Las Campanas de Burgos (Los Secretos de España 1) CAPÍTULO 1 — Ecos bajo la torre mayor #2
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CAPÍTULO 1 — Ecos bajo la torre mayor #2

Adrián volvió a consultar la grabadora. La componente grave había desaparecido prácticamente del registro, aunque los sensores todavía detectaban pequeñas vibraciones ambientales procedentes de diferentes fuentes.

Lucía respiró lentamente antes de hablar.

—Tenemos que entrar.

El ingeniero todavía observaba las torres.

—¿Quién era ese hombre?

Ella dudó unos segundos.

—No lo sé.

Pero Adrián notó inmediatamente que estaba mintiendo.

Ambos comenzaron a caminar hacia la entrada principal mientras el gigantesco edificio gótico proyectaba su sombra sobre la plaza. Al cruzar el umbral, Adrián percibió inmediatamente el cambio acústico.

El interior de la Catedral de Burgos transformaba el sonido.

Cada paso generaba reflexiones.

Los murmullos ascendían hacia las bóvedas y regresaban modificados.

La geometría del espacio hacía difícil localizar algunas fuentes sonoras, especialmente cuando el sonido procedía de corredores laterales o zonas elevadas.

Para un visitante podía ser simplemente la acústica característica de una gran catedral.

Para Adrián era un sistema extraordinariamente complejo de superficies reflectantes, volúmenes conectados y materiales capaces de transmitir vibraciones.

Levantó la vista.

Las alturas góticas parecían no terminar nunca.

La luz coloreada descendía desde los vitrales formando manchas rojizas y doradas sobre el suelo antiguo.

Entonces volvió a percibir algo.

Muy bajo.

Intermitente.

BUM…

Esperó.

BUM…

Adrián se detuvo abruptamente.

No sabía si estaba escuchándolo realmente o si su oído seguía condicionado por las campanas exteriores. Sacó la grabadora y comprobó el nivel de señal.

Había algo.

Débil, pero medible.

—¿Escucha eso?

Lucía permaneció inmóvil.

—Sí.

—¿De dónde viene?

Ella observó hacia el interior del edificio.

—Eso es precisamente lo que intentaban averiguar.

Comenzaron a avanzar por uno de los corredores laterales, alejándose poco a poco de los turistas. La temperatura descendía a medida que se internaban en sectores menos transitados y Adrián comenzó a observar detalles que antes le habían pasado inadvertidos.

En algunos sillares aparecían marcas antiguas.

Círculos.

Líneas.

Signos geométricos.

No todas parecían pertenecer al mismo periodo ni tener la misma función.

Adrián se acercó a una de ellas.

—¿Qué significan?

—No lo sabemos con certeza. Algunas pueden ser marcas de cantero. Otras aparecen repetidas en lugares con características acústicas particulares.

Adrián examinó la pared.

—¿Alguien ha demostrado que estén relacionadas con el sonido?

—No.

La respuesta de Lucía lo sorprendió.

—Entonces ¿por qué las estudian?

—Porque uno de los investigadores descubrió que varias coinciden con puntos donde determinadas resonancias se intensifican.

Adrián volvió a mirar los signos.

Eso era diferente.

No demostraba que los constructores medievales hubieran realizado cálculos acústicos modernos.

Podían haber descubierto determinados efectos empíricamente, del mismo modo que generaciones de arquitectos, músicos y campaneros habían aprendido a trabajar con el sonido mucho antes de que existieran analizadores digitales.

—Necesitaríamos comparar su distribución con todas las marcas del edificio —dijo—. Si solamente seleccionaron las que coinciden con esos puntos, el patrón podría ser una ilusión estadística.

Lucía lo observó.

—Eso mismo dijo el último ingeniero que trabajó aquí.

Adrián se volvió hacia ella.

—¿Y qué encontró?

Lucía iba a responder cuando un sonido grave atravesó el corredor.

BUMMMMMMMMM…

Ambos se quedaron inmóviles.

No había sido una campana exterior.

Al menos no una que Adrián pudiera identificar como tal.

Sacó inmediatamente la grabadora.

La señal estaba allí.

Real.

Medible.

Varias personas situadas a cierta distancia levantaron la cabeza y buscaron instintivamente el origen del sonido. Una pareja dejó de hablar. Un hombre miró hacia las bóvedas. Después, poco a poco, todos continuaron con lo que estaban haciendo.

Adrián observó la pantalla.

La frecuencia dominante coincidía aproximadamente con la anomalía registrada en la plaza.

Pero la intensidad era diferente.

Y también su duración.

—Tiene que existir una fuente —murmuró.

Lucía no respondió.

Adrián comenzó a caminar lentamente siguiendo las variaciones de intensidad que marcaba el aparato. Dio varios pasos hacia el corredor lateral.

La señal aumentó.

Otros dos.

Volvió a disminuir.

Retrocedió.

Otra vez aumentó.

Aquello podía ser una onda estacionaria provocada por la geometría del lugar, lo que significaba que determinar la procedencia mediante la intensidad medida en un único punto sería extremadamente difícil.

Entonces reparó en algo.

El sonido no parecía llegar desde las torres.

Parecía propagarse a través de la propia estructura.

Adrián apoyó cuidadosamente los dedos contra la piedra.

No sintió nada.

Sacó de la mochila un pequeño sensor de contacto y lo colocó sobre el muro.

Esperó unos segundos.

La pantalla registró una vibración débil.

Demasiado débil para sacar conclusiones.

Pero suficiente para formular una pregunta.

—¿Qué hay debajo de esta parte de la catedral?

Lucía permaneció en silencio.

Adrián volvió la cabeza.

Ella ya no observaba el sensor.

Observaba el suelo.

—Lucía.

La archivista respiró profundamente.

—Hay dependencias antiguas.

—¿Sótanos?

—Algunos.

—¿Y los demás?

Lucía levantó finalmente la mirada.

—No aparecen en los planos actuales.

Adrián retiró lentamente el sensor de la pared.

Por primera vez desde que había llegado a Burgos, la anomalía dejó de parecerle un problema relacionado exclusivamente con las campanas.

Si existía una fuente física desconocida en algún punto inferior del edificio, las vibraciones podían transmitirse por muros, pilares y cimentaciones antes de emerger en lugares aparentemente inconexos. Eso explicaría por qué algunas frecuencias parecían surgir desde el interior de la estructura.

No explicaba qué las producía.

Ni por qué alguien había estudiado aquel fenómeno antes que ellos.

Mucho menos por qué aquella investigación había sido cancelada.

Adrián guardó el sensor.

—Quiero ver esos planos.

Lucía permaneció inmóvil durante unos segundos.

Después comenzó a caminar.

—Entonces todavía no ha visto lo más extraño.

Adrián la siguió.

A sus espaldas, la catedral recuperó lentamente su murmullo habitual.

Pero en la pantalla de la grabadora había quedado registrada una señal.

Una frecuencia real.

Una vibración medible.

Y en algún lugar bajo sus pies existía algo capaz de producirla.