DECEPCIÓN
DAKOTA
—¿Seguro que lo estás haciendo bien? —Sam miraba su reflejo en el espejo del baño mientras yo orinaba en un test de embarazo. Estaba sin camiseta, inclinado sobre el lavabo, echándose agua en la cara. Nuestras miradas se cruzaron en el espejo. Enarcó una ceja.
—Lo he hecho docenas de veces. Es bastante simple —dije con tono cortante e irritado—. Hasta un idiota puede mear en un palito.
—Solo preguntaba —levantó las palmas en el aire y se encogió de anchos hombros—. Ha sido culpa mía.
—Lo siento. Son las hormonas. Me están volviendo loca —terminé lo que estaba haciendo y dejé el palito de plástico blanco en la repisa junto al váter. Sam no dijo nada, se cruzó de brazos y apoyó la cadera en el lavabo. Me lavé las manos y activé el temporizador del móvil.
—Ven aquí —me tomó de la mano y me llevó al dormitorio. Se sentó en el borde de la cama y me atrajo hacia su regazo.
No podía mirarlo. Recordaba nuestro último embarazo —el único—, cómo casi nos había destruido. No quería volver a pasar por eso. Los dos habíamos sufrido muchísimo. Por mucho que deseara un hijo, no valía la pena perderlo a él.
—Kota —cuando pronunciaba mi nombre así, suave, tierno, como una plegaria, no podía negarle nada—. Cariño, mírame —nuestras miradas se encontraron. Me perdí en sus iris verdes salpicados de motas doradas y esmeralda—. Si esto se está volviendo demasiado para ti, tenemos que dar un paso atrás.
Me mordí el labio inferior. Después del aborto, me había obsesionado con la dieta y el ejercicio, las posturas sexuales y las tablas de ovulación.
Menos mal que Sam tenía mucha libido y podía satisfacer mis interminables exigencias de sexo.
Sin embargo, en las últimas semanas, nuestros encuentros íntimos se habían vuelto tediosos y las discusiones entre nosotros habían aumentado.
—Creo que deberíamos dejar de intentarlo durante un tiempo —sus palabras me atravesaron el pecho como puñaladas.
—¿Qué? No —empujé contra sus hombros, forcejeando para liberarme de su abrazo. Me sujetó con firmeza.
—Sí —intenté apartar la mirada, pero me giró la barbilla hacia él y clavó sus ojos en los míos—. Hablamos de esto. Si las cosas se ponían demasiado intensas o si alguno de los dos se cansaba de intentarlo, nos tomaríamos un descanso. ¿Verdad?
—Sí —tragué saliva con dificultad, notando el nudo en la garganta. La derrota nunca había sido fácil de aceptar para ninguno de los dos.
—Estoy preocupado por ti. Hace semanas que no te veo reír —la sinceridad de su expresión me encogió el corazón. Pasé la yema del dedo por el surco entre sus cejas, el surco que yo había provocado.
—Quiero un bebé, Sam. Tu bebé. ¿Estás cambiando de opinión? —escudriñé su rostro en busca de respuestas, preparada para la decepción.
—Me encantan los niños. Lo sabes. Y seguiré intentándolo toda la vida si eso es lo que quieres. Solo necesito que aceptes lo que pase ahí dentro —señaló el baño con la barbilla—. Porque eres lo más importante de mi vida. No soporto verte destrozada otra vez.
Tenía todo el derecho a estar preocupado. Me había desmoronado después del aborto, había apagado mis emociones y lo había alejado de mí. Nuestro matrimonio había sufrido las consecuencias.
—Estaré bien. Te lo prometo —mis palabras sonaban esperanzadoras, pero por dentro no estaba tan segura.
Sonó el temporizador. Los dos nos levantamos. Sam me tendió la mano, entrelazó sus dedos con los míos y me llevó al baño. Miramos el palito. Una línea.
—Quizá esté defectuoso —dije, conteniendo las lágrimas—. Quizá debería probar con otro —alargué la mano hacia la caja.
—No —Sam apartó el otro test de mi alcance e interpuso su cuerpo esbelto entre el lavabo y yo.
Nos miramos durante un largo rato. Vi al niño de mi infancia en su rostro, fundido con el hombre en que se había convertido.
Imágenes de la primera vez que me tomó de la mano, de nuestro primer beso, de nuestra primera vez haciendo el amor, cruzaron fugaces por mi mente.
El corazón se me llenó de amor por aquella persona increíble—. Olvídalo, Dakota. Déjalo estar.
—Vale —susurré. Incapaz de contener las lágrimas, las dejé rodar por mis mejillas. Me tomó el rostro entre las manos y me secó las lágrimas con los pulgares.
—Hoy no voy a ir a trabajar —dijo—. Y tú tampoco.
—No. No podemos. Hay demasiado... —me silenció con un beso en los labios.
—Insisto —me apartó un mechón de pelo de la frente—. Primero, vamos a darnos un baño largo y caliente juntos, y después saldremos a dar una vuelta por el campo. Sin escolta. Solo tú y yo. ¿Qué te parece?
Asentí, sin fiarme de mi voz. Me estrechó entre sus brazos. La fuerza de su abrazo me sostuvo y me ayudó a superar aquel bache en nuestro camino hacia la maternidad. Aspiré hondo su aroma: su gel de ducha, su champú, el almizcle de su aftershave.
—O quizá lo que necesitamos es ir a comprar algo verdaderamente extravagante. Algo absurdamente caro.
—¿Qué? No —aquella oferta tan impropia de él captó mi atención.
Desde que nos casamos, nos habíamos permitido el lujo de una casa preciosa, pero habíamos intentado vivir con la mayor sencillez posible.
Había gastos inevitables, como los guardaespaldas y la ropa para los actos públicos, pero la mayor parte del tiempo comíamos hamburguesas, bebíamos cerveza, alquilábamos películas y vivíamos como gente normal.
—Sí —un rayo de sol matutino se colaba por la ventana y arrancaba destellos a su pelo rubio. Me sentí pequeña entre sus brazos, protegida y querida. Le apreté el bíceps, duro como una piedra, y él esbozó una sonrisa de suficiencia.
—¿Lo dices en serio? —una docena de ideas me cruzaron por la cabeza. Mi madre necesitaba unas vacaciones. A Crockett le vendría bien un coche nuevo.
Asintió.
—Sí, pero tiene que ser algo para ti. No para otra persona.
—Oh —fruncí el ceño, decepcionada—. ¿Cualquier cosa que quiera? ¿Lo que sea?
—Sí —en momentos así, su masculinidad me abrumaba. La línea de su mandíbula, la barba incipiente en las mejillas, su imponente envergadura... Era puro hombre, y era todo mío—. Y que sea algo disparatado.