CAPÍTULO 20 — El miedo recorría las calles antiguas
BLOQUE 1
—Bienvenidos.
El anciano hizo una breve pausa.
—Los Custodios del Himno llevan cerca de seis siglos esperando que alguien consiga reunir nuevamente todo lo que fue separado.
Ninguno de los tres respondió de inmediato.
La gran sala permanecía en silencio.
Las campanas antiguas descansaban sobre sus soportes. Algunas estaban completas. Otras habían sido desmontadas. Varias conservaban marcas de reparaciones realizadas en épocas diferentes.
Adrián Salvatierra observó alrededor.
Ya no tenía la impresión de que aquellas piezas estuvieran atentas.
Eran objetos.
Bronce.
Hierro.
Madera.
Historia.
BUMMMMM…
BUMMMMM…
La vibración procedente de los niveles inferiores seguía transmitiéndose a través de la estructura.
El anciano bajó lentamente desde la plataforma.
No vestía ninguna túnica ceremonial. Solo ropa oscura y sencilla.
—Mi nombre es Mateo Arnáiz.
Adrián lo miró.
—Pensé que los Custodios no utilizaban nombres.
Mateo sonrió apenas.
—Eso pertenece a las leyendas.
Lucía Orive recorrió la sala con la vista.
—¿Cuántos son?
El hombre guardó silencio unos segundos.
—Aquí, esta noche, cuatro.
Señaló a las personas que Adrián había visto al entrar.
—En Burgos somos algunos más. Y sabemos que hubo otros grupos en distintos lugares de España.
Padre Esteban avanzó.
—Entonces la Orden todavía existe.
Mateo negó.
—No como existió alguna vez. Ya no hay una autoridad única.
Aquello llamó la atención de Adrián.
—¿Quién controla el sistema?
—Nadie completamente.
Era una respuesta mucho más peligrosa que cualquier historia sobre campanas vivas.
El conocimiento estaba fragmentado.
Las responsabilidades también.
Y distintos grupos podían interpretar de manera diferente aquello que habían heredado.
BOOOOOOOMMMMMMMMMMMMM…
Desde arriba volvió a llegar una secuencia de campanas.
Mateo levantó la cabeza.
—Eso no debería estar ocurriendo.
Adrián lo observó.
—¿Ustedes no las están tocando?
—No.
Lucía sacó la tableta.
Las cámaras exteriores mostraban movimiento creciente alrededor de la Catedral.
Personas saliendo de comercios.
Vecinos acercándose al centro.
Turistas grabando.
Conductores intentando atravesar calles cada vez más congestionadas.
No todos caminaban hacia la Catedral.
No todos reaccionaban igual.
Pero la noticia se estaba extendiendo.
—Hay mucha gente viniendo hacia aquí —dijo Lucía.
Mateo miró la pantalla.
—Entonces alguien está repitiendo el procedimiento antiguo.
Adrián frunció el ceño.
—¿Qué procedimiento?
—Durante determinados toques, los responsables de cada barrio enviaban personas hacia puntos concretos para recibir instrucciones.
—¿Y hoy?
—Hoy basta un mensaje.
Lucía abrió varias redes locales.
Circulaban frases.
“Algo ocurre bajo la Catedral.”
“Han abierto el archivo.”
“Vuelve el Himno.”
“Acudan al centro.”
Adrián comprendió.
—No son las campanas las que los traen.
—No —respondió Mateo—. Son los rumores alrededor de ellas.
Ahí estaba el verdadero peligro.
Una señal histórica podía despertar curiosidad. Pero una campaña de mensajes podía transformar esa curiosidad en miedo.
Y el miedo podía recorrer las calles mucho más rápido que cualquier resonancia.
BLOQUE 2
Las imágenes municipales mostraban el casco histórico cada vez más congestionado.
No existía una procesión silenciosa.
Había grupos diferentes.
Personas que preguntaban.
Vecinos que buscaban familiares.
Turistas intentando abandonar la zona.
Otros acercándose para ver qué ocurría.
BUMMMMM…
BUMMMMM…
Lucía amplió el mapa.
—Mire esto.
Varias concentraciones aparecían en calles antiguas.
Adrián estudió la geometría.
—No están siguiendo ningún recorrido acústico.
—Entonces ¿por qué coinciden tanto con los mapas históricos?
Mateo se acercó.
—Porque esas calles continúan siendo los accesos naturales al centro.
La respuesta era sencilla.
Las rutas medievales habían condicionado durante siglos parte de la trama urbana. Aunque se hubieran transformado, seguían influyendo en la circulación moderna.
—Los antiguos recorridos de emergencia aprovechaban esas mismas vías —explicó Mateo—. No porque la ciudad estuviera diseñada siguiendo frecuencias, sino porque eran caminos que conectaban puntos importantes.
Puertas.
Mercados.
Hospitales.
Iglesias.
Plazas.
Adrián observó el mapa.
—Entonces alguien que conozca los antiguos protocolos puede predecir por dónde llegará la gente.
Mateo asintió.
Eso convertía el conocimiento histórico en una herramienta contemporánea.
BOOOOOOOMMMMMMMMMMMMM…
Las campanas cambiaron de secuencia.
Las cámaras mostraron varias reacciones.
Algunas personas se detuvieron.
Otras miraron hacia las torres.
Unos cuantos empezaron a grabar.
No existía ninguna fuerza silenciosa indicándoles la dirección.
Pero segundos después comenzó a circular un nuevo mensaje:
“Segundo toque. Diríjanse a la Plaza de Santa María.”
Lucía mostró la pantalla.
Adrián apretó la mandíbula.
—Esto está organizado.
Mateo perdió parte de su serenidad.
—Sí.
Padre Esteban observó al Custodio.
—¿Por quién?
Mateo tardó en responder.
—Eso es lo que todavía no sé.
Lucía señaló otros mensajes.
Había cientos de llamadas a emergencias.
No todas repetían la misma frase.
Algunas preguntaban si había un incendio.
Otras hablaban de un posible derrumbe.
Varias mencionaban una ceremonia secreta.
La mezcla de versiones producía exactamente aquello que Adrián había leído en los antiguos documentos:
la ciudad dejaba de distinguir entre señal y rumor.
—El miedo está creciendo porque nadie sabe qué información es verdadera —dijo.
Mateo asintió.
—Y porque alguien está llenando ese vacío con una historia.
Adrián lo miró.
—El Himno.
—Sí.
No una melodía capaz de controlar Burgos.
Una tradición.
Una historia transmitida durante generaciones.
Una idea lo suficientemente poderosa como para que determinadas personas interpretaran aquellas campanas como el anuncio de algo extraordinario.
BUMMMMM…
BUMMMMM…
Una de las campanas antiguas de la sala produjo un pequeño zumbido.
Adrián se acercó inmediatamente.
La vibración llegaba por el soporte.
Apoyó uno de los sensores contra la estructura y observó la lectura.
—Transmisión estructural.
Mateo contempló la pieza.
—Durante años hubo quienes interpretaban eso como respuestas.
—Porque no podían medirlo.
—O porque preferían la leyenda.
Adrián lo miró.
—¿Usted cree en alguna de ellas?
Mateo sonrió con tristeza.
—Creo en el peligro de que las personas crean demasiado en ellas.
Entonces el teléfono del Custodio vibró dentro de su bolsillo.
Mateo lo extrajo.
Observó la pantalla.
Su expresión cambió.
No era un mensaje anónimo.
Tampoco procedía de alguien situado fuera de España.
El remitente figuraba bajo una denominación que Adrián no conocía.
Archivo de Santiago.
Mateo palideció.
—Esto sí es importante.
BLOQUE 3
El mensaje permanecía abierto en la pantalla.
No era una vibración misteriosa viajando bajo la península.
No eran campanas contestándose a cientos de kilómetros.
Era una comunicación enviada por una persona.
Texto.
Hora.
Identificador.
“Secuencia histórica detectada en Burgos. Confirmar situación.”
Adrián observó a Mateo.
—¿Quién envía esto?
—Personas vinculadas a un antiguo archivo de Santiago de Compostela.
Lucía frunció el ceño.
—¿También son Custodios?
Mateo dudó.
—Ellos utilizan otro nombre.
—¿Y forman parte de su organización?
—No.
Aquella respuesta era importante.
Mateo explicó que nunca había existido una estructura perfectamente organizada que controlara todos aquellos conocimientos desde un único lugar.
Habían existido grupos.
Archivos.
Familias.
Religiosos.
Investigadores.
Personas que, a lo largo de generaciones, habían recibido fragmentos diferentes de una tradición mucho más extensa.
Algunos grupos habían desaparecido.
Otros se habían integrado en instituciones que probablemente desconocían el verdadero origen de determinados documentos.
Y unos pocos habían continuado transmitiendo ciertos conocimientos de manera reservada.
Mateo caminó hacia una carpeta protegida dentro de uno de los armarios.
Extrajo un mapa de España.
Era una reproducción moderna elaborada a partir de documentos mucho más antiguos.
Sobre él aparecían pequeñas anotaciones.
Burgos.
Santiago de Compostela.
Toledo.
León.
Sevilla.
Zaragoza.
Salamanca.
Y otros lugares cuyos nombres habían sido tachados o resultaban ilegibles.
Adrián se acercó.
No había líneas que transmitieran ondas entre ellos.
No había una red acústica escondida bajo España.
Había fechas.
Correspondencia.
Traslados de documentos.
Viajes de maestros.
Nombres de religiosos.
Referencias a constructores.
Rutas utilizadas para transportar manuscritos.
Lucía comprendió inmediatamente.
—No estamos viendo una red de campanas.
—No —respondió Mateo.
—Estamos viendo una red de personas.
El Custodio asintió.
Durante siglos, determinados conocimientos habían circulado por España sin quedar reunidos jamás en un único archivo.
Un documento podía salir de Burgos y terminar décadas después en Santiago.
Una copia realizada en Toledo podía aparecer generaciones más tarde en Salamanca.
Un maestro podía trabajar en una construcción y trasladarse posteriormente a otra ciudad llevando consigo técnicas que nunca había dejado por escrito.
El conocimiento viajaba.
Las personas lo transportaban.
Y con el paso de los siglos, el origen de muchas de aquellas conexiones se había perdido.
Adrián volvió a mirar el mensaje.
—¿Por qué Santiago reconoce el toque?
Mateo permaneció unos segundos en silencio.
—Porque conserva una parte del código.
Aquella respuesta abrió una posibilidad mucho más inquietante.
Si alguien había ejecutado deliberadamente una secuencia extraordinaria en Burgos, podía estar esperando precisamente eso.
Que quienes todavía conocieran el código reaccionaran.
—Sacarlos de la oscuridad —murmuró Lucía.
Adrián asintió.
Activar una secuencia antigua.
Provocar alarma.
Observar quién respondía.
Localizar los archivos que todavía sobrevivían.
Mateo miró nuevamente la pantalla.
—Entonces quizá Burgos sea el cebo.
Padre Esteban se acercó al mapa.
—¿Para encontrar qué?
Adrián respondió antes que Mateo.
—Los otros fragmentos.
Silencio.
Lucía volvió a leer el mensaje procedente de Santiago.
Había algo extraño en la última línea.
“Burgos ha vuelto a tocar. Confirmar custodia del Himno.”
Mateo acercó la pantalla.
Su expresión cambió.
—Hay algo que no me gusta.
—¿Qué?
—La fórmula utilizada.
Adrián lo observó.
—¿Qué tiene?
—Nuestra rama dejó de emplearla hace décadas.
Lucía comprendió inmediatamente.
—¿Quién la sigue utilizando?
Mateo tardó en responder.
—Los que abandonaron el acuerdo.
Padre Esteban frunció el ceño.
—¿Qué acuerdo?
El anciano respiró profundamente.
—El de no volver a reunir el Himno completo.
Silencio.
Ahí apareció el verdadero conflicto.
No existían catedrales despertando.
No existía una red misteriosa activándose bajo España.
Existían personas enfrentadas.
Unos consideraban que aquel conocimiento debía permanecer fragmentado.
Otros habían intentado reconstruirlo.
—¿Por qué? —preguntó Adrián.
Mateo observó el Archivo Primero.
—Porque el Himno nunca fue solamente música.
—¿Qué era?
—Una forma de conservar y transmitir información sin escribirla completa en ningún lugar.
Adrián comprendió.
Ritmo.
Repetición.
Memoria.
Códigos asociados a determinados toques.
Textos repartidos entre archivos distintos.
El Himno podía haber funcionado como una estructura mnemónica capaz de preservar información durante generaciones incluso cuando desaparecían los documentos originales.
Si todas las partes volvían a reunirse, algo que había permanecido dividido durante siglos podría reconstruirse.
—¿Qué contiene completo? —preguntó Lucía.
Mateo negó lentamente.
—Nadie de nuestra rama lo sabe.
—¿Y los otros?
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Afuera, el miedo continuaba recorriendo las calles antiguas.
No porque las campanas controlaran Burgos.
Porque alguien había conseguido transformar un sonido histórico en el centro de una operación cuidadosamente preparada.
Adrián volvió a mirar el mapa de España.
Santiago.
Toledo.
León.
Sevilla.
Zaragoza.
Salamanca.
Cada nombre podía esconder una historia distinta.
Un documento.
Una construcción.
Un archivo.
Un secreto.
Pero ninguno de ellos explicaba todavía lo que estaba ocurriendo en Burgos.
Aquella noche solo importaba una certeza.
Alguien conocía el antiguo código.
Alguien había provocado deliberadamente los toques.
Y mientras toda la ciudad miraba hacia las torres de la Catedral, esa persona podía estar buscando algo mucho más importante bajo sus pies.
Mateo cerró lentamente la carpeta.
—Tenemos que proteger el Archivo Primero.
Adrián lo miró.
—¿De quién?
El Custodio guardó silencio.
Desde algún lugar de las galerías inferiores llegó un ruido metálico.
Breve.
Seco.
Inconfundible.
Los cuatro giraron hacia el corredor.
Mateo perdió el color.
—De ellos.
Adrián dio un paso hacia la oscuridad.
—¿Quiénes?
El anciano respondió en voz baja.
—Los que todavía quieren reunir el Himno.