Laguna (Tríptico Delbran 1) Capítulo I El despertar #2
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Capítulo I El despertar #2

David cerró los ojos un momento. Los volvió a abrir.

Su cara expresaba algo que ella hubiera querido poder leer como comprensión, como el inicio razonable del dolor de entender lo que significa mucho tiempo ; pero lo que encontró fue más difícil de descifrar: una quietud.

Una calma que en otro contexto podría haberse llamado aceptación y que, en ese contexto, en ese momento tan delicado y tan preciso, tuvo una apariencia ligeramente diferente.

Prefirió atribuirlo a la medicación, a la desorientación, a todo lo que en ese momento permitía una explicación razonable.

Los padres de David vinieron ese mismo día.

Tomás entró primero, como era su costumbre, con el orden convertido en una forma de protección.

Se detuvo en el umbral de la puerta con la mano todavía en el pomo y miró a su hijo en la cama y Clara vio algo ocurrir en su cara que Tomás Torres jamás habría descrito con palabras porque Tomás Torres no tenía palabras para eso.

Luego cruzó la habitación y le puso la mano en el brazo a David —no un abrazo, Tomás no hacía esas cosas con facilidad, pero la mano en el brazo fue larga y firme y cargada de todo lo que no podía decirse— y dijo:

—Aquí estoy.

David lo miró. Tardó un momento. Y luego dijo:

—Papá. Tienes el pelo blanco.

Tomás soltó una exhalación breve que era su versión de una carcajada.

—Tú tienes la culpa —dijo.

Irene no esperó. Nunca lo hacía cuando había algo que necesitaba hacer: se acercó a la cama, tomó la cabeza de David entre las manos, con esa intimidad de madre que no pide permiso, lo besó en la frente y se quedó así un momento, con la frente apoyada en la suya, respirando.

David levantó una mano —despacio, con ese esfuerzo todavía visible en cada movimiento— y la posó sobre la de ella.

Clara tuvo que mirar hacia otro lado.

Leo llegó cuatro días después.

La psicóloga del hospital había recomendado no precipitarlo.

Le habían explicado a Leo, con las palabras adecuadas para un niño de casi cuatro años, que su papá había estado muy dormido y que ahora estaba despertando, que iba a verlo, pero que papá estaba todavía cansado y que había que ser suave.

Leo había escuchado todo eso con la seriedad típica de los niños pequeños ante las cosas que no entienden del todo, pero que notan que son importantes.

Llegó de la mano de Irene con su anorak azul y las botas de agua que llevaba puestas, aunque no había llovido, porque se las había puesto él solo esa mañana y nadie había tenido energía para pelear.

Llevaba también, en la otra mano, su animal de peluche —un oso sin nombre al que simplemente llamaba Oso, con la economía nominal de los niños pequeños— y lo apretaba con la fuerza de quien lleva algo valioso a un sitio desconocido.

David estaba incorporado en la cama, con la cabecera levantada.

Cuando vio entrar a Leo se quedó muy quieto.

Clara lo observó desde su posición, junto a la ventana, con los brazos cruzados sobre el pecho y las uñas clavadas sin querer en sus propias muñecas. Llevaba días preparándose para ese momento y no estaba preparada en absoluto.

Leo se detuvo a mitad de la habitación.

Los miró —a su padre, a la habitación, a los monitores, al Oso en su propia mano— y luego volvió a mirar a David.

—Hola —dijo Leo.

La voz de David cuando respondió fue diferente a cualquier otra cosa que Clara hubiera escuchado en esos días de regreso: más blanda, más lenta, como alguien que está siendo muy cuidadoso con algo frágil.

—Hola —dijo.

Leo dio tres pasos más hacia la cama, se detuvo, evaluó la distancia.

—¿Te duele? —preguntó, señalando los tubos con un gesto impreciso de su mano libre.

—Un poco —dijo David—. Ya no mucho.

Leo procesó eso. Miró el Oso. Luego, con una decisión que parecía llevar un rato tomándose, se acercó al lado de la cama y puso el Oso sobre la colcha, junto a la mano de David.

—Para que no te duela —dijo.

Entonces Clara vio llorar a su marido por primera vez desde el despertar.

No fue un llanto desbordado: los ojos de David se llenaron de agua, dos lágrimas bajaron por el lado derecho de su cara y él no hizo nada por detenerlas.

Clara pensó que eso era lo más parecido que había visto en esos días al hombre que había conocido, al hombre que se había casado con ella y lloraba con las películas y no podía escuchar ciertas canciones sin que le cambiara la voz.

—Gracias —dijo David. Y extendió la mano y la posó sobre la cabeza de Leo con esa precaución de quien toca algo que podría desaparecer.

Leo se quedó quieto debajo de la mano. No se fue.

Clara miró a Tomás, que miraba a su nieto y a su hijo con la cara convertida en algo que ella no supo describir. Irene tenía los ojos cerrados.

Durante un rato, el único sonido fue el de los monitores.

Más tarde, cuando los abuelos se habían llevado a Leo a cenar y la habitación había vuelto a su quietud, Clara se quedó sola con David en esa hora extraña del final de la tarde en que la luz del hospital se vuelve más amarilla y más cansada.

David llevaba un rato callado, mirando hacia la ventana, y Clara estaba leyendo —realmente leyendo, por primera vez en semanas— cuando él habló.

—¿Cuánto tiempo exactamente?

Ella bajó el libro.

—Tres años —dijo—. Tres años y cuatro meses.

David siguió mirando la ventana. Clara lo observó, esperando dolor, desorientación, la sacudida razonable de alguien que acaba de entender que ha perdido tres años y cuatro meses de su vida, de la vida de su hijo, de todo.

Encontró de nuevo aquella quietud: no indiferencia ni bloqueo visible, sino algo más fino, la imagen de alguien que recibía una información enorme y la almacenaba con una eficiencia que no terminaba de parecer humana.

Duró un segundo. Luego David giró la cabeza hacia ella y algo reconocible volvió a sus ojos, una ternura que Clara conocía de antes, y dijo:

—Lo siento.

—¿Tú lo sientes? —dijo ella, y la voz le salió más quebrada de lo que quería.

—Por el tiempo que perdiste tú.

Clara cerró el libro, fue hasta la cama y se sentó en el borde. Él le tomó la mano. Ella apoyó la cabeza en su hombro, con cuidado de no mover los tubos, y así estuvieron mientras la luz del hospital seguía amarilla, cansada, igual a la de siempre.

Por primera vez en tres años y cuatro meses, Clara no supo qué hacer con la esperanza: la tenía de verdad entre las manos, y descubrió que la esperanza real era mucho más difícil de sostener que la abstracta.

Escuchó la respiración de David. Contó, como había hecho siempre, los latidos que el monitor traducía en números verdes.

Estaba pensando en eso, en los números, en la regularidad de ellos, cuando notó que David había girado la cabeza ligeramente y estaba mirando hacia la puerta de la habitación.

La puerta estaba cerrada. No había nadie.

—¿Qué miras? —preguntó ella, en voz baja.

Tardó apenas un instante.

—Nada —dijo David—. Nada concreto.

Volvió a mirarla y sonrió. Era su sonrisa. Clara decidió que había sido simplemente eso: nada concreto, la desorientación de quien regresa, el ruido de fondo de un cerebro que todavía se está encendiendo.

Apoyó la cabeza de nuevo en su hombro.

Fuera, en el pasillo, la rueda chirriante del carro de enfermería pasó una vez, y luego otra, y el monitor siguió contando.