Capítulo XV El cuidado #2
La pregunta no salió limpia del todo. Hubo una aspereza en la voz, un roce que él no consiguió ocultar. Clara agradeció esa grieta. Le habría resultado insoportable que David aceptara demasiado deprisa la posibilidad de ser separado de su hijo por precaución.
—No sé si debería —dijo—. Sé que he empezado a pensarlo.
—¿Y pensar eso te hace sentir culpable?
—Me hace sentir muchas cosas.
—A mí también.
La respuesta la sorprendió.
David apoyó la espalda en el cabecero y cerró los ojos un instante. Cuando volvió a abrirlos, había en su cara una tristeza sobria, sin petición de consuelo.
—Hoy, cuando estabas en el estudio, yo sabía que escuchabas. Y una parte de mí quería que dejaras de hacerlo. Quería que confiaras en mí sin condiciones, como antes. Otra parte pensó que, si yo estuviera en tu lugar, probablemente habría estado en la puerta.
Clara sintió que la frase se le hundía despacio.
—No quiero castigarte.
—Ya lo sé.
—No quiero convertir la casa en una vigilancia.
—Clara.
La dijo con suavidad, pero la interrumpió.
—La casa ya cambió.
Ninguno de los dos apartó la mirada.
Al fondo del pasillo se oyó a Leo moverse en la cama. Un golpe leve contra la pared, el roce del edredón. Los dos giraron la cabeza a la vez. Esperaron. No volvió a sonar nada. Leo siguió dormido.
Ese reflejo compartido fue peor que la conversación. Clara lo supo y supo que David también lo había sabido: ya no escuchaban el pasillo como padres corrientes. Lo escuchaban como dos adultos que calculaban, en silencio, cuánto tardarían en llegar si algo cambiaba.
—¿Tienes miedo de que le haga daño? —preguntó David.
La pregunta quedó en la habitación sin elevarse, sin dramatismo. Solo trasmitía cansancio y una necesidad honesta de saber hasta dónde había llegado ella.
Clara respondió despacio, eligiendo una verdad que no lo destruyera por piedad ni lo protegiera a costa de Leo.
—No creo que tú quieras hacerle daño. No lo creo ni por un segundo. Pero hay momentos en los que no sé quién decide dentro de ti, ni cuánto tardas en volver a estar entero. Y Leo no puede ser el que pague el tiempo que tardemos en entenderlo.
David cerró los ojos.
Esta vez sí hubo dolor visible. No grande. No teatral. Una contracción breve de la boca, los dedos cerrándose sobre la sábana, la respiración contenida un instante más de lo normal.
—Eso es justo —dijo al fin.
—No sé si es justo.
—Es verdad.
Clara sintió ganas de tocarlo. No lo hizo. A veces el gesto de consuelo podía funcionar como una absolución que ninguno de los dos estaba en condiciones de dar ni recibir.
—Mis padres lo cuidarían bien —dijo David.
—Lo sé.
—Y no preguntarían demasiado.
—También lo sé.
—Pero preguntarían algo.
Clara asintió.
—Irene ya sabe cuándo una pregunta puede esperar.
David bajó la mirada con una especie de sonrisa rota.
—Mi madre sabe demasiadas cosas.
—Sí.
La pequeña sombra de sonrisa desapareció.
—Si lo llevas, no le digas que es por mí.
—No voy a decirle eso.
—Pero lo será.
Clara mantuvo la voz firme.
—Será por Leo.
David recibió la corrección como si le hubiera dolido y ayudado a la vez.
—De acuerdo —dijo.
Después apagaron las lámparas.
La oscuridad no cerró la conversación; solo la dejó sin rostros.
David tardó más de lo habitual en dormirse.
Clara lo notó en la respiración irregular, en el pequeño cambio de postura, en la manera en que el colchón cedía y volvía a estabilizarse.
Ella permaneció despierta mirando hacia la línea de luz bajo la puerta.
Pensó en Leo al final del pasillo, con el oso junto a la almohada y una pierna probablemente fuera del edredón. Pensó en la mano pequeña sobre el hombro de David aquella mañana, en la confianza absoluta con que un niño se apoya en quien cree que lo sostiene.
No pasó nada, se dijo.
La frase no alcanzó a tranquilizarla.
El viernes por la mañana, mientras David estaba en la ducha y Leo desayunaba en la cocina, Clara fue al estudio.
Sacó el cuaderno.
La página nueva le pareció demasiado blanca. Escribió la fecha y, debajo, con letra más pequeña de lo normal:
Jueves. Leo con David toda la mañana.
Normal.
Yo escuchaba.
Se quedó mirando esas tres líneas. Luego añadió:
Que no pasara nada ya no basta.
Cerró el cuaderno, pero dejó la mano sobre la tapa unos segundos.
No había escrito un hecho externo. Había escrito una decisión todavía sin forma completa.
Eso la impresionó más que las direcciones, los recibos o las fotografías.
Aquello no podía atribuirse a Delbran ni a Reyes ni a los registros. Era suyo.
Tomó el teléfono.
Podía haber llamado a Sara, que habría dicho veníos unos días a Bilbao sin entender de verdad qué estaba ofreciendo.
Podía haber llamado a su madre, que habría escuchado desde Panamá con esa distancia correcta y algo fría que convertía cualquier tragedia en asunto administrable.
Llamó a Irene porque Irene sabía hacer una cosa que Clara necesitaba desesperadamente: convertir el miedo en una cama preparada, una merienda, una bolsa con ropa limpia, una tarde de pan con Tomás.
Irene respondió al segundo tono.
—Clara.
—Hola, Irene. ¿Cómo estás?
—Bien. ¿Y vosotros?