Chapter 33
XXXVI/El foso
Los sacaron de las dependencias de custodia con la misma prisa mecánica con que se mueve un papel que ya ha encontrado destino.
En el acceso al juzgado les llegó primero el ruido: cámaras recolocándose, voces repitiendo sus nombres como si ya no les pertenecieran, micrófonos al otro lado del cordón y fotógrafos buscando el ángulo antes de que los bajaran del furgón.
Antes de entrar, un agente los detuvo medio segundo más de lo necesario junto a la puerta del furgón. No fue una orden ni un descuido. Fue el tiempo justo para que los objetivos encontraran la cara de Santiago y el temblor de Alberto.
Antes de entrar en la sala, los retuvieron unos minutos en un cuarto de paso: una mesa de fórmica, dos sillas atornilladas al suelo y una ventana alta donde el cristal devolvía una claridad de patio enfermo.
Allí sí dejaron entrar primero al letrado Jorge Argote.
Habló bajo y deprisa, con el abrigo aún puesto y una carpeta sin abrir del todo.
No le habían dado margen: respondería él, no regalarían frases y el atestado de la Ertzaintza venía empujando la prisión desde el principio.
Al salir Argote, David alcanzó a entrar un instante. No abrazó a su padre. Le tocó apenas el antebrazo y dijo su nombre una sola vez. Santiago vio en su hijo algo peor que el miedo: la disciplina de quien ya ha aprendido que, a partir de cierto punto, ni siquiera el amor entorpece la maquinaria.
Luego vino la comparecencia. El juez entró con una carpeta ya abierta y la mirada puesta en el reloj.
El fiscal tenía el atestado abierto por las páginas útiles, con dos esquinas vencidas y el bolígrafo tendido junto al margen.
A la derecha, Arantxa Zulueta alineaba sus folios sin mirarlos; golpeó dos veces el canto contra la mesa, hasta dejarlos exactamente parejos.
Argote habló primero y apenas le dejaron tomar sitio.
El juez lo interrumpió dos veces para pedir concisión, pero esa palabra sólo valía para la defensa.
Santiago y Alberto oyeron primero homicidio , después el nombre de Irati Mendiola y, enseguida, la fórmula que convertía la noche en otra cosa: atestado instruido por la Ertzaintza .
Después llegaron los términos previstos —indicios racionales, gravedad, riesgo de fuga, prisión provisional comunicada y sin fianza— con la cadencia de una escalera que bajaba sola.
Cuando Argote intentó señalar una contradicción horaria, el fiscal enderezó el atestado sobre la mesa, como si bastara recolocar aquello para devolverle la razón.
Cuando pidió que constara la precipitación de la medida, Zulueta intervino para reforzar gravedad y peligrosidad con una voz baja, exacta, casi sin temperatura.
El juez apenas los miró. Miró el reloj, una copia grapada, la esquina de una actuación. A ellos, casi nunca.
—Letrado, no convierta esto en una vista anticipada —dijo el juez.
—Señoría, ya la han convertido otros antes de que entráramos —respondió Argote.
Alberto mantuvo la cabeza gacha. Quería evitar que el cuerpo volviera a delatarlo allí.
Desde la encerrona de San Sebastián y el ataque de ansiedad de la víspera, llevaba el pecho como si le hubieran dejado dentro un puño ajeno.
Se tocó una vez el borde de la manga, un gesto mínimo de orden, y no volvió a moverse .
Santiago vio que Alberto no parpadeaba. Tenía la mirada fija en un punto de la mesa, pero el pulgar le rozaba el índice una y otra vez, contando algo que no quería contar. Cuando el fiscal dijo riesgo de fuga , Alberto tragó sin saliva.
Había aprendido a reconocer el borde antes de nombrarlo: el aire que no entraba, la punzada falsa en el pecho, la necesidad absurda de corregir algo con las manos para no admitir que el desorden venía de dentro.
Al devolverles una copia mal doblada, los pusieron otra vez en marcha. Al cruzar la puerta hacia el furgón, con el rumor de la prensa todavía al otro lado, Santiago vio en el papel un hueco preparado para ellos.
En Basauri, lo siguiente era más simple y antiguo: hacerles sentir el tiempo en el cuerpo.
Se notaba en lo pequeño: la mirilla que se abría lo justo para volver a cerrarse sin prisa, el peso del llavero al pasar de una mano a otra, la luz enferma que no terminaba de apagarse y dejaba en las paredes un color de yeso mojado.
Santiago lo leyó todo con el reflejo del oficio —cerraduras, distancias, ángulos muertos, el punto exacto desde el que una puerta manda más que una voz—.
Comprendió al instante la diferencia: allí, mirar más no daba margen, sólo hacía más nítido el encierro.
Ya dentro, de noche, todo fue ventanillas altas, formularios sin interés, pasillos con eco corto y olor a lejía cansada, metal tibio y ropa que tardaba en secarse.
Les hicieron preguntas que no buscaban saber nada, sólo encajarlos: nombre, filiación, medicación, pertenencias, firma.
La voz del funcionario era neutra; el circuito, no.
No consultaron ningún listado ni barajaron otra ubicación.
Los enviaron a un módulo concreto, sin la vacilación habitual de una primera noche.
El funcionario estampó el sello con una sequedad casi ofendida.
En la esquina del impreso, la hora del siguiente recuento ya estaba escrita a bolígrafo.
También allí alguien se había adelantado.
Bajaron un tramo de escaleras y el aire cambió: más denso, con olor a sudor viejo, detergente barato y tubería húmeda.
Una corriente fría venía del fondo y no limpiaba nada.
La puerta metálica cerró detrás con un golpe corto, sin estruendo, por eso más irrevocable.
Ahí empezó el descenso: las horas dejaron de correr y empezaron a posarse.
La madrugada llegó sin aviso. El frío se coló por las rendijas con paciencia de oficio.
Santiago abrió los ojos sin haberse permitido dormir.
Alberto, en la litera inferior, respiraba a tirones y abría y cerraba la mano despacio, como si necesitara comprobar que aún podía sujetar algo.
No estaba teniendo otro ataque como el de la víspera, pero seguía en esa orilla: pecho corto, mandíbula fija, una atención excesiva al aire.
Se incorporó un poco, se llevó la palma abierta al esternón y esperó a que pasara la oleada sin hacer ruido.
Luego volvió a colocar la manta con una minuciosidad casi vergonzosa.
Pensó en Ezequiel y entendió que ni siquiera iba a poder llorarlo como se llora a un hijo: hasta el duelo necesita espacio, y en aquel lugar todo estaba ya ocupado.
Santiago pensó en llamar. Levantó la cabeza hacia la mirilla y la bajó enseguida. Pedir ayuda allí también era entregar una frase: ansiedad, inestabilidad, riesgo. Otra línea para el expediente.
Desde otro módulo llegó un grito ahogado, demasiado lejos para entenderlo y demasiado cerca para que el cuerpo no lo registrara.
Luego volvió la quietud, más pesada que antes.
Santiago murmuró aguanta . Alberto no contestó.
En el corredor, las llaves empezaron a acercarse con ese ritmo de hierro que divide la noche sin necesidad de reloj.
Pensó en David y, detrás de él, en Raquel, Carmen y la niña: en que el relato también les estaba entrando en casa, sin que él pudiera ponerse delante. Afuera empezaría a amanecer sobre tejados, cocinas, radios encendidas y portales que aún no sabían sus nombres.
Allí abajo, en cambio, la mañana no traía ninguna promesa: sólo otro recuento, otro cierre y las llaves acercándose otra vez por el corredor. La primera se detuvo ante su puerta.