Chapter 39 #2
El viejo etarra intentó levantarse. No llegó. Al fondo crujió una tabla, mínima. Nadie entró. La habitación quedó tomada por un silencio de almacén.
—Perdón —dijo Peio, tan bajo que pudo haber sido otra cosa.
Solaun no respondió. Aquel perdón no encontró sitio en la habitación. La palabra le rozó algo antiguo y no lo movió. Pensó, apenas un instante, en la cara de su padre la última vez que lo vio entero, antes de Getxo, y volvió a guardarla donde guardaba todo lo que ya no podía permitirse sentir.
Solaun no discutió. Con dos dedos giró la silla de Peio un par de centímetros para dejarlo de frente. Lo dejó mirándose a la estancia vacía, como si ni siquiera al caer fuera ya dueño del sitio que había ocupado tantos años. Luego levantó el arma.
El disparo fue único. Seco. Colocado. Y, sin embargo, Peio alcanzó a entender en ese último golpe algo peor que la bala: llevaba años entrando en su vida sin ruido, como una de esas balas silenciosas del Norte que ya no necesitan silbar para dejarlo todo dispuesto.
Cayó de lado, con la boca todavía medio abierta.
Ander Solaun salió sin prisa. Al cruzar el porche, pisó grava suelta y el sonido se le quedó colgado un segundo en la noche. En algún punto de la finca se encendió una luz, breve. Nadie salió. No sonrió. No miró atrás. La noche no le dio nada.
A media mañana, en una mesa de despacho, alguien anotó una indicación en el margen. No llevaba firma. Después doblaron el papel, lo dejaron en su sitio y el asunto pasó a archivo.
Tampoco aquello abrió nada.
En los meses siguientes, nadie tiró de aquel hilo.
María Marcos firmó un traslado a un puesto de mayor rango sin que nadie relacionara una cosa con la otra.
Andoni Goicoechea siguió en su puesto de la Ertzaintza, ascendido con los años, sin que el nombre de Ander Solaun ni el de Peio el Viejo aparecieran jamás junto al suyo en ningún expediente.
Ninguno de los dos tendría que responder nunca por nada de aquello.
Santiago e Ignacio nunca sabrían por ningún cauce oficial el nombre de Ander Solaun, ni la orden sin firma, ni la mesa donde el papel se dobló y volvió a su sitio.
Nadie iba a decírselo, y ellos tampoco iban a preguntar: la deuda oficial quedaba saldada en el mismo silencio que la había mantenido viva durante treinta años, una bala más de las que no hacía falta oír para que hicieran su trabajo.
Meses después, sin embargo, a Santiago le llegó de refilón el rumor de una finca que había cambiado de manos sin ruido y de un nombre borrado de un informe, y no necesitó preguntar más: entendió, sin poder probarlo nunca, que alguien había respondido al fin a lo que Ignacio le pidió una vez junto a otra tumba.
Guardó esa certeza sin pruebas como se guarda una bala que ya no hace falta oír, y empezó a pesarle de un modo distinto a como pesaba el resto de lo callado.
** *
Más tarde, en Torrejón, Santiago volvió a la mesa. El despacho seguía oliendo a polvo viejo y calefacción muerta. Durante un instante oyó todavía la gravilla del cementerio y el ruido seco de una carpeta al cerrarse.
Era noviembre de 2023. En la radio de algún piso cercano repetían investidura, amnistía, estabilidad, pactos necesarios.
Nombraban apoyos, traspasos, presos, Navarra, referéndums. Santiago dejó la radio encendida un momento más.
Ninguna de aquellas palabras traía de vuelta lo enterrado.
Sólo ordenaban el precio de mantenerlo quieto.
Pensó en Pedro, en Elena y en Aurelio. En Ignacio, con las manos en los aros frente a la tumba.
Llevaba semanas dándole vueltas a si debía contarle lo que había llegado a intuir sobre Ander Solaun, sobre la finca vaciada y el nombre borrado de un informe: no tenía pruebas, sólo una certeza que ya no sabía dónde dejar.
Decírselo no le devolvería a su padre, pero tal vez le quitara a Ignacio el peso de seguir pidiéndolo solo.
Se lo diría, decidió, aunque fuera despacio, aunque tardara semanas en encontrar las palabras: se lo debía, y quizá fuera la única herencia limpia que todavía podía dejarle.
Pensó en Luis, que había cruzado media España con una carpeta llena de nombres y huecos y, aquella noche en Baza, dejó la bolsa sobre la mesa y se apartó un paso, como si ni siquiera la verdad que traía le perteneciera.
Pensó también en Daniela, a la que había dejado de escribir sin llegar nunca a odiarla; y en Gisela, a la que ya no podía llamar suya en ningún papel, pero cuya goma de pelo seguía, meses después, olvidada en la guantera del coche, porque quitarla de allí le seguía pareciendo, cada vez, una crueldad innecesaria .
Pensó en Raquel, que durante años había dejado una luz encendida en el pasillo aunque nadie fuera a llegar, y que había aprendido a llevar carpetas de prestaciones, citas médicas y papeles de víctimas con la misma discreción con que otros llevan una herida tapada; en Carmen, que había aprendido a leer autos sin dejar de ser hija y que, cada vez que enseñaba el DNI, sentía que el apellido llegaba antes que ella; en David, capitán de la UCO, con la niña pequeña en casa y el teléfono siempre cargado por si la noche volvía a llamar, el hijo que sabía abrir puertas laterales, pero no podía poner su placa delante de su padre sin convertirlo todo en otra causa.
Pensó también en Alberto y en aquella madrugada de Baza en que lo encontró sentado en el patio, sin chaqueta, con el blíster abierto sobre la mesa y la mirada puesta en el pozo seco.
No le preguntó qué iba a hacer. Le quitó las pastillas una a una y se sentó a su lado hasta que amaneció.
Después vinieron las citas: el psiquiatra de los martes, la psicóloga de los jueves, los silencios en la sala de espera y Santiago aguardando en el coche o en la acera, sin preguntar más de lo necesario.
Alberto nunca lo llamó salvación. Lo llamaba, cuando conseguía nombrarlo, seguir.
La mesa seguía allí.
Se sentó despacio. Le crujió el hombro al acercar la silla y notó en la mano un temblor leve, más de cansancio que de miedo. La pluma tardó en obedecer. La primera línea salió torcida, y la tinta necesitó un segundo para agarrar al papel. Aun así, abrió el cuaderno y escribió:
No queda nadie más para decirlo entero.
Luego escribió el primero.
Abrió el cajón y sacó el sobre grande, de papel basto.
Metió dentro lo necesario: copias con sellos, fechas alineadas al minuto, páginas que no encajaban, diligencias que nadie citaba.
Metió también el fallo absolutorio, doblado por las mismas marcas que le habían dejado los dedos en Baza.
Subrayó los nombres de los muertos y de los vivos.
Los que nadie decía en voz alta. Luego cerró el sobre y lo sostuvo un segundo contra el pecho, como quien comprueba si el peso aguanta.
Bajó a la calle. La noche olía a asfalto mojado. En el bolsillo interior, la esquina del sobre le marcaba el paso. Le dolía al caminar. No la apartó. Al llegar a la esquina, dobló.
Detrás quedaba la mesa. Delante, la calle. En medio, los nombres que ya no pensaba devolver al silencio.
F I N