Las Cadenas de Twickenham (Los Dioses del Oval nº 3) Capítulo 13. #3
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Capítulo 13. #3

Julian apresuró sus embestidas, apretando sus manos las caderas de Mathieu para hundirlo más hondo en su miembro a cada impacto. El calor del mentol y el jengibre abrasaba sus carnes, multiplicando cada percepción de roce.

—¡Me voy a correr... Max!... ¡Julian!... ¡Tristan!... —aullaba Mathieu entre sendas succiones al sexo de Tristan, con los castaños ojos vueltos atrás por la intensidad del orgasmo ascendente desde sus entrañas.

—Wait for me, Mat!, gruñía Tristan avivando su propia maniobra en la boca del apertura, pellizcando su mano los endurecidos pezones de Mathieu.

—Cum for Toulouse, Mat!, bramaba Julian, con la yugular del cuello a punto de reventar y los golpes de cadera convertidos en sacudidas incontenibles.

Maxime Castéra incrementó la velocidad de su fricción sobre el sexo de Mathieu, conduciendo a su discípulo hacia el punto de no retorno.

El estallido resultó total, simultáneo, de absoluta y poética violencia.

Mathieu Vidal desató la marea. Su cuerpo entero se contrajo en rictus de supremo deleite. Su sexo arrojó copiosas, cálidas y densas oleadas de simiente blanca y cremosa que brotaron en chorros violentos, inundando el torso de Maxime, la mano del capitán y el cuero de la camilla de masajes.

Al mismo instante, Julian Vance exhaló un rugido de fiera salvaje que hizo vibrar los tabiques del vestuario.

El australiano se sepultó por última vez hasta la raíz en lo más recóndito de Mathieu, liberando torrentes ardientes de su propio fluido en el interior del muchacho, sacudido su cuerpo de gigante por colosales espasmos.

Tristan Mercier, abatido por la succión final de Mathieu y la visión de su doble eyaculación, soltó un alarido gutural, expulsando su simiente directamente al fondo de la garganta y sobre los belfos del apertura, quien tragó el cálido brebaje con devota sumisión.

Por último, el propio Maxime Castéra, desbordado por la tensión de la escena y la presión de su verga rodeada por los muslos de Mathieu, coronó la cima, arrojando su simiente sobre su propio vientre y las piernas del muchacho.

Los roncos gemidos de agotamiento y las frenéticas respiraciones colmaron el silencio del vestuario durante largos minutos.

Los cuatro hombres permanecieron enlazados sobre la camilla, configurando una escultura viviente de músculos, transpiración, simiente y aceite térmico.

Julian se retiró con suma lentitud de la intimidad de Mathieu, depositando un beso repleto de ternura sobre el sangrante párpado del muchacho.

Tristan se tendió junto a ellos, cruzando su musculado brazo en torno a la cintura de Mathieu para sellarlo contra su corazón.

Maxime, sonriente pese a la fatiga, posó la mano sobre las cabezas enmarañadas de sus tres guerreros.

Habían vencido a los Saracens en el campo. Habían domeñado sus propios cuerpos en el santuario.

Nada —ni los tabloides de Londres, ni los lores de Twickenham, ni el temor al escándalo mundial— lograría jamás quebrantar la cadena de acero que los hermanaba.

A la mañana siguiente, el aeropuerto de Toulouse-Blagnac se hallaba sumido en una fresca y dorada bruma matinal.

El reactor privado del Stade Toulousain aguardaba sobre el asfalto, con los reactores zumbando suavemente. Elena Rostova, flanqueada por dos agentes de seguridad internacionales, supervisaba el embarque del material y de los documentos estratégicos para el desplazamiento a Inglaterra.

Antes de embarcar a los jugadores rumbo al stage de preparación intensiva previsto en Surrey, una reunión de crisis confidencial debía celebrarse en los salones de honor del aeropuerto con una invitada inesperada.

Lady Victoria Sterling, la vicepresidenta británica de la Comisión Ética de la EPCR e hija de uno de los miembros más influyentes de la Cámara de los Lores en Londres, acababa de aterrizar procedente del Reino Unido.

Ataviada con un sastre oscuro de impecable factura, aquella mujer de cuarenta años con mirada de acero y aristocrática y glacial belleza representaba al bando enemigo.

Mathieu Vidal y Maxime Castéra, secundados por Elena, se adelantaron en el salón privado.

Lady Victoria los observó en silencio, deteniéndose su mirada un instante en el tajo de la ceja de Mathieu y en el brazalete de capitán que el joven empuñaba en su mano.

—Caballeros —arrancó Lady Victoria con distinguida tesitura británica, exenta de toda emoción—. Mi padre y Lord Carter han redactado un dossier devastador contra vuestro club de cara a la semifinal de Twickenham. Pretenden vuestra expulsión pura y simple.

Mathieu dio un paso al frente, con el torso erguido y sin la menor sombra de temor en las pupilas.

—¿Ha venido a intimidarnos, Lady Sterling? —inquirió Mathieu con tono sereno y soberano.

Una muy leve sonrisa, casi imperceptible, estiró los belfos pintados de la aristócrata inglesa.

—No, señor Vidal —respondió depositando una llave USB cifrada sobre la mesa de cristal—. He venido a entregaros las armas para demolerlos. Pues lo que mi padre y Lord Carter ignoran... es que la auténtica intriga de Twickenham no ha hecho más que empezar.

Mathieu y Maxime cruzaron una mirada cargada de nueva y eléctrica tensión. El periplo hacia Inglaterra se anunciaba como el capítulo más peligroso, escandaloso y apasionado de su existencia.