Capítulo XV El cuidado #3
Clara miró hacia la puerta cerrada del estudio. Desde la cocina llegaba la voz de Leo diciendo algo sobre los cereales.
—Bien. Quería pedirte una cosa.
—Dime.
—¿Leo podría pasar el fin de semana con vosotros? David tiene algunas revisiones que van a ser cansadas y yo tengo cosas que organizar. Creo que Leo estaría mejor con vosotros que aquí con tanto cambio de horarios.
La explicación era razonable. También era incompleta. Clara oyó las dos capas en su propia voz y supo que Irene las había oído también.
—Por supuesto —dijo Irene—. A Tomás le va a encantar. Tiene planeado hacer pan, así que ya tiene ayudante.
—Después de comer podría llevarlo.
—Tráelo cuando quieras.
Irene no colgó enseguida.
—¿Clara?
—Sí.
—No hace falta que me lo expliques ahora.
Clara cerró los ojos.
—Gracias.
—Tráelo con el oso, por si acaso. La otra vez lo echó de menos.
—Sí. Lo llevaré.
Colgó.
Durante un momento se quedó con el teléfono en la mano, de pie en el estudio.
En el archivador estaba el sobre, dentro de la carpeta de la comunidad.
En el cajón estaba el cuaderno. En su móvil, la foto de la placa.
Nada de eso se movió. Sin embargo, algo acababa de desplazarse con una claridad casi física: Leo dormiría fuera de casa, Clara dormiría bajo el mismo techo que David, y esa separación no era una visita ni una comodidad.
Era una línea trazada con una explicación aceptable encima.
Desde el baño llegó el sonido del agua cerrándose.
Desde la cocina, la voz de Leo subió con indignación.
—¡Mamá!
Clara guardó el móvil y fue hacia él.
—¿Qué pasa?
Leo estaba inclinado sobre el tazón con una cuchara en la mano, concentrado en una injusticia privada.
—No hay suficientes naranjas.
—Los cereales vienen mezclados. No se puede controlar cuántos salen de cada color.
Leo frunció el ceño.
—El que los hace sí puede.
—Puedo escribirle una carta.
Leo la miró para calcular si se estaba burlando.
—¿Lo harías?
—Claro.
—Ponle que también faltan verdes. Pero menos que naranjas.
—Lo especificaré.
Leo asintió, satisfecho con la seriedad del trámite, y volvió al tazón.
David entró en la cocina con el pelo húmedo y una camiseta limpia. La ducha le había dejado la cara un poco más despierta, aunque los ojos conservaban el cansancio de la noche. Miró a Clara, después a Leo, y luego otra vez a Clara. No preguntó por la llamada. Tal vez no la había oído. Tal vez sí.
—Hay un problema de representación cromática —dijo Clara.
David se sentó frente a Leo.
—Eso es grave.
—Faltan naranjas —explicó Leo—. Y verdes, pero menos.
—Entonces habrá que escribir una carta muy seria.
—Mamá ya dijo que sí.
—Mamá escribe bien las cosas serias.
La frase cayó en la mesa con una suavidad que solo Clara pudo oír de otra manera. David bajó la vista al tazón de Leo y removió algunos cereales con la cuchara.
—Mira —dijo—. Hay uno naranja escondido debajo.
Leo lo examinó.
—Ese cuenta.
Clara sirvió café. La mañana siguió con una normalidad casi perfecta: el tazón, la cuchara, el pelo húmedo de David, la luz entrando por la ventana, Leo reclamando justicia estadística para los colores.
—Esta tarde vas a casa de los abuelos —dijo Clara, cuando Leo ya había aceptado la existencia del cereal naranja oculto.
Leo levantó la cabeza.
—¿A hacer pan?
—Sí.
—¿Duermo allí?
Clara notó la mirada de David antes de contestar.
—Sí. Todo el fin de semana.
Leo abrió mucho los ojos con una alegría inmediata ajena por completo a las medidas de protección.
—¿Puedo llevar el oso?
—Claro.
—¿Y el tren?
—El tren de los abuelos ya está allí —dijo David.
Leo sonrió.
—Es verdad.
David miró a Clara. Había dolor en su cara, pero lo sostuvo con una dignidad discreta, sin convertirlo en deuda para ella. Luego volvió hacia Leo.
—Tendrás que ayudar al abuelo con la masa. A veces se le olvida que eres el jefe.
—Yo soy el jefe del pan —dijo Leo.
—Exacto.
Clara bebió el café. Estaba demasiado caliente y le quemó un poco la lengua, pero no lo apartó enseguida.
En la mesa estaban los cereales de colores.
En el estudio, el cuaderno con una frase que ya no podía borrarse.
En el archivador, el sobre. En la cocina, David ayudaba a Leo a encontrar otro cereal naranja, y Leo reía como si el mundo todavía fuera un lugar que podía corregirse escribiendo una carta.
Clara miró a los dos.
No se había producido ninguna catástrofe visible. Nadie había levantado la voz. Nada se había roto sobre el suelo. Pero Leo iba a dormir fuera de casa, y David lo sabía, e Irene lo había entendido sin exigir explicación.
Eso era lo que había cambiado de sitio.
La casa seguía llena de sus objetos habituales, pero el centro ya no estaba donde había estado la mañana anterior. Había pasado del miedo a David a la protección de Leo. Y, una vez movido, Clara supo que no iba a volver solo porque el día pareciera normal.
Leo encontró otro cereal naranja y lo levantó en la cuchara como una prueba.
—Este también cuenta.
—Cuenta —dijo Clara.
David asintió.
—Todo cuenta —dijo él.
Nadie añadió nada.
La mañana continuó.