Las balas silenciosas del Norte Chapter 35
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Chapter 35

XXXVIII/La amarga libertad

Los papeles no terminaron aquella noche en Teatinos. Siguieron trabajando durante años, en mesas distintas, con sellos distintos, sobre cuerpos distintos.

El tiempo ya no se medía en días, sino en resoluciones que no llegaban. Prórrogas, escritos devueltos, recursos dormidos: lo justo para que el papel pesara más que las personas y el desgaste pareciera procedimiento.

La prisión provisional se había vuelto costumbre.

Cada vez que asomaba algo capaz de abrir una grieta, quedaba pendiente: un informe que no entraba, una grabación no localizada, unas trazas pedidas otra vez.

Siempre otra diligencia, siempre otra firma, hasta que la excepción terminara pareciendo una manera razonable de vivir.

Santiago y Alberto hablaban poco. Tanto tiempo entre enemigos les había enseñado eso: dentro bastaba un gesto; fuera, cualquier gesto podía leerse.

Respiración corta; mirada entrenada para no regalar nada; el eco de Basauri todavía pegado a la piel.

A Santiago se le había quedado en la cara una sequedad de yeso y en el cuello una rigidez que ya no cedía ni al sentarse.

Alberto había adelgazado por los pómulos; las gafas finas parecían ahora demasiado ligeras para una cara que se le iba quedando atrás.

El amanecer llegó sin luz verdadera, filtrado por rejas y rejillas.

Los sacaron de la celda con esa brusquedad profesional que no necesita golpes: basta la prisa ajena.

Camino del juzgado, el furgón avanzó a tirones; cada bache devolvía el hierro a las muñecas y la misma idea al pecho: todavía no.

Santiago no miró por la rendija. Alberto cerró los ojos una vez y, al abrirlos, tuvo que buscar el aire antes de volver a quedarse quieto.

Llevaba el nombre de su hijo como quien lleva un objeto frágil en la boca.

Al abrirse la puerta trasera del furgón, el aire frío les dio en la cara con olor a gasóleo, lluvia vieja y asfalto de primera hora.

Bajaron uno detrás del otro, torpes por el hierro corto de los grilletes.

Un ertzaina los agarró del antebrazo a medio salto, más para marcar mando que para sostenerlos, y antes de soltarlos apretó un punto más la cadena.

El metal mordió. Alberto hizo un gesto mínimo con la boca; Santiago no miró al agente.

—Andando, txakurras —dijo el policía, arrimado al oído de Santiago—. Bastante habéis ensuciado ya.

Luego les dio un empujón corto hacia la escalinata, sin llegar al golpe, como quien ordena una mercancía que no quiere tocar más de lo necesario.

Antes de cruzar el control, alcanzaron a oír la calle.

Frente al Palacio de Justicia, un grupo compacto gritaba detrás de una línea de vallas.

Ikurriñas por encima de las cabezas, carteles de presos, pancartas contra el GAL y la Guardia Civil.

El sonido llegaba como una ola sucia: subía, golpeaba las puertas, volvía a subir.

A un lado, las televisiones montaban directo: trípodes, focos, cables en el suelo, micrófonos con espuma de colores.

Reporteros repasando nombres, repitiendo el rótulo que convenía.

Cuando los vieron, varios móviles se alzaron a la vez.

No esperaban una verdad: esperaban una imagen y una frase.

La Audiencia los recibió después con frío de expediente: pasillos largos, madera gastada, placas sin nadie detrás. Un banco pegado a la pared. Funcionarios comprobándolos como quien comprueba una ficha. Afuera, el país ya sabía pronunciar sus nombres sin escuchar nada más.

Raquel no había venido. Habían acordado mantenerla fuera del foco, igual que a Carmen.

Argote lo dejó claro la víspera: cuanto menos, mejor .

A Santiago le dolió ese pacto como duelen las decisiones correctas: por dentro.

Prefería saberlas lejos, fuera del foco, antes que ver cómo las convertían en parte de la causa, en una foto o en una frase.

Lo que Santiago no sabía era que aquel pacto tenía una grieta hecha a propósito.

Tres semanas antes, en su despacho de Málaga, Carmen había recibido a una mujer que decía llamarse Josune, vecina de la casa gemela a la de Irati en Mondragón. No había ido a la Ertzaintza porque, según dijo, ya había hablado con ellos una vez y nadie había vuelto a preguntarle nada.

—Vi un coche que no era el de su padre —dijo Josune, sentada al borde de la silla, sin soltar el bolso—. Antes de la hora que salió en las noticias. Se lo dije al primer agente que vino, pero no me lo apuntó como algo importante.

Carmen no dejó que se le notara nada en la cara. Sacó un cuaderno y escribió fecha, hora aproximada, color del coche, cuántos minutos. Al terminar, le pidió a Josune que lo firmara, aunque fuera a mano, aunque fuera sólo para ella.

No llevó el papel a Argote en persona. Se lo hizo llegar por medio de un compañero de despacho que no sabía de quién era hija, con una nota breve: Testigo omitido en primera declaración. Verificar hora. No quería que constara en ningún sitio que la había buscado ella.

Raquel tampoco se había quedado quieta. No dio entrevistas ni se dejó fotografiar, pero escribió, con la letra pequeña de siempre, a media docena de familias que conocía de la asociación, pidiéndoles que no repitieran ante un micrófono lo que no habían visto con sus propios ojos.

No era silencio. Era otra forma de sostener la versión, hecha fuera del foco, donde nadie pudiera retratarla.

Tampoco estaban los compañeros del Norte, los de antes.

No porque no desearan verlos, sino porque resultaba más prudente que nadie pudiera relacionarlos allí, ni en una fotografía ni en una diligencia posterior.

Desde que aquel cambio de Gobierno se volvió costumbre, el miedo aprendió disciplina.

Las cárceles cambiaban de manos, la amnistía empezaba a sonar como moneda futura, la autodeterminación seguía en las mesas sin necesitar firma limpia, y los apoyos de comunistas y separatistas enseñaban a más de uno a borrar su nombre antes de tiempo.

Aun así, ninguno dejó de enviar apoyo. Siempre encontraba David la manera de hacérselo llegar: un recado parco, una llamada mínima, un aguanta dicho por otro para que siguiera siendo de todos.

En una de las últimas visitas a Basauri, David había esperado a que el funcionario se alejara para decírselo a media voz, sin mirarlo de frente: que salía a su encuentro con el mismo aire de Ortega Lara al salir del zulo.

No lo dijo por crueldad, sino por miedo.

A Santiago se le quedó esa frase pegada como una fotografía que nadie quiere conservar.

Pensó también en Raquel y en Carmen: en las colas, en los kilómetros, en las noches partidas por una llamada, en ese cansancio sin brillo que no deja moratón y, aun así, termina marcándolo todo.

En la sala, no hubo gestos de respeto. Sólo una presencia firme: el letrado Jorge Argote. No saludó ni sonrió. Llegó con el portafolios bajo el brazo y la expresión de quien entra a trabajar: sin emoción, con pulso.

En el pasillo, un funcionario se detuvo un segundo más de la cuenta con la puerta cerrada.

Desde dentro llegó una risa corta. Cuando por fin abrió, no pidió disculpas.

Sólo miró el reloj y dijo: rápido, esa Guardia Civil .

Santiago entendió el mensaje: incluso ese día podían hacerles tropezar sin tocarles.

La sala estaba demasiado iluminada. El tribunal, quieto, administrando el tempo.

Frente al estrado, los nueve miembros del jurado popular guardaban la distancia justa: vascos anónimos a los que el propio procedimiento protegía de dar la cara en público, porque juzgar a guardias civiles en aquel clima no era un trámite cualquiera.

Santiago pensó que a ellos también les habría costado venir.

El fiscal, con los papeles en orden y la mirada de oficio.

A su lado, Arantxa Zulueta, en representación de la acusación popular, ordenaba sus folios con una calma muy estudiada.

Al fondo, varios ertzainas alineados, sin moverse más de lo necesario; uno de ellos no miraba al tribunal, sino a ellos.

Para Santiago y Alberto no era un juicio en abstracto: era su vida puesta en manos ajenas, otra vez.

Argote habló sin elevar la voz. Empezó por donde el sumario menos margen tenía para fingir: el cuerpo de Irati y la franja horaria en que la muerte resultaba verosímil. Tanto papel, para volver, al final, a una hora.

—Concretemos —dijo el juez, sin dureza—. ¿Sostiene la defensa que no pudieron estar allí ?

—La hora probable de la muerte no encaja con la presencia de mis defendidos en el caserío —respondió Argote—. El cuerpo habla por horas, y esas horas tampoco coinciden con el primer aviso ni con la hora repetida aquella noche como si fuera un dogma.

Un movimiento mínimo recorrió la mesa del fiscal: un bolígrafo que se detiene, una hoja que se desplaza medio centímetro.

El juez no cambió de gesto, pero dejó de mirar el margen y miró el centro.

Zulueta apoyó la yema del índice sobre una línea sin leerla.

Argote siguió, sin prisa, como quien abre una carpeta exactamente por donde más duele.

El fiscal movió apenas la cabeza, como quien rechaza una cuenta demasiado redonda. Se humedeció el labio inferior, ordenó una hoja que ya estaba en orden y entonces intervino:

—No confundamos grietas con exculpaciones —dijo el fiscal—. Hay informes periciales, una escena, una secuencia de indicios y una coherencia general que esta defensa intenta fragmentar.

—Y no olvidemos a la víctima —añadió Zulueta, con la misma calma administrativa de antes—. Cuatro años después seguimos oyendo a la defensa hablar de horas, de papeles y de custodias como si Irati Mendiola fuera un estorbo procesal y no una mujer asesinada.