Laguna (Tríptico Delbran 1) Capítulo I El despertar
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Laguna (Tríptico Delbran 1)

Laguna (Tríptico Delbran 1)

Por C. M. Casimiro

© inepub.com

Capítulo I El despertar

Clara ya podía reconocer los sonidos del hospital por turnos.

El turno de noche tenía su propio vocabulario: pasos más lentos en el pasillo, el carro de enfermería con la rueda que chirriaba levemente cada tercera vuelta, el cambio en la cadencia de los monitores cuando alguien ajustaba la medicación de la habitación del fondo.

Llevaba más de tres años durmiendo en esa silla —no de forma consecutiva, pero con la frecuencia suficiente como para que su cuerpo se hubiera acomodado a su incomodidad particular— y sabía cuándo era la una de la madrugada y cuándo eran las cuatro sin necesidad de mirar el reloj.

Esa noche era la una.

Leo dormía en casa de los abuelos. Irene había insistido con esa gentileza de madre que no admite negociación, y Clara había cedido porque Leo llevaba toda la semana con la nariz moqueando y necesitaba una cama de verdad, no un catre plegable, y porque Clara necesitaba, sin poder confesarlo en voz alta, una noche sin tener que ser madre y esposa y vigilante y esperanza y todo lo demás al mismo tiempo.

Así que estaba sola con David.

Lo que quedaba de David , decía a veces la parte de ella que se había adaptado a ser brutal consigo misma como mecanismo de supervivencia. Pero esa noche no lo decía. Esa noche estaba demasiado cansada incluso para el cinismo privado.

Había traído un libro —el mismo libro que llevaba seis semanas en su bolso, con el marcapáginas clavado siempre en la misma posición— y lo tenía abierto sobre el regazo sin leerlo.

La luz de lectura era la única iluminación de la habitación aparte del resplandor verdoso de los monitores.

David estaba como siempre: la cabeza ligeramente ladeada, los ojos cerrados, la respiración que iba y venía con esa regularidad que ya no le parecía milagrosa sino simplemente mecánica.

Tenía más barba de la que había tenido nunca.

El equipo de enfermería se la recortaba cada pocas semanas, pero siempre había un período en que crecía densa y oscura, y Clara pensaba que era la única parte de él que todavía tenía prisa en algo.

El accidente no había sido imprudencia ni velocidad. En aquel momento llevaba ocho años en la policía local, iba de servicio, de noche, con lluvia, y la moto había resbalado en una rotonda cuando todavía llevaba el uniforme debajo del impermeable.

La estimulación cerebral profunda llevaba dieciséis semanas activa.

La doctora Reyes había sido precisa y prudente: electrodos en el núcleo centromedial del tálamo, generadores bajo la clavícula, estimulación calibrada para reforzar redes talamocorticales dañadas.

En algunos pacientes, había dicho, aquello podía favorecer señales de activación en estados de consciencia mínima.

En algunos. No prometía un regreso: tal vez una mejora en el EEG, alguna respuesta motora, seguimiento visual. O nada.

Tomás había escuchado todo eso con la mandíbula apretada y los ojos fijos en algún punto por encima de la cabeza de la doctora Reyes, que era su forma de escuchar cosas que no podía permitirse no escuchar.

Irene sostuvo la mano de Clara durante toda la conversación y la soltó solo al final, cuando firmaron los formularios; entonces el gesto pareció formar parte de la firma.

Clara había firmado con letra pequeña y uniforme, sin temblor en el pulso, porque llevaba años entendiendo que el temblor no servía para nada.

Durante las primeras doce semanas no ocurrió nada apreciable.

Los EEG mostraban variaciones que los técnicos señalaban con cautela: algo de actividad en el lóbulo frontal, patrones que podían indicar procesamiento, que podían ser artefactos, que podían —la palabra favorita de todos en ese hospital— significar cosas que todavía no estaban en condiciones de afirmar.

Clara estaba empezando a odiar el verbo poder en condicional.

En la semana catorce, David movió los dedos de la mano derecha.

El movimiento apenas habría merecido una frase: una flexión leve, casi imperceptible, que la enfermera de la tarde notó durante el control rutinario y anotó en el parte sin excitación particular, porque era su trabajo no excitarse antes de tiempo.

Clara lo leyó esa noche y pasó diez minutos en el baño de la planta con el grifo abierto para que no se le escuchara.

En la semana quince, los ojos de David se movieron bajo los párpados durante períodos cada vez más largos.

No en sueño REM —eso lo descartaron— sino en algo que los médicos llamaban con circunspección actividad visual interna y que Clara, que había dejado de pretender que entendía todos los términos, traducía para sí misma simplemente como: algo debe estar encendiéndose .

La semana dieciséis fue la última semana.

Eran las dos menos cuarto cuando Clara levantó la vista del libro que no estaba leyendo porque algo había cambiado en la habitación.

No supo identificarlo de inmediato. Los monitores seguían igual.

La respiración de David seguía igual. La rueda del carro de enfermería había pasado ya y no volvería en un rato.

Pero algo era diferente y su cuerpo lo había notado antes que su mente, con ese instinto que se desarrolla en las personas que llevan mucho tiempo esperando que algo cambie.

Miró a David.

Sus ojos estaban abiertos.

Apenas una rendija: los párpados pesados, la mirada sin foco, el tipo de apertura que podía ser involuntaria, un reflejo.

Clara se había propuesto —con mucho esfuerzo, con mucha crueldad deliberada hacia sí misma— no interpretar.

Sabía que los cuerpos en coma hacen cosas que no significan nada: se mueven, se contraen, a veces incluso emiten sonidos.

Había visto a David fruncir el ceño una vez, seis meses atrás, y necesitó tres días para volver a respirar con normalidad después de haberlo interpretado mal.

Así que no interpretó, se obligó a no hacerlo.

Se levantó despacio, dejó el libro en la silla, se acercó a la cama y pulsó el botón de llamada a enfermería sin apartar los ojos de él.

Entonces David giró la cabeza hacia ella.

Lo hizo despacio, con el movimiento de alguien que ha olvidado cómo funcionan los músculos del cuello y los recuerda sobre la marcha.

Pero fue hacia ella. La rendija de sus ojos se orientó en su dirección, y luego, con una lentitud que a Clara le pareció el tiempo más largo de su vida, los párpados se abrieron un poco más.

La enfermera entró a los cuarenta segundos. Clara no recordaría después qué dijo la enfermera ni qué dijo ella. Recordaría que siguió sin apartar los ojos de David, y que David, con esa apertura lenta y pesada de alguien que lleva tres años al otro lado de alguna frontera, la miraba.

Aún no había reconocimiento. Eso vendría luego, tal vez. En ese instante bastaba con la dirección de la mirada.

La doctora Reyes llegó en dieciséis minutos.

Clara no supo en ese momento cómo había sido tan rápido —luego le explicaron que vivía a pocos kilómetros del hospital, que había dejado instrucciones específicas para que la llamaran ante cualquier cambio en el caso Torres— pero en ese momento simplemente apareció, con el pelo suelto y el batín sin abrochar del todo, y se puso al otro lado de la cama y empezó a hablar con David con esa voz calibrada que debía de haber practicado muchas veces.

—David. Soy la doctora Reyes. Estás en el hospital. Estás a salvo.

Nada durante unos segundos. Los ojos de David en el techo.

—Si puedes escucharme, intenta apretar mi mano.

Tras un silencio largo, los dedos de David se cerraron alrededor de los de la doctora Reyes. Débiles, inciertos, pero se cerraron.

Clara tuvo que apoyarse en la pared.

Llamó a los padres de David a las tres de la madrugada.

Irene cogió al primer tono, lo que significaba que tampoco había estado durmiendo, y Clara escuchó al otro lado de la línea ese silencio particular de alguien que está conteniendo el aliento antes de escuchar algo que podría romperla en cualquier dirección.

—Está despertando —dijo Clara. Y su voz fue completamente plana porque si le ponía algún color encima no podría terminar la frase.

El sonido que hizo Irene quedó a medio camino del llanto y de algo anterior al llanto.

Los siguientes días fueron lentos y técnicos y agotadores de una manera completamente diferente a los tres años anteriores.

David no volvió de golpe. El regreso fue gradual, fragmentado, con retrocesos que los médicos llamaban normales y que para Clara tenían el sabor de un miedo más refinado: el de quien ya se ha adaptado a no tener esperanza y se ve obligado a encontrarla otra vez.

El tercer día después del despertar inicial, David habló.

La palabra fue agua . Salió con la voz de alguien que llevaba tres años sin usarla, áspera y baja, casi irreconocible, pero articulada, intencional, dirigida a la enfermera que ajustaba el gotero.

Clara estaba en la silla. Escuchó la palabra, salió al pasillo y se apoyó en la pared.

Dejó que le temblaran las manos un momento, solo un momento, antes de volver a entrar.

El cuarto día reconoció a la doctora Reyes.

El quinto día, cuando Clara entró a primera hora de la mañana con el café de la máquina —el café que siempre estaba malo y que ella había seguido comprando durante tres años por el ritual, por tener algo concreto que hacer con las manos—, David la miró desde la cama y dijo su nombre.

Clara .

No como pregunta. Como confirmación.

Ella dejó los dos cafés sobre la mesilla con mucho cuidado, porque necesitaba tener las manos ocupadas en algo concreto, y se sentó en la silla junto a la cama, y tomó su mano entre las suyas, y dijo:

—Hola.

—Hola —dijo él. La voz seguía siendo áspera pero ya tenía algo de él dentro, algo que ella reconoció en la resonancia de la vocal, en la forma de abrir la boca, y sintió que algo que había estado bloqueado en su pecho durante tres años se movía.

—¿Sabes dónde estás? —preguntó, porque necesitaba saberlo.

—Hospital —dijo David. Y luego, tras demorarse un instante—: ¿Cuánto?

Ella dudó.

—Mucho tiempo —dijo.