Capítulo XXI La luz #2
Leo tenía dieciséis años cuando fue con ella a la residencia aquella tarde de diciembre.
Llevaba un anorak azul oscuro, demasiado fino para el frío que hacía, y una carpeta negra bajo el brazo.
No era el niño de las botas de agua ni el de los trenes de madera, aunque a Clara a veces le bastaba verlo inclinar la cabeza para encontrar algo de aquel niño en el gesto.
Tenía el pelo más largo de lo que ella habría elegido y las manos grandes, aún algo torpes, manchadas de grafito en los nudillos.
—Ese abrigo no abriga —dijo Clara desde la puerta de la cocina.
Leo miró la manga, como si el problema pudiera resolverse comprobando la tela.
—Está bien.
—No está bien. Hace tres grados.
—Mamá.
No discutieron más. Fueron en autobús. Leo se sentó junto a la ventanilla y dejó los auriculares puestos, aunque Clara sospechaba que no escuchaba música.
Miraba fuera con la cara quieta, una expresión ya casi adulta, y movía el pulgar sobre el canto de la carpeta, arriba y abajo, arriba y abajo.
Clara llevaba el bolso en las rodillas, las manos encima, un paquete de pañuelos, las llaves, la tarjeta de transporte.
Contó tres paradas antes de darse cuenta de que estaba contando.
Bajaron dos antes de la residencia porque Clara prefería caminar el último tramo. Había hojas negras pegadas a la acera y el aire estaba frío, de ese frío limpio que corta un poco al respirar.
—¿Hoy está despierto? —preguntó Leo. No se quitó los auriculares. Solo bajó un poco el volumen.
—Esta mañana me dijeron que sí.
Caminaron unos metros más. Un coche pasó despacio por una calle lateral. Alguien cerró una persiana en un bajo.
—¿Y sabe que vamos?
Clara miró el semáforo, todavía en rojo.
—No lo sé.
Leo asintió.
—¿Pero a veces parece que sí?
—A veces.
La luz cambió. Cruzaron.
—Vale —dijo él.
En recepción los saludó la auxiliar de los miércoles, una mujer de manos pequeñas y rápidas que siempre hablaba bajo, incluso cuando había ruido.
Le sonrió a Leo sin exagerar. Quizá lo recordaba de otras visitas, de cuando aún era más bajo que Clara, de cuando llevaba dibujos doblados en los bolsillos.
—Está en la sala —dijo—. Hoy ha comido bastante. Clara agradeció la información con un gesto.
Leo bajó la vista hacia la carpeta. La sala era la de siempre.
Olía a calefacción alta, a tela lavada muchas veces y a desinfectante.
El ventanal daba al patio interior. Las dos plantas seguían allí, una más torcida que la otra.
En una esquina sonaba una radio tan baja que no se distinguía la canción, solo una melodía intermitente, tapada a ratos por pasos en el pasillo.
David estaba ya junto a la mesa. Llevaba una camisa gris y un jersey fino color carbón.
El pelo se le había vuelto blanco en las sienes y más claro en la frente.
Tenía las manos apoyadas sobre el regazo, una encima de la otra, con los dedos algo curvados.
La silla de ruedas estaba colocada de cara al ventanal, pero no parecía mirar fuera.
O no solo fuera. Clara se quitó el abrigo y lo dobló sobre el respaldo de una silla.
Leo permaneció de pie unos segundos más, con la carpeta apretada contra el costado. Luego se sentó, sin quitarse el anorak.
—Hola, David —dijo Clara.
David tardó en mover los ojos hacia ella.
La mirada llegaba con retraso, pero llegaba; no siempre se quedaba, no siempre parecía sostener la misma cosa durante más de unos segundos, aunque en algunos días había un punto de atención que la mantenía allí, sentada, hablando de lo que hubiera pasado esa semana.
Leo se quitó por fin los auriculares. Los dejó alrededor del cuello. Clara apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—El martes se me cayó el teléfono por las escaleras —dijo—. Bajaba con demasiadas cosas en la mano. Hizo un ruido horrible.
David la miraba.
—Se rompió la pantalla. La carcasa saltó por un lado. Yo me quedé allí parada, mirando los trozos. Sonrió apenas, con cansancio. —Leo lo recogió y me dijo que era solo un teléfono.
Leo bajó la vista.
—Era solo un teléfono —murmuró.
—Sí —dijo Clara—. Tenías razón.
La radio siguió sonando en la esquina, tapada por un carrito que pasó por el pasillo.
—Me acordé de ti —añadió ella. No explicó de qué parte.
No dijo del golpe, de la caída, de mirar después qué se había roto, de seguir usando algo con la pantalla rajada porque todavía funcionaba.
Lo dejó ahí. David no apartó la mirada, aunque Clara no habría sabido decir si la frase había entrado en él o solo había rozado la superficie. Habló un rato más.
Le contó que Leo estaba en bachillerato, que dibujaba cada vez mejor, aunque fingía que no le importaba, que Tomás ya no podía podar sin que Irene se enfadara y que Irene seguía haciendo galletas con moldes que nunca conservaban la forma al salir del horno.
Que en casa habían cambiado la mesa de la cocina porque una pieza de dentro se había partido, después de años de avisar.
Leo escuchaba sin levantar mucho la cabeza. A veces añadía una precisión.
—No era una pieza de dentro. Era el soporte lateral.
—Eso —dijo Clara—. El soporte lateral.
Durante unos minutos pareció una visita cualquiera.
Una de esas visitas raras y tranquilas que, repetidas durante años, habían terminado por encontrar sus propias normas: contar lo pequeño, no esperar respuesta, dejar espacios, volver a contar.
Clara había notado que había días en los que decir demasiado cansaba a David, o la cansaba a ella.
Otros días, en cambio, el silencio hacía la sala más grande de la cuenta. Aquel día siguió hablando.
—Estoy conociendo a alguien desde hace un tiempo —dijo. No miró a Leo al decirlo. Tampoco bajó la voz. —He tardado en decírtelo y espero no hacerte daño, pero necesitaba hacerlo. No puedo seguir viniendo si hay cosas que no te cuento.
David seguía mirándola, inmóvil. La mano derecha descansaba sobre la izquierda.
En la muñeca se le marcaba una vena azulada, fina.
Clara se fijó en eso, en la piel, en la manga del jersey un poco torcida, en una pelusa oscura sobre el puño.
Durante un segundo estuvo a punto de retirarla. No lo hizo.
Leo abrió entonces la carpeta. Sacó una hoja gruesa, de papel ligeramente amarillento.
No estaba doblada. La había protegido entre dos cartones finos, sujetos con una pinza metálica.
Clara no la había visto antes, aunque reconoció algo en la composición apenas Leo la giró hacia la luz.
Dos figuras. Una grande y una pequeña, sentadas de espaldas.
No había rostros. Solo hombros, una mesa, la sugerencia de una ventana delante.
Arriba, donde en los dibujos de niño Leo ponía una raya de sol o una lámpara, había ahora una franja blanca sin sombrear, dejada limpia entre el grafito.
Lo tuvo un momento entre los dedos, como si valorara si ya era demasiado mayor para aquello o si justamente por eso no debía dejar de hacerlo.
Colocó la hoja sobre la mesa, entre David y ellos.
—Lo hice ayer —dijo. Su voz había salido más baja de lo habitual. No sonaba infantil. Tampoco adulta del todo.
Clara miró el dibujo y después miró a su hijo.
Había algo del niño antiguo en aquella escena, pero ya no era el mismo gesto.
Leo no estaba entregando una promesa simple ni un dibujo para que no doliera.
Estaba dejando allí una versión de algo que había seguido dentro de él más años de los que nadie había sabido contar.
—Por si lo quieres —dijo. Esta vez tampoco dijo papá. Clara sintió la ausencia de la palabra, pero no la empujó hacia ningún sitio.
Leo tenía dieciséis años, grafito en los dedos, los auriculares contra el pecho y una manera nueva de sostener el cuerpo cuando algo le importaba demasiado.
David bajó la vista al papel. La sala siguió igual: la radio baja, el ventanal, las plantas, un timbre remoto en alguna habitación.
Durante unos segundos no ocurrió nada que pudiera contarse.
Luego Clara vio un cambio mínimo en la cara de David, alrededor de la boca, casi una tensión.
Tal vez no. Tal vez era la luz o el esfuerzo de mirar hacia abajo.
Leo también lo vio, o creyó verlo, porque se enderezó apenas.
Ninguno dijo nada. Se quedaron un poco más. Después Leo se levantó primero. Lo hizo despacio, pero con una rigidez que Clara conocía bien. Guardó la carpeta ya vacía bajo el brazo. Clara recogió el bolso y se puso de pie. Se inclinó hacia David y le tocó el antebrazo por encima de la manga.
—Volveré el miércoles —dijo. La mano de David no se movió. Leo ya estaba junto a la puerta. Se había puesto un auricular y sostenía el otro entre los dedos, sin decidirse a colocárselo. Esperó mientras Clara cogía el abrigo del respaldo.
Salieron al pasillo. La auxiliar entró unos minutos después para llevar a David a su habitación. Desde el umbral vio la silla junto a la mesa, el ventanal, las plantas, la hoja abierta. Se acercó primero a recoger una manta que había quedado sobre otra silla. Luego miró el reloj de pared.
Sobre la mesa seguía el dibujo de Leo. David tenía las manos en el regazo.
La derecha se movió. Fue poco. Un desplazamiento leve de los dedos, sin fuerza para levantar la mano, sin dirección suficiente para alcanzar el papel.
Un gesto que habría podido confundirse con un reflejo, con un resto muscular, con una descarga pequeña de un cuerpo que llevaba años obedeciendo mal.
La auxiliar no lo vio.
Estaba de espaldas, doblando la manta. Fuera, en la parada, Leo se puso el segundo auricular justo cuando el autobús asomó al final de la calle. La música se escapaba apenas, una línea aguda y débil que Clara oyó al inclinarse él hacia ella.
—Viene ya —dijo.
Clara levantó la vista.
Dentro, en la sala, el dibujo permanecía abierto sobre la mesa.
FIN