muy baja apareció durante varios segundos.
Después disminuyó.
Volvió a aumentar.
No era ningún latido.
Era una oscilación.
Adrián colocó tres sensores diferentes alrededor de la abertura.
Esperó.
Comparó.
La intensidad variaba ligeramente entre unos puntos y otros.
—No parece una máquina.
—¿Entonces? —preguntó Padre Esteban.
Adrián dirigió la linterna hacia las paredes.
—Una posibilidad es que sea una resonancia producida por el movimiento del aire.
La cavidad inferior tenía aberturas estrechas.
Conductos naturales.
Cambios de presión provocados por el viento exterior, diferencias de temperatura y circulación de aire subterráneo podían generar sonidos de baja frecuencia.
Lucía comprendió.
—Como cuando soplamos sobre una botella.
—El principio puede parecerse. La geometría de esto es muchísimo más compleja.
Una cavidad irregular podía responder de maneras diferentes dependiendo de sus dimensiones, sus aberturas y las frecuencias que llegaran hasta ella.
Y determinados sonidos producidos en la Catedral podían reforzar algunas de esas respuestas.
BUMMMMM…
La Campana Madre volvió a sonar.
La señal inferior apareció de nuevo.
Esta vez con mayor intensidad.
Los sensores registraron varias frecuencias.
Adrián observó los gráficos.
—Ahí está.
La Campana Madre no estaba despertando nada.
Su sonido estaba produciendo una respuesta medible en la cavidad.
Lucía comparó los registros.
—Responde con mucha más claridad a esta campana que a otras que medimos antes.
Adrián asintió.
Eso era lo que podían afirmar.
Nada más.
Quizá aquella relación hubiera sido descubierta siglos atrás.
Quizá determinadas decisiones posteriores sobre fundición, tamaño o ubicación hubieran tenido en cuenta la manera en que algunas campanas respondían dentro del edificio.
O quizá la coincidencia hubiera sido aprovechada después de que la campana ya existiera.
Necesitaban documentos para saberlo.
Mateo observó la cavidad.
—Por eso los documentos dicen que las campanas escuchaban antes de hablar.
Adrián miró nuevamente los sensores.
—Podría ser una interpretación posterior de algo mucho más sencillo.
—¿Qué cosa?
—Golpeaban una campana. Escuchaban qué ocurría. Después decidían el siguiente toque.
No hacía falta imaginar un sistema perfectamente calculado.
Podía haber existido una práctica empírica.
Campana.
Respuesta.
Pausa.
Otro toque.
Generaciones de campaneros podían haber aprendido a reconocer determinados comportamientos acústicos sin conocer las leyes físicas que los producían.
Lucía abrió el plano de Valcárcel.
Ahora varias anotaciones adquirían otro significado.
«No medir solo el bronce.»
Otra:
«La frecuencia de referencia parece proceder del nivel inferior.»
Y una tercera:
«¿Afinación respecto de la cavidad?»
El signo de interrogación resultaba fundamental.
Valcárcel tampoco lo había convertido en certeza.
Adrián levantó la vista.
—Él sospechó la relación.
Padre Esteban se acercó.
—¿Con el origen de los toques?
—Sí. Pero todavía estaba intentando demostrar hasta dónde llegaba.
No habían empezado como órdenes destinadas a controlar multitudes.
Tampoco como una forma de almacenar memoria.
Valcárcel había planteado una posibilidad mucho más sencilla: algunas secuencias rituales podían conservar restos de antiguas prácticas de observación acústica.
Con el paso del tiempo, aquellas combinaciones habían adquirido funciones religiosas y sociales.
La tradición podía haber absorbido el fenómeno hasta borrar su origen.
Lucía observó las escaleras que descendían por un lateral.
—Podemos bajar.
Mateo negó.
—Primero revisemos el aire.
Adrián asintió.
Medición de oxígeno.
Dióxido de carbono.
Temperatura.
Humedad.
Nada indicaba un peligro inmediato.
Descendieron.
La cavidad inferior era irregular.
Roca natural.
Pequeñas acumulaciones minerales.
Grietas.
Conductos.
Nada flotaba.
No había cristales imposibles.
No existía ninguna formación suspendida.
Pero en el centro había algo construido por personas.
Una plataforma de piedra.
Sobre ella descansaban varias piezas metálicas.
Lucía se acercó.
Eran barras de diferentes longitudes.
Algunas presentaban señales de haber sido golpeadas repetidamente.
Adrián tomó una.
—Pudieron utilizarlas como referencias sonoras.
No podían saber todavía qué antigüedad tenían todas.