CAPÍTULO 21 — Nerviosas multitudes obedecían los tañidos
BLOQUE 1
La noticia aún no había llegado a los medios nacionales, pero en Burgos ya comenzaba a circular de teléfono en teléfono, de comercio en comercio y de una calle a otra.
Algo extraño estaba ocurriendo con las campanas de la Catedral.
Las plazas próximas al templo se llenaban lentamente.
Algunos acudían por curiosidad después de recibir mensajes de familiares.
Otros habían escuchado el repique desde distintos barrios y querían comprobar por sí mismos qué estaba sucediendo.
Muchos ni siquiera sabían explicar por qué habían decidido acercarse al casco histórico.
Habían oído las campanas durante varios minutos y aquella insistencia, unida a los rumores que comenzaban a propagarse, había terminado empujándolos hacia el centro.
BUMMMMM…
BUMMMMM…
BUMMMMM…
Desde la torre mayor continuaba llegando aquel ritmo desconocido.
No correspondía a ninguna secuencia litúrgica utilizada actualmente por el Cabildo. Tampoco coincidía exactamente con los antiguos toques de alarma, fiesta, incendio, difuntos o convocatoria que Adrián había estudiado durante los primeros días de la investigación.
Sin embargo, tenía elementos de varios de ellos.
Eso era precisamente lo inquietante.
En la sala subterránea, Adrián Salvatierra extendió sobre el atril una reproducción de los documentos encontrados en el archivo. El anciano Custodio permanecía a su lado mientras Lucía comparaba las anotaciones con las frecuencias que estaban registrando los equipos.
—Aquí está otra vez —dijo ella.
Adrián se acercó.
Una sucesión de intervalos se repetía cada cierto tiempo dentro del repique general.
No formaba una melodía reconocible. Era una combinación de pausas, intensidades y golpes que parecía deliberadamente construida.
—¿Un código? —preguntó el padre Esteban.
El Custodio tardó en responder.
—Una forma antigua de transmitir instrucciones.
Adrián levantó inmediatamente la mirada.
Aquello cambiaba por completo el sentido de lo que estaban escuchando.
—¿Instrucciones para quién?
—Para quienes conocían los toques.
El anciano explicó que durante siglos las campanas habían servido para mucho más que anunciar ceremonias religiosas.
Antes de la existencia de sistemas modernos de comunicación, determinados repiques podían avisar de incendios, ataques, fallecimientos, reuniones, cierres de puertas, emergencias o acontecimientos extraordinarios.
Cada comunidad aprendía a reconocerlos porque formaban parte de su vida cotidiana.
Pero los Custodios habían desarrollado algo más complejo.
No un lenguaje capaz de controlar voluntades.
Un sistema de señales.
Una sucesión de combinaciones que permitía comunicar información entre personas situadas en diferentes puntos de la ciudad sin necesidad de documentos escritos.
Lucía contempló nuevamente el espectrograma.
—Entonces lo que estamos escuchando podría traducirse.
—Si encontramos el registro correcto.
El Custodio caminó hacia una pequeña estantería excavada directamente en la roca y extrajo un volumen protegido por una cubierta de cuero ennegrecida.
Lo colocó sobre el atril.
Las páginas estaban llenas de anotaciones realizadas por distintas manos durante siglos.
Fechas.
Nombres de campanas.
Número de golpes.
Duración de las pausas.
Adrián comenzó a comprender.
No tenían delante una partitura.
Tenían un código de comunicación.
BOOOOOOOMMMMMMMMMMMMM…
Otro tañido descendió desde las torres.
Lucía observó inmediatamente el registro.
Esta vez pudo reconocer la secuencia.
Tres golpes largos.
Una pausa.
Dos golpes breves.
Otra pausa.
Después uno largo.
Buscó la combinación dentro del manuscrito.
Cuando encontró la correspondencia, dejó de respirar durante un instante.
Adrián se inclinó hacia ella.
—¿Qué dice?
Lucía levantó lentamente la mirada.
—Convocatoria.
El padre Esteban observó hacia las profundidades del corredor.
Arriba, mientras tanto, centenares de personas continuaban acercándose a la Catedral.
Tal vez no obedecían conscientemente un código olvidado.
Pero escuchaban un toque que durante generaciones había significado exactamente lo mismo para Burgos:
acudir.
BLOQUE 2
La plaza de Santa María estaba prácticamente ocupada.
Los agentes municipales comenzaron a organizar los accesos mientras nuevos grupos llegaban desde las calles próximas.
No existían disturbios ni enfrentamientos.
El principal problema era otro: nadie sabía cuánto tiempo continuarían sonando las campanas ni por qué tantas personas habían decidido acercarse al mismo lugar.
La explicación podía ser mucho más sencilla de lo que inicialmente habían temido.
Los primeros vídeos publicados desde la plaza habían circulado rápidamente por teléfonos y redes sociales.
Cada nuevo repique alimentaba la curiosidad.
Los rumores hacían el resto. Algunos aseguraban que se trataba de un toque histórico recuperado por el Cabildo.
Otros hablaban de una ceremonia extraordinaria.
También comenzaban a circular versiones absurdas que aumentaban la inquietud.
Pero Adrián sabía ahora que detrás de los tañidos existía algo real.
Alguien estaba utilizando el antiguo código.
BUMMMMM…
BUMMMMM…
BUMMMMM…
Lucía continuaba comparando las secuencias.
—Otra vez.
Tres golpes.
Pausa.
Dos.
Pausa.
Uno.
Convocatoria.
El patrón se había repetido seis veces.
—¿Las campanas pueden estar programadas para hacer esto? —preguntó Adrián.
Padre Esteban negó.
—No con este toque.
—Entonces alguien las está accionando.
El silencio cambió inmediatamente.
Aquella conclusión devolvía el problema al terreno humano.
Ya no estaban frente a un fenómeno inexplicable.
Había una persona.
Tal vez varias.
Y conocían un código que, según el Custodio, había permanecido reservado durante siglos.
Adrián se volvió hacia el anciano.
—¿Quién más sabe interpretarlo?
El Custodio no contestó enseguida.
Su silencio fue suficiente.
—¿Quién? —insistió Adrián.
—Los Custodios nunca fueron un único grupo.
Padre Esteban frunció el ceño.
El anciano explicó entonces que, durante generaciones, habían existido desacuerdos sobre la función de aquellos conocimientos.
Algunos defendían que debían conservarse únicamente como patrimonio histórico.
Otros creían que podían continuar utilizándose en situaciones excepcionales.
Las diferencias habían terminado provocando una ruptura interna mucho antes de que él naciera.
—¿Cuándo?
—A finales del siglo XIX.
Lucía levantó la mirada.
Aquello ya podía investigarse.
Fechas.
Personas.
Documentos.
Archivos.
Nada sobrenatural.
—¿Y qué ocurrió con el otro grupo?
—Dejó de comunicarse con nosotros.
Adrián observó nuevamente las secuencias.
—Pero alguien conoce el código.
El anciano asintió.
BOOOOOOOMMMMMMMMMMMMM…
Un nuevo repique atravesó la Catedral.
Esta vez Lucía detectó inmediatamente una diferencia.
—Cambió.
Buscó rápidamente entre las páginas.
La combinación era distinta.
Dos golpes prolongados.
Tres breves.
Uno prolongado.
El Custodio se acercó antes incluso de que Lucía encontrara la anotación.
Su expresión había cambiado.
—Ese toque no convoca a la población.
—¿Entonces?
El anciano señaló una palabra escrita en castellano antiguo junto a la secuencia.
Custodios.
Adrián sintió que la investigación acababa de tomar otra dirección.
Alguien no estaba llamando a Burgos.
Estaba llamándolos a ellos.
BLOQUE 3
La lluvia comenzó poco después.
Primero fueron unas gotas aisladas sobre las piedras de la plaza. Después una llovizna persistente obligó a muchos curiosos a refugiarse bajo soportales y entradas próximas. Otros comenzaron finalmente a abandonar el lugar cuando la policía pidió despejar parcialmente los accesos.
La aparente obediencia colectiva comenzaba a tener una explicación mucho menos extraordinaria de lo que las primeras imágenes habían sugerido.
Curiosidad.
Rumores.
Sugestión.
El poder histórico de unas campanas que durante siglos habían organizado la vida cotidiana.
Pero debajo de la Catedral continuaba existiendo una pregunta que ninguna de esas explicaciones resolvía.
¿Quién estaba tocándolas?
Adrián cerró el volumen.
—Tenemos que subir.
El Custodio negó.
—Todavía no.
—Si alguien está utilizando el código desde las torres, necesitamos encontrarlo.
—El código no solamente se utilizaba desde las torres.
Adrián se detuvo.
El anciano caminó lentamente hacia uno de los laterales de la enorme sala.
Allí había un plano mucho más antiguo que los demás. No tenía colores ni marcas luminosas. Era una representación realizada a mano sobre varias piezas de pergamino unidas entre sí.
Mostraba la Catedral.
Las criptas.
Las dependencias capitulares.
Y debajo de ellas aparecía una compleja sucesión de galerías.
Lucía acercó la linterna.
—Esto no coincide con los planos actuales.
—Porque muchas galerías fueron clausuradas.
El Custodio señaló una línea que descendía desde un antiguo edificio próximo al recinto catedralicio y alcanzaba la cámara donde se encontraban.
—Existían dos accesos.
Padre Esteban se aproximó.
—Yo solo conocía uno.
—Era lo previsto.
El anciano continuó siguiendo la línea con el dedo hasta detenerse sobre una pequeña anotación.
Clausurado, 1519.
Adrián calculó rápidamente la dirección.
El corredor debía atravesar varios metros bajo construcciones posteriores antes de alcanzar algún punto del casco histórico.
—¿Dónde termina?
El Custodio señaló una antigua referencia escrita junto al margen del plano.
Padre Esteban reconoció inmediatamente el nombre.
—Ese edificio ya no existe.
—El edificio no —respondió el anciano—. Los sótanos quizá sí.
Entonces llegó el sonido.
No fue una campana.
Tampoco una vibración.
Fue algo mucho más sencillo.
Y precisamente por eso mucho más inquietante.
Un golpe metálico.
Después otro.
Y finalmente el arrastre lento de algo pesado sobre piedra.
Los cuatro permanecieron inmóviles.
El sonido procedía de una galería lateral que hasta ese momento Adrián había supuesto cerrada.
El Custodio tomó una lámpara y se acercó.
En el extremo del corredor aparecía una antigua puerta reforzada con hierro.
La misma que figuraba en el plano.
La inscripción de 1519 seguía grabada sobre uno de sus laterales.
Pero había algo nuevo.
El polvo acumulado durante décadas estaba removido.
Lucía enfocó el suelo.
Había marcas recientes.
Huellas.
Adrián se agachó.
Las observó durante unos segundos.
—Alguien pasó por aquí.
El Custodio miró la puerta.
La cadena que debía mantenerla cerrada estaba cortada.
No oxidada.
No rota por el paso del tiempo.
Cortada limpiamente.
Adrián pasó un dedo por uno de los extremos metálicos.
La superficie todavía brillaba.
Aquello había ocurrido hacía muy poco.
El anciano perdió finalmente la serenidad.
—Creíamos que este acceso llevaba más de quinientos años inutilizado.
Adrián se incorporó.
Ya no necesitaban buscar explicaciones imposibles.
Alguien conocía los túneles.
Alguien conocía el código.
Y alguien había entrado deliberadamente en el santuario mientras toda Burgos miraba hacia las campanas.
Desde el otro lado de la puerta llegó un último ruido.
Un paso.
Después otro.
Y silencio.