Capítulo XI La confesión
Fue una noche sin pretexto.
Esa semana no había traído ninguna ausencia nueva, ningún hallazgo en un bolsillo, ninguna llamada que colgara demasiado pronto.
Fueron días de superficie casi tranquila: David en sus sesiones, Leo en el jardín de infancia, la casa funcionando con esa mecánica frágil que Clara había decidido no nombrar para no romperla.
El miércoles Lucía llamó para confirmar la cita de la semana siguiente.
El jueves Reyes envió un mensaje breve sobre los parámetros del dispositivo, sin alarma visible.
El viernes fue día de compra, de tortilla y de Leo declarando que quería aprender a montar en bici, pero solo si la bici era roja.
Una noche de esas. Sin pretexto.
Y, aun así.
Leo llevaba dormido desde las nueve. La casa tenía esa quietud de las noches de semana que Clara ya no recibía como simple quietud: era una escucha sostenida, una atención baja y persistente, parecida al zumbido de un aparato que no se apaga del todo.
David estaba en el sofá con el libro que llevaba semanas leyendo, avanzando despacio, con esa concentración nueva que tenía algo de rehabilitación silenciosa.
Clara ocupaba la silla junto a la ventana con su propio libro, que tampoco estaba leyendo.
El silencio entre ellos empezó a pedir una frase.
La puso David.
—Hay una cosa que no te he dicho —dijo.
No sonó a apertura dramática ni a confesión preparada. Lo dijo con la voz baja de las noches, después de un largo rodeo interior, simplemente porque la frase ya no cabía dentro.
Clara dejó el libro sobre el regazo.
—¿Qué? —dijo.
David tenía el libro cerrado sobre las rodillas. Miraba el punto medio del salón, ese lugar indefinido donde la vista va cuando la mente está en otro sitio, y luego se giró hacia ella con esa atención real, sin latencia, que seguía siendo reconociblemente suya.
—La semana antes de la última vez —dijo—. Antes de desaparecer. Hubo algo.
—¿Qué tipo de algo?
La respuesta tardó en llegar.
—Un sueño —dijo. Y luego—: O algo que se parecía a un sueño, pero estaba despierto.
Era de noche, no me había dormido todavía, y hubo un momento en que...
—Buscó la palabra con cuidado, con ese cuidado que ponía en las cosas que le costaban— en que algo se organizó.
Dentro de mí. Las piezas encajaron sin que yo las moviera.
Clara esperó.
—No fue malo —dijo David—. Eso es lo que más me cuesta decir. No fue angustioso ni doloroso; sentí que algo dentro de mí encontraba un orden. Un orden que yo no había elegido, pero que tampoco rechacé. —Se detuvo un momento—. Luego me dormí. Y luego estaba en el taxi.
—¿Recuerdas algo entre las dos cosas?
—Fragmentos —dijo—. Ya te lo dije. La carretera, los fluorescentes, el frío. Una mano que no sé si era la mía.
—¿Qué mano?
David frunció el entrecejo ligeramente.
—No era una mano que me amenazara —dijo—. Estaba allí, sin más. Un detalle de fondo, de esos que en los sueños no tienen función y aun así permanecen. —Se quedó un momento en silencio—. Una mano sobre una superficie. Una mesa, quizás. O algo frío. Metal, quizás.
Clara lo escuchó sin moverse.
Metal frío. Una mano. Fluorescentes.
—¿Por qué no me lo dijiste antes? —preguntó.
—Porque no sabía si era un recuerdo o algo inventado para poder darte algo —dijo David.
La honestidad de eso era completa, sin capa de gestión—.
Cuando intento recordar esos períodos, no sé si aparece lo que ocurrió o lo que mi cerebro construye porque necesita rellenarlo.
Reyes me habló de eso. La memoria reconstruye.
Los huecos los rellena con lo que tiene más cerca.
—¿Se lo has dicho a Reyes?
—Lo de la mano, no. —Se detuvo un momento—. Lo de la sensación de orden, sí. Con otras palabras.
—¿Qué te dijo?
David tardó.
—Que era consistente con el tipo de actividad que estaban viendo en los registros —dijo—. No me explicó qué tipo de actividad.
Clara asintió. Detrás de todo lo que estaba escuchando, una parte de ella tomaba nota: la mano sobre una superficie fría; el hombre de la noticia, encontrado inconsciente en Rascanya, con lesiones en el antebrazo.
Las dos imágenes aún no formaban una figura completa, pero se acercaban con la lentitud de las cosas que uno ya no puede separar del todo.
No lo dijo.
—¿Tienes miedo? —preguntó.
—Sí —dijo David. Igual que la vez anterior. La misma honestidad sin bordes—. Pero no es el tipo de miedo con el que pueda hacer algo. Tengo miedo de una parte de mí a la que no tengo acceso. Miedo de mi propio sótano, sin poder abrir la puerta.
Clara cerró los ojos un momento.
Pensó en el apéndice D. En el índice de disociación funcional . En lenguaje que puede significar muchas cosas o una sola. Pensó en Ana Brun y en la forma en que había dicho no me llame más con la voz de alguien que ha tomado esa decisión antes.
Había aprendido desde muy pequeña que la catástrofe no llega con música.
Llega con un hombre en la puerta, con una cara que cambia para siempre y después con el silencio largo de los trámites, el silencio más cruel porque tiene formularios.
Clara llevaba eso en el cuerpo, con la forma del primer miedo, sin poder sacárselo del todo ni querer nombrarlo demasiado.
Abrió los ojos.
—¿Y qué quieres hacer? —preguntó, como la vez anterior.
—Lo mismo —dijo David—. Seguir aquí. —Y luego, con algo más difícil de formular—: Pero necesito que sepas que no sé hasta dónde llego yo. No sé dónde estoy cuando no estoy. Y eso me da miedo de una manera que todavía no tiene forma.
—¿De nosotros?
David la miró.
—De mí —dijo—. Me da miedo de mí.
Estuvieron un rato en silencio después de eso.
No era el silencio incómodo de una conversación que ha ido demasiado lejos. Era el de dos personas que llegan a un borde y se quedan allí, sin cruzarlo todavía, porque cruzarlo exigiría un idioma que ninguno de los dos tiene.
David fue el primero en levantarse. Dijo que estaba cansado, que la semana había pesado, y lo dijo sin que sonara a huida: era simplemente verdad, el cansancio de la semana era real y visible en su cuerpo. Se fue a la cama.
Clara se quedó en la silla junto a la ventana.
Escuchó sus pasos en la escalera, la puerta del dormitorio cerrándose con suavidad y, unos minutos después, el silencio que significaba que ya se había dormido, con esa eficiencia rápida que seguía siendo una de las cosas que ella no podía leer del todo.
Se quedó en la silla hasta las doce.
Luego fue a la cocina y se quedó de pie junto al fregadero, con el grifo cerrado, las manos apoyadas en el borde de la encimera y la cabeza agachada, mirando el metal.
Pensó en no sé hasta dónde llego yo .
Pensó en la mano sobre una superficie fría.
Pensó que David lo había dicho de verdad, con miedo verdadero, y que precisamente eso hacía insoportable todo lo demás: no solo la posibilidad de que algo en él hiciera cosas que él no recordaba, sino que él lo supiera de una forma fragmentaria, sin nombre, y tuviera también que cargar con ese saber.
Que no fuera solo un instrumento.
Que también fuera un testigo parcial.
Llegó al dormitorio a la una y media. La respiración de David era regular. Se tumbó en el borde de su lado, como la primera noche, con la mano a dos centímetros de la de él.
Esta vez tampoco llegó a tocarlo.
Esa noche no abrió el cuaderno.
No por falta de materia. Lo que había que escribir todavía no tenía la forma necesaria para entrar en una frase.