Las buenas madres
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CAPÍTULO 1
El bocadillo
A Nico no le gustaba el jamón cocido si tenía los bordes oscuros.
Clara llevaba ocho años sin entender qué diferencia podía haber entre el centro de una loncha y medio centímetro más allá, pero había aprendido que ciertas guerras no merecían la pena.
Sentada en el banco, quitó los bordes con los dedos y los dejó dentro del papel de aluminio.
—Estás criando a un tirano —dijo Rocío.
Clara levantó la vista.
—Ayer cenó calabacín. Algún mérito tendrá.
—Entonces retiro la acusación. Estás criando a un santo.
Rocío mordió una patata frita y volvió a mirar el móvil. Tenía una bolsa abierta entre las piernas y Alma aparecía cada pocos minutos, cogía un puñado sin pedir permiso y regresaba corriendo hacia los columpios.
—Como vomite luego, te toca recoger —dijo Clara.
—Mi hija tiene un estómago preparado para sobrevivir a una guerra.
—Tu hija se comió pegamento el año pasado.
—Y aquí sigue, dando problemas.
Clara sonrió. Aquellas conversaciones explicaban bastante bien su relación.
Llevaban casi tres años coincidiendo en el parque y Clara no sabía cuándo cumplía años Rocío.
Sí sabía que Alma era alérgica a un antibiótico cuyo nombre nunca conseguía recordar, que su exnovio pagaba la pensión cuando se acordaba y que Rocío odiaba depilar cejas a hombres porque todos pedían que quedaran naturales después de aparecer con dos arbustos encima de los ojos.
Con Mónica ocurría algo parecido. Sabía que se había divorciado hacía cinco años, que tenía dos hijas y que los martes nunca podía bajar antes de las seis porque trabajaba hasta tarde.
De Eva sabía que era enfermera, que su mujer se llamaba Nuria y que Lucas había nacido prematuro.
De Teresa sabía muchas más cosas porque Teresa contaba muchas más cosas.
Aquel día estaba explicando que su marido había comprado una cafetera de cuatrocientos euros.
—Cuatrocientos veintinueve —corrigió—. Y hace el mismo café que la que teníamos.
Mónica arqueó una ceja.
—Por ese precio espero que también te haga la declaración de la renta.
—Tiene una pantalla.
—Entonces está justificado.
—A mí me cambia el humor cada vez que la veo.
Los niños corrían entre el tobogán y una estructura de madera en forma de barco.
Había otros repartidos por el parque. Algunos padres ocupaban los bancos.
Otros permanecían de pie con el teléfono en la mano.
Una abuela perseguía a un niño pequeño para ponerle una chaqueta que él parecía considerar una forma de tortura.
Clara terminó de quitar los bordes del bocadillo.
—¡Nico!
Nico no respondió y Clara no le dio importancia. Tenía la habilidad de ignorarla incluso a medio metro de distancia.
—¡Nico, merienda!
Teresa interrumpió la historia de la cafetera.
—Estaban detrás del barco hace un momento.
Clara volvió a llamarlo y apoyó el bocadillo sobre las rodillas. Alma apareció junto al banco con la respiración acelerada.
—Mamá, ¿puedo coger agua?
Rocío señaló su bolso.
—Llévate la botella y no la pierdas.
La niña rebuscó dentro. Clara miró hacia el barco de madera. Vio a Lucas, el hijo de Eva. También a las dos hijas de Mónica, un niño rubio con camiseta del Atlético y dos pequeñas que jugaban con una pelota rosa. Nico no estaba.
—¿Dónde está Nico?
Alma consiguió sacar la botella.
—Estaba jugando.
—Ya lo sé. ¿Dónde está ahora?
La niña se encogió de hombros.
—Hace un rato estaba aquí.
Rocío apartó el móvil.
—Habrá ido a mear.
Nico todavía conservaba la costumbre de esconderse detrás de unos arbustos cuando no quería entrar en el baño público. Clara llevaba meses intentando convencerlo de que ocho años eran demasiados para aquello. Se levantó y rodeó el barco.
—Nico.
Miró detrás de la estructura, entre los bancos y junto a los arbustos.
—Nico, deja de hacer el tonto.
El parque devolvió voces de otros niños, el golpe de una pelota y el chirrido de un columpio. Al otro lado de la valla un padre empujaba un carrito mientras hablaba por teléfono. Clara regresó hacia los bancos.
—No lo veo.
Eva se levantó al momento.
—Voy a mirar los baños.
Mónica dejó el bolso sobre el banco.
—Yo reviso la parte de arriba.
Teresa llamó a Nico con una voz que hizo girarse a varias personas. Clara recorrió los columpios. Preguntó a dos adolescentes sentadas en el suelo si habían visto a un niño con camiseta verde. Una de ellas negó con la cabeza.
—Creo que estaba jugando por ahí, pero no me he fijado.
Clara señaló el barco.
—¿Con esos niños?
—Puede ser.
Aquella respuesta le molestó más de lo que debía.
Quería una dirección, aunque fuera absurda.
Cualquier cosa que pudiera seguir con los pies.
Nico estaría escondido. Últimamente le había dado por hacer bromas idiotas.
Se metía en el armario y esperaba a que lo buscaran.
Una noche permaneció debajo de la cama durante diez minutos y acabó enfadado cuando Clara le gritó al encontrarlo.
—Nico, como estés escondido te quedas sin tablet toda la semana.
Nadie contestó. Mónica regresó desde la otra punta.
—He mirado detrás de la pista y junto a las papeleras. Por allí no está.
Clara sacó el teléfono.
17:48.
Intentó recordar a qué hora había visto a Nico. Habían llegado sobre las cinco y media. Él había corrido hacia Lucas nada más entrar. Después hubo una discusión por un palo. Teresa empezó con la cafetera. Clara preparó la merienda. ¿Cuándo lo había mirado de verdad por última vez?
—Preguntad a los niños —dijo Teresa.
Las cuatro llamaron a los suyos. Las respuestas se mezclaron. Nico había estado en el barco. Había bajado. Se había peleado con Lucas por un palo que seguía debajo de un banco. Alma creía haberlo visto cerca de la puerta lateral. Clara se volvió hacia ella.
—¿Cerca de qué puerta?
La niña señaló la salida que daba a la pequeña plaza peatonal.
—Por allí.
—¿Lo viste salir?
Alma hizo una mueca.
—Estaba cerca.
—Necesito que pienses. ¿Salió del parque?
Rocío se acercó.
—Clara, déjala recordar.
Clara bajó la voz.
—Claro. Perdona. Alma, ¿te acuerdas de algo más?
La niña miró hacia la puerta y luego a su madre.
—Creo que hablaba con alguien.
El ruido del parque se alejaba un poco.
—¿Con quién?
—No sé quién era.
—¿Otro niño?
—Creo que era un mayor.
Rocío le acarició el pelo.
—¿Un padre?
Alma empezó a ponerse nerviosa.
—No me acuerdo.
—Ya está —dijo Rocío—. No hace falta que sigas.
Clara salió a la plaza. La heladería tenía cuatro mesas ocupadas. Dos camareros iban y venían con bandejas. En la farmacia entraba una mujer empujando un cochecito.
—¡Nico!
Una pareja se volvió hacia ella. Clara cruzó hasta la farmacia.
—Perdona, ¿ha entrado un niño solo? Ocho años, camiseta verde, pelo oscuro.
La farmacéutica negó.
—No que yo haya visto.
—¿Hace cinco minutos? ¿Diez?
—No sabría decirte, pero no recuerdo ningún niño solo.
Eva apareció en la puerta cuando Clara salía.
—Los baños están vacíos. He preguntado también en el bar.
Clara miró hacia la calle.
—Voy por ahí.
—Quédate cerca por si regresa.
Clara se detuvo en aquella palabra: regresa. Hasta entonces había buscado a un niño que debía aparecer detrás de algo. Si Nico había salido del parque, la búsqueda era otra.
—Nico sabe que no puede salir solo.
—Seguro que está cerca. Mónica ya ha ido a por el coche para dar una vuelta.
Teresa hablaba con un hombre sentado en uno de los bancos exteriores.
—¿Estaba usted aquí hace diez minutos?
El hombre tenía una bolsa de supermercado a los pies y unas gafas de lectura colgando del cuello.
—Llevo media hora.
—¿Ha visto salir a un niño de camiseta verde?
—Salen niños todo el rato.
—Pelo oscuro, ocho años.
El hombre levantó las manos.
—Señora, no me he fijado.
Clara dio un paso hacia ella.
—¿Estaba solo?
—Le estoy diciendo que no sé qué niño buscan.
Teresa mantuvo la mirada un par de segundos más. Luego se apartó.
—Voy a llamar a la policía.
—Espera un momento —pidió Clara.
—Llevamos demasiado rato mirando.
—Habrán pasado cinco minutos.
—Si aparece mientras vienen, anulamos el aviso.
Clara no quería que llamara. Entendió la razón cuando Teresa ya había empezado a marcar. Una patrulla convertía aquello en una desaparición. Mientras siguieran siendo cinco mujeres buscando por un parque, Nico podía salir de cualquier esquina y llevarse una bronca. Teresa habló con emergencias.
—Buenas tardes. Estamos buscando a un niño en un parque y no aparece.
Clara se alejó antes de llamar a Javier, que contestó al tercer tono.
—Hola, dime.
—No encuentro a Nico.
Se produjo una pausa corta.
—¿Cómo que no lo encuentras?
—Estaba jugando y ha desaparecido del parque.
—¿Cuánto tiempo hace?
Clara volvió a mirar el reloj.
—No lo sé. Puede que diez minutos. Quizá algo menos.
Oyó movimiento al otro lado.
—Voy para allá.
—Seguro que aparece antes.
—Salgo ahora mismo.
Javier colgó. Cuando Clara regresó, varias personas ya estaban buscando. Un hombre miraba detrás de unas casetas. Dos adolescentes habían caminado hasta el final de la plaza. Eva recorría la acera. Rocío tenía a Alma delante y trataba de aclarar qué había visto.
—No la agobies —dijo Clara.
Rocío soltó los hombros de la niña.
—Solo intento saber con quién hablaba.
—Ha dicho que no se acuerda.
—También ha dicho que era un mayor.
Clara se agachó un poco para quedar a su altura.
—¿Viste si Nico se fue con esa persona?
La niña se mordió el labio.
—Creo que caminaron.
Rocío cerró los ojos un instante.
—¿Hacia dónde?
Alma señaló fuera del parque. Clara salió otra vez a la plaza. Gritó el nombre de Nico. Un camarero dejó una bandeja en una mesa y se acercó.
—¿Habéis perdido a un crío?
—Estaba aquí hace unos minutos.
—¿Cómo va vestido?
Clara respondió. El camarero avisó a su compañero. Una mujer de una mesa se levantó. Alguien preguntó si habían mirado en los baños. Clara volvió a mirar el teléfono.
17:52.