Chapter 31
XXXIV/En tránsito
La noche anterior no terminó cuando se cerró el furgón. Siguió dentro de ellos, cambiando de forma. Y la mañana llegó sin aviso: una claridad gris, filtrada por las rejillas, suficiente para dibujar la humedad y el óxido, pero no para llamar luz a eso.
El aire entraba a la fuerza: lejía, cemento mojado, sudor viejo.
Cada inspiración añadía peso. Desde el pasillo lateral, donde un televisor colgado junto al control permanecía encendido, aunque no del todo en silencio, les llegaban el parpadeo de las imágenes y una voz de plató amortiguada por la distancia.
En la franja inferior corría el rótulo: «La Ertzaintza investiga si hay un nuevo GAL tras la muerte de Irati Mendiola» .
A fuerza de repetirse, la hipótesis empezaba a trabajar sola.
Un agente apareció en la puerta, apoyado en el marco oxidado. No entró del todo.
—Así que sois vosotros —dijo, casi sin voz. Se quedó un instante mirándolos, dejando que el reconocimiento hiciera el resto—. Arriba ya tenéis nombre. Aquí abajo, sitio. Id aprendiéndolo, txakurras .
Golpeó los barrotes con la porra. Un clac seco que viajó por el calabozo como una firma. Los miró con desprecio absoluto y añadió:
—Y cuidadito con abrir la boca. Todo entra en el atestado.
Luego se fue, dejándoles el eco.
Santiago apartó la vista de las rejillas. No había dormido. El cuerpo era un inventario: espalda rígida, sienes palpitando, manos frías. La condensación se le metía en los huesos como un segundo pulso.
Alberto estaba sentado en el banco, los codos en las rodillas, el rostro hundido entre las manos.
No hablaba. Pero el cuerpo le hacía una traición mínima: un temblor fino y constante en la muñeca derecha, como si aún le siguiera pasando por dentro la descarga del hierro.
Cuando intentó incorporarse, la pierna no le obedeció a la primera; tuvo que apoyarse en el borde del banco, ajustar el peso y volver a sentarse.
Santiago lo observó en silencio. Aquel temblor —tan pequeño— era lo único que aún no les habían impuesto desde fuera.
—Lo han conseguido… —susurró Alberto—. Han hecho que hasta el aire pese.
En el pasillo, unas voces conversaban con una alegría pequeña, casi doméstica, como quien comenta un partido ganado:
—Ya era hora de ver a la Guardia Civil en los calabozos —dijo una voz, baja, con gusto.
—Sin placa, sin coche y sin tricornio, se quedan en muy poca cosa —respondió otra.
—Que venga ahora el general Galindo a ayudarlos —remató la primera voz.
Alberto levantó por fin el rostro. Tenía los ojos rojos, no por llanto: por el insomnio y un dolor que ya no encontraba salida.
—Mi hijo… —murmuró—. Ezequiel. Se murió y yo… yo estaba en otra parte.
Le vino la casa de su hijo: la bolsa del hospital, la habitación que nadie se atrevía a tocar. Hasta el duelo se lo habían quitado de las manos .
—Lo sé —dijo únicamente Santiago.
La carcajada de un agente rebotó en las paredes. Sonaba a descanso de turno, a premio. Un golpe contra el muro la cortó, breve, como quien marca el final de una frase.
En la televisión, alguien opinaba en condicional: «se investiga», «podría», «todo apunta a que también está detrás la ayuda de grupos de extrema derecha…»
Santiago se imaginó lo que no veía: moqueta, café caliente, una mesa con papeles. Alguien cambiando una coma, bajando un adjetivo, dejando listo un párrafo. En algún documento ya habría quedado fijado lo esencial.
El calabozo no devolvía nada. Los rótulos y las frases del pasillo caían sobre ellos con la constancia de la humedad.
Santiago apoyó la palma en la pared. El cemento estaba helado; la humedad le subió por el brazo con una calma de cal. Sintió el impulso —casi profesional— de reconstruir la trampa, ordenar piezas, fijar tiempos. Se le apagó enseguida. Reconstruirlo no les abría la puerta.
En ese instante, una vibración mínima recorrió el suelo: un rumor sordo, de maquinaria en otra parte del edificio. Duró un parpadeo. Bastó para que el cuerpo recordara. Alberto levantó la cabeza y, por un segundo, sus miradas se cruzaron: estaban allí. Era todo.
—Ya está andando —susurró Alberto.
Santiago se incorporó despacio. Le dolían las rodillas como si hubiera corrido por terreno quebrado. Afuera el mundo seguía: coches, oficinas, niños camino del colegio. Y ellos quedaban fuera del turno.
Primero llegó un ertzaina con una carpeta estrecha bajo el brazo. No venía a entregar nada: se detuvo junto al control, consultó una hoja, levantó la vista hacia el fondo del pasillo y esperó.
Sólo entonces Santiago vio al fondo del pasillo a Goicoechea, detenido junto al control y hablando en voz baja con aquel agente.
El ertzaina de la carpeta asintió una vez, guardó la hoja sin acercarse al calabozo y se marchó por el corredor.
La escena duró apenas unos segundos, pero dejó algo fijado: allí nada nacía en el mostrador; bajaba ya resuelto.
Más tarde, ya a media mañana, apareció otro ertzaina distinto.
Éste sí se acercó a la ventanilla y les pasó un documento sin mirarlos: traslado .
Venía ya con destino, módulo carcelario y hora, con los huecos resueltos de antemano.
Santiago lo leyó y alzó la vista hacia el pasillo: un reloj redondo, alto, junto al fluorescente.
Volvió al papel. El sello marcaba una hora unos minutos por delante del reloj.
No sonaba a descuido. Sonaba a precisión adelantada.
Se tocó la muñeca vacía —donde antes había llevado el reloj— para comprobarlo en la piel.
Alberto lo vio y apretó los labios. Ninguno dijo nada.
No los movieron enseguida. Primero vino esa espera en la que el cuerpo entiende antes que la cabeza que ya no está en custodia, sino en tránsito.
Un ertzaina abrió, cerró, volvió a abrir; cambió una hoja de sitio sobre el mostrador y preguntó por un vehículo que todavía no había llegado. Todo parecía pequeño y provisional.
Antes del traslado, los pasaron por el juzgado de guardia.
Fue breve y casi sin cuerpo: un pasillo corto, una puerta entreabierta, el juez de guardia al otro lado de una mesa con papeles ya moviéndose por encima de ellos.
Argote no estaba. O no lo dejaron llegar a tiempo.
En su lugar apareció un abogado de oficio, con la toga doblada sobre el brazo y una carpeta que no había tenido tiempo de leer.
Hizo dos preguntas bajas, más por deber que por esperanza, y enseguida quedó fuera del centro de la escena.
Después los devolvieron al pasillo con la misma prisa con que los habían sacado.
El traslado llegó después, sin ceremonia. Carretera, puertas sucesivas, un portón corredero, órdenes dichas sin mirarlos. La custodia siguió siendo de la Ertzaintza hasta el final del trayecto.
A esa misma hora, el rótulo ya bajaba también a las casas: a las de Raquel, Carmen y David; al cuarto vacío de Ezequiel.
En la última parte del trayecto, cuando ya no quedaban ventanas y el furgón entró en un recinto de ecos huecos, a Alberto se le cerró el pecho.
Intentó disimularlo primero: enderezó la espalda, tragó una vez, buscó aire por la nariz.
No le entró. La mano derecha empezó a fallarle, torpe sobre la rodilla, y el sudor le subió frío por la nuca.
Santiago lo vio girar apenas la cabeza hacia la pared metálica, como si necesitara un punto fijo para no desfondarse.
No dijo su nombre. Le apoyó la mano en el antebrazo, firme y quieta, hasta que el aire volvió a entrar a tirones.
Alberto no habló. Sólo cerró los ojos un segundo, con la vergüenza quieta en la mandíbula.
Cuando el furgón se detuvo del todo y la última puerta metálica se cerró detrás de ellos, Santiago entendió que ya no estaban de paso. Allí cambiaron las manos: dejaron de ser ertzainas y pasaron a ser funcionarios de prisiones. Delante quedaba el tiempo.