Chapter 39
XLII/Las balas silenciosas del Norte
En noviembre, de regreso de Baza, Torrejón le pareció una maqueta mal iluminada. Calles limpias, farolas obedientes, edificios cumpliendo su función. No había hostilidad en la ciudad; tampoco refugio.
Desde aquella noche en Baza, cuando Luis dejó la carpeta sobre la mesa y los nombres salieron por fin de la bolsa vieja, los meses se habían consumido en la casa como una vela mal puesta.
El julio electoral confirmó sólo una parte de lo que su padre había advertido en primavera: ganar no abría necesariamente una puerta. En noviembre, con Sánchez investido de nuevo gracias a los apoyos que ya entonces empezaban a nombrarse, aquello dejó de parecer espera y pasó a ser precio.
Pedro resistió hasta el otoño, cada vez más pequeño en la cama y, sin embargo, más presente que todos. Cuando por fin murió, no clausuró nada: dejó a la vista lo que seguía abierto.
En sus últimos días, el viejo guardia civil seguía buscando con los dedos el borde de la sábana, como si quisiera dejarla cuadrada antes de irse. Una tarde pidió que abrieran la ventana. No dijo por qué. Miró la luz seca del patio, movió apenas la mano y volvió a quedarse dentro de sí.
Araceli encontró la nota en el cajón de la mesilla: uniforme, cartilla, bandera.
Tres palabras, escritas con una letra ya quebrada, pero todavía recta.
El uniforme viejo seguía dentro de una funda de plástico; la cartilla del Duque de Ahumada, en el cajón donde guardaba los recibos importantes; la bandera de España, doblada al fondo del armario, sin polvo.
Santiago lo miró todo sin tocarlo al principio.
No lo entendió como desafío, sino como orden: las pocas cosas que su padre aún podía dejar en su sitio.
Santiago subió al despacho sin encender la luz del rellano. Dentro, el aire olía a polvo viejo y a calefacción muerta. El flexo recortaba un círculo imperfecto sobre la mesa: papeles manoseados, un cenicero lleno de días inmóviles, la pluma negra alineada con el borde. Todo estaba donde debía.
Bebió un trago corto. El vaso tocó la madera e hizo un ruido leve. No necesitó más para entender que no había vuelto allí a descansar.
Se quedó un momento de pie, sin sentarse todavía. Miró la mesa como se mira un sitio que ha seguido esperando.
Rozó con el pulgar una mota de cal pegada al vaso. La había traído del cementerio sin darse cuenta. La frotó y no se fue. Al verla, volvió a notar la tierra húmeda en los zapatos y el viento seco del día siguiente.
Al día siguiente del entierro de su padre regresaron al cementerio los tres: Luis, Alberto y él. La tierra seguía removida; la cal, húmeda. El viento levantaba un polvo fino que se pegaba al traje.
Su primo Ignacio llegó tarde, empujando la silla con un gesto brusco, exacto. Se plantó frente a la tumba. Colocó las ruedas. Midió el ángulo. Al terminar, dejó la palma un segundo sobre el reposabrazos, apretando como si ese metal pudiera recordarle dónde empieza el cuerpo. Luego levantó la vista.
—Aquí estáis —dijo—. Como si con estar bastara.
No levantó la voz. Le alcanzaba con estar allí .
—Yo vengo a recordaros el precio —añadió a continuación—. No este. El otro.
Luis bajó la cabeza y hundió las manos en los bolsillos del abrigo, como si no supiera qué hacer con ellas. A Alberto se le crispó el gesto de las manos; después las aflojó despacio, avergonzado de que se le notara. Santiago sostuvo la mirada un segundo y abrió la boca.
—No tengo defensa para esto —dijo Santiago.
Alberto no dijo nada. Bajó la vista y dejó que el silencio se quedara entre los cuatro. Con el pulgar se rozó la alianza antigua que aún llevaba en la mano derecha, un gesto mínimo, perdido, como si buscara una puerta por la que ya no entraba nadie.
La rueda izquierda había pisado tierra blanda y traía un hilo oscuro pegado a la goma.
Ignacio lo miró un instante y, con el pulgar, lo apartó.
El barro se le quedó en la uña. La dejó ahí, a la vista, como quien se niega a limpiarse delante de un muerto.
Luego señaló la tierra removida, sin teatralidad.
—Habéis llegado para la tierra —dijo Ignacio—. No para lo de antes. ¿Y ahora venís a poneros delante de él? ¿Del tío Pedro, que está aquí? ¿De mi padre? ¿Ahora?
Santiago tragó saliva. Se quitó las gafas, las limpió con el borde de la manga y volvió a ponérselas sin haber quitado nada. Necesitaba ese gesto para ganar un segundo.
—No llegamos cuando hacía falta —dijo al fin Santiago—. A tu padre. A lo tuyo. También a Irati.
Ignacio apretó una vez el aro de la rueda. El metal crujió apenas bajo la presión de los dedos. Luego soltó despacio, como si también él tuviera que decidir qué parte de la rabia podía quedarse allí .
—Siempre llegáis después —dijo—. Se os fue mi tío, se os fue mi padre… Y de Irati supe lo que era cuando ya estaba muerta. Mi padre no tuvo ni eso —añadió, señalando la tierra fresca—. Ni una tumba que explicara nada.
Alberto levantó apenas la cabeza.
—Yo ni siquiera llegué a mi hijo —dijo, sin mirar a nadie.
Ignacio lo observó por primera vez como si acabara de medirle otra herida. La mano que tenía sobre la rueda se le quedó quieta, con la uña aún manchada de barro.
—Entonces sabes de qué hablo.
—Saberlo en una cocina no sirve —dijo Ignacio—. Saberlo entre vosotros tampoco. No lo tapéis otra vez. Que alguien lo diga entero. Que alguien lo escriba.
—Yo los llevaba en una bolsa —dijo Luis—. Los nombres. Y aun así llegué tarde.
Al decirlo, Luis sacó una mano del bolsillo y la volvió a guardar enseguida. El gesto fue tan rápido que casi pareció un fallo del cuerpo.
Ignacio fijó entonces los ojos en Santiago. No hubo temblor en su gesto; sólo una quietud tan dura que hasta el viento pareció apartarse de la tumba. Con las palmas sobre las ruedas, corrigió milimétricamente la posición de la silla, como si necesitara quedar de frente para lo que venía.
—Tú lo recuerdas, Santi —dijo con voz suave—. Te pedí una vez que ese etarra dejara de respirar. Y ahora os han puesto nombres delante. O eso parece. A ver si esta vez no los dejáis otra vez en manos de otros.
Alberto dio un paso hacia la tumba, pero se detuvo. Miró la tierra nueva como si allí también hubiera un hueco para Ezequiel, aunque Ezequiel estuviera en otra parte .
Nadie le contestó. Luis bajó todavía más la cabeza, como si siguiera oyendo en ese silencio los nombres que le habían puesto delante en Málaga.
Alberto se quedó inmóvil, con las manos abiertas, las palmas hacia arriba, sin darse cuenta.
Santiago miró la tierra recién cerrada. La cal se le pegó al zapato.
Movió el pie apenas, lo justo para sentirla ahí. No la sacudió.
***
Ansola Larrañaga, Peio el Viejo, llevaba años metido allí, en su búnker. Finca aislada, hombres pagados para no preguntar, rutinas sin visitas. Así llamaba él a seguir.
Aquella noche no hubo aviso. Sólo un clic de cerradura y una corriente fría entrando con alguien. La puerta quedó entornada un segundo de más, como si la casa hubiera dudado. Peio levantó la vista y, por instinto, buscó a alguno de sus hombres.
—Ah, eres tú.
«Peio el Viejo» lo miró de arriba abajo sin reconocerlo al principio.
Vio un rostro más. Pero entonces reparó en las manos quietas, demasiado bajas para venir a discutir, y en la forma de ocupar el borde de la luz sin dejarse ver del todo.
Ahí entendió algo peor que un nombre: aquel hombre no había venido a hablar.
Entonces notó otra cosa: la casa no estaba en falso. Había demasiadas ausencias, demasiadas puertas cerradas a tiempo para ser azar.
—Has tardado —dijo Peio, como si el tiempo todavía le perteneciera—. Siéntate. Aquí se habla.
Pero, mientras lo decía, miró hacia la puerta. La casa estaba demasiado quieta y sus hombres no aparecían. Notó un hueco frío bajo el esternón. Por primera vez en años, la habitación dejó de parecerle suya.
Ander Solaun no se sentó. Se quedó a un paso del borde de la luz, lo justo para que Peio no pudiera medirle bien la cara.
Tenía las manos bajas, sin prisa. La respiración, medida: costumbre de quien había aprendido a no dejarse leer.
Sólo el pulgar derecho, apretado contra la costura del pantalón, delataba el esfuerzo de no hacer memoria.
Con la yema de dos dedos alisó una mota invisible en el brazo de la silla antes de hablar.
—Te han mandado otros —dijo Peio. La voz le salió firme, pero ya no mandaba igual—. Siempre os envían otros. Si has venido a cobrar, dilo de una vez. Tú también fuiste de los nuestros —añadió Peio, intentando recuperar una autoridad que ya no encontraba dónde apoyarse.
—No —dijo Solaun—. Yo estuve dentro. No es lo mismo. Getxo. Ochenta y cuatro. Mi padre dijo que no.
No había orgullo en la frase. Sólo una contabilidad vieja, mal cerrada.
Su padre había dicho que no a una bomba porque dentro del cuartel había mujeres y niños; Ander llevaba años repitiéndose que aquello lo separaba de ellos.
Esa noche, sin embargo, la casa estaba preparada con una precisión que conocía demasiado bien.
A Peio se le tensó la espalda. No retrocedió, pero el cuerpo empezó a fallarle por dentro: una humedad súbita en las axilas, la lengua pesada, el pulso golpeándole en la sien.
Miró el arma antes de que apareciera y entendió algo peor que la deuda: no habían venido a matarlo a la manera antigua, sino a dejarlo fuera con el mismo método con que habían ido borrándole la casa, los hombres y el margen.
—Yo hice lo que había que hacer —dijo Peio. La frase salió vieja, gastada, sin nadie ya dispuesto a obedecerla .
—También eso tenía que oírlo mi padre —respondió Solaun.
—Así que eras tú —escupió Peio. La voz se le quebró apenas, de rabia o de miedo—. El que me ha ido vaciando la casa… Cerrando puertas antes de que yo llegara a ellas. No vienes a cobrar: vienes a dejarme fuera. Crees que esto termina aquí. Ya veremos dónde lo dejan.