Capítulo 22. #2
Victoria gimió quedo en la boca de Elena, hundiendo los dedos en el moño de la rusa para deshacer el peinado.
La oscura melena de Elena se desparramó por sus hombros en cascada negra.
Desde su observatorio secreto tras los cortinajes, Callum Davies contenía la respiración.
Su corazón latía con fuerza contra las costillas.
El espectáculo de aquellas dos mujeres de poder —su propia directora general en Toulouse y la vicepresidenta británica de la RFU— besándose con tal fervor bajo el retrato de la Reina Victoria le provocaba un impacto erótico de violencia inusitada.
Su fulminante erección tensó la tela de lana de su pantalón de esmoquin.
Elena asió a Victoria por la cintura, atrayéndola con violencia contra su cuerpo. El satén negro y el terciopelo verde friccionaban en un roce de telas altamente erótico.
—Estás ardiendo, Victoria... —murmuró Elena entre besos mordisqueados, descendiendo la mano por la espalda de la británica hasta alcanzar la curva de sus glúteos bajo el terciopelo.
—Me obsesionas, Elena... —respondió Victoria, con su aristocrática voz quebrada por la excitación—. Muéstrame la fuerza de Toulouse...
Victoria agarró los tirantes del vestido de satén de Elena y los hizo resbalar por sus marfileños brazos. Con diestro gesto, bajó la parte superior del vestido tubo.
El suntuoso pecho de Elena Rostova brotó bajo la dorada luz del fuego de leña.
Sus generosos pechos, firmes y coronados por oscuras areolas y pezones ya endurecidos por el aire cálido y el deseo, se ofrecieron a la vista y a las manos de la británica.
Victoria dejó escapar un jadeo de admiración.
Se arrodilló de inmediato sobre la alfombra persa ante Elena, hundiendo el rostro entre los pechos de la rusa.
Su boca abarcó el pezón izquierdo de Elena, succionándolo con demencial voracidad mientras sus manos amasaban el otro pecho con firmeza desenfrenada.
—¡Ah!... ¡Victoria!... —gimió Elena echando la cabeza hacia atrás, con los dedos aferrados a los hombros cubiertos de terciopelo verde de la aristócrata.
La succión de Victoria era experta; alternaba la labor de su lengua cálida sobre la areola con ligeros mordiscos dentales que hacían estremecer el cuerpo entero de Elena.
Callum, oculto en la sombra de la tribuna, recolocó su postura.
Deslizó la cremallera de su pantalón de esmoquin y sacó su miembro.
El miembro del joven internacional inglés —una soberbia verga de diecinueve centímetros, gruesa y coronada por un glande violáceo orlado de fino vello pelirrojo— brotó en su mano.
Callum comenzó a masturbarse a ritmo lento y constante, con la mirada clavada en la escena.
Elena, guiada por un hambre devoradora, agarró a Victoria por las axilas y la hizo incorporarse. Con autoritario ademán, la rusa hizo girar a la británica para pegarla de espaldas contra el gran sofá Chesterfield de cuero negro.
Elena tiró de la cremallera invisible que descendía por la espalda del vestido de terciopelo verde de Victoria y la bajó de un tirón.
El preciado tejido se abrió dejando a la vista la marfileña espalda de Lady Sterling, y luego resbaló por sus caderas hasta los tobillos.
Victoria Sterling quedó en ropa interior de alta costura de encaje negro: un corsé con ballenas que realzaba su generoso pecho y un tanga de encaje transparente que no ocultaba nada de su íntima anatomía.
Su piel de impecable blancura británica contrastaba de forma bellísima con el oscuro cuero del sofá.
Elena se arrodilló a su vez entre los muslos de Victoria. Con seco movimiento, la rusa abrió de par en par el tanga de encaje para desenterrar la vulva de la aristócrata.
El sexo de Victoria estaba húmedo, anegado de un abundante jugo natural que centelleaba bajo los destellos de la chimenea. Su monte de Venus, perfectamente depilado, dejaba asomar labios rosados e hinchados de pasión.
—Mira lo que el rugby francés le hace a la nobleza inglesa —susurró Elena con voz ronca.
Elena sumergió el rostro entre los muslos de Victoria. Su lengua, ancha, cálida y de diabólica precisión, barrió la húmeda hendidura de la británica de abajo arriba.
—¡Ah!... ¡Elena!... ¡My God!... —gritó Victoria Sterling aferrándose a los reposabrazos del sofá de cuero, con la pelvis alzada violentamente bajo el influjo de la lengua rusa.
Elena no le concedió respiro. Circundó el clítoris de Victoria con los labios, aplicando una succión potente y constante mientras introducía dos de sus dedos anillados en oro por el estrecho y ardiente canal de la británica.
Los ruidos húmedos de las lametadas, el chasquido de los dedos de Elena en el sexo anegado de agua de Victoria y los gritos eróticos de la noble inglesa impregnaron el tocador de una atmósfera de principesca depravación.
Victoria se arqueaba con los marfileños muslos aprisionando la cabeza de Elena y las uñas hundiéndose en el cuero del sofá.
—¡Yes!... ¡More!... ¡Cum with me, Elena!... —vociferaba Victoria en un inglés despojado de toda compostura aristocrática.
Elena incrementó el ritmo de sus dedos en el interior del cuerpo de Victoria, mientras su lengua dibujaba círculos de loca velocidad sobre el botón de placer de la británica.