Lady Penelope da siempre su paseo a las diez (Club Astarea 2)
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Capítulo 1
A quel día empezó como otro cualquiera.
A las diez menos cinco, tras arreglarse y tomar el desayuno, lady Penelope Wilson bajó al vestíbulo ya con un abrigo ligero sobre su bonito vestido primaveral y su habitual sonrisa radiante en el rostro.
Por lo general disfrutaba mucho de sus paseos matutinos —sobre todo cuando estaba en casa, en Finesword Manor, con el bosque familiar en el que podía perderse y pensar—, pero en las mañanas como esa, tan luminosas, se sentía muy feliz.
Claro que, según dirían sus amigas, ser feliz era su estado natural. Y, aunque no era exactamente cierto —lady Penelope tenía sus sombras y sus penas, como todos—, sí que era verdad que contaba con un optimismo casi inquebrantable.
Esa mañana, sonrió a la doncella que le tendió los guantes y el bolsito y comentó con la señora Carson, el ama de llaves, lo bonito que había amanecido el día.
No debió hacerlo. Al momento, la señora Carson hizo que cargase con la sombrilla mientras insistía en que, por muchas ramas de árboles que hubiese interpuesto el Señor entre el sol y una dama, esta debía estar siempre preparada para proteger su piel de ese color tan poco favorecedor que adquirían las campesinas, y por el que podrían llegar a confundirla con una de ellas. ¡Menudo espanto!
Bien sabía Dios que a ella no le hubiera importado que la confundieran con una campesina, conocía a muchas y eran muy agradables.
Además, aunque nunca lo había dicho en voz alta, le gustaba el tono tostado de sus pieles, a veces de un dorado precioso, y le parecía mucho más saludable que la blanca piel de la nobleza.
Pero, como conocía al ama de llaves, se limitó a cogerla y a dar las gracias.
—Que disfrute mucho de su paseo, lady Penelope —le dijo el lacayo que le abrió la puerta de la calle, el nieto del mayordomo, el señor Dawson. Era un muchacho rubicundo, algo entradito en carnes, con mirada de niño eterno en sus ojos de un azul casi translúcido.
—¡Gracias, Otis! —replicó ella, sonriendo, y le entregó con disimulo la sombrilla—. Por favor, guarda esto por ahí hasta mi vuelta. Que no lo vea la señora Carson o nos reñirá a los dos.
El muchacho se echó a reír. Era pocos meses mayor que ella y habían jugado juntos de niños; habían sido camaradas en su lucha contra el mundo mientras crecían, de modo que se tenían mucha estima.
Lady Penelope odiaba el modo en que había cambiado todo desde que se hicieron adultos, y que le repitieran una y otra vez que no lo tratase de un modo tan familiar, porque cada cual debía mantener su sitio.
Ella pensaba que el sitio de cada cual se ganaba en el corazón, y Otis sería por siempre su amigo.
—Por supuesto, lady Penny —susurró él, cómo no. Así la llamaba cuando estaban a solas—. Yo me ocupo.
—Muchas gracias. ¡Menos mal! En el bosque es un estorbo y no me apetecía nada cargar con ella. —Casi sin darse cuenta, le recolocó mejor el nudo del corbatín—. Eres un amor y...
Olvidó lo que iba a decir cuando oyó el sonido de una portezuela y se dio cuenta de que un coche se había detenido frente a la escalinata exterior.
El baronet sir Justin Thompson —hermano mayor de Eunomia Thompson, su mejor amiga— se bajó al momento con un movimiento ágil y avanzó hacia ella a buen paso, llevando el bastón en una mano y el sombrero en la otra.
Lanzó una mirada no muy amigable al pobre Otis, y a ella la saludó con una inclinación adecuada pero fría.
—Lady Penelope...
—¡Sir Justin, pero qué agradable sorpresa!
—Trató de sonreír, y seguro que lo hizo, porque era lo obligado con una visita, pero se sentía muy nerviosa.
No debió salirle nada tan radiante como las sonrisas que le surgían espontáneamente del corazón, ni de lejos.
Aquel hombre siempre conseguía alterarla, no entendía por qué.
Bueno, sí, claro que sí, a qué negarlo. En el fondo, lo sabía.
Siempre se había sentido atraída por él, desde el día en que lo conoció, cuando llegó con su hermana Nomy a Minstrel Valley, en aquel maravilloso primer curso en la Escuela de Señoritas de lady Acton.
Entonces conoció a Nomy, que ahora era como una hermana y no entendía cómo había podido vivir nunca sin su presencia en su vida.
Y lo conoció a él, sir Justin Thompson, su primer sueño romántico. El único que había tenido, de hecho.
¡Qué guapo le pareció! Qué imponente, sensato y culto, además de amable y gentil.
Era siete años mayor que ellas y, por tanto, era el tutor de su hermana, y había decidido que estudiar en Minstrel Valley sería algo muy conveniente para ella.
Nomy no lo consideraba así entonces; de hecho, hizo tantas trastadas al principio que a punto estuvieron de expulsarla.
Pero, con el tiempo, y tras una charla con la directora, la cosa se calmó y Nomy llegó a amar la escuela, como la amaba lady Penelope.
Desde entonces, sir Justin fue menos veces por Minstrel Valley —no tenía que acudir a todo correr para solucionar los entuertos de su hermana—, pero por lo menos, cuando iba, estaba más contento.
Y pasaron grandes momentos allí, como el día en que les dio unos peniques para lanzar al Pozo de los Deseos, cuando ella pidió que la amara por siempre.
O en los bonitos paseos hasta las ruinas del castillo, o el día en que participaron en la carrera de barcas que se organizaba una vez al año en el lago, y Nomy terminó cayéndose al agua.
La jovencita de diecisiete años que era lady Penelope cuando lo conoció lo había adorado.
Y él siempre se había mostrado amable, galante y cortés con ella.
Pero, pese a las afirmaciones de Nomy —que no dejaba de insistir en el tema de una posible relación amorosa entre ellos—, nunca había llegado a creer que hubiese un interés recíproco.
¡Sir Justin era tan serio! En cierto modo, resultaba lógico.
Dada la prematura muerte de sus padres, había tenido que adoptar con Nomy la figura de padre más que la de hermano, y lady Penelope sentía que a ella la consideraba otra hermana pequeña —y tan irritante como Nomy—, una encontrada por la fuerza del destino fuera de la familia, pero a la que apreciaba de un modo semejante.
Sí, era como si tuviera dos hermanas en vez de una.
Siempre había sido igual: cuando hacía un plan para Nomy, lo hacía también para ella, y contaba con su presencia en igualdad de condiciones.
Las reñía o las felicitaba, las llevaba de paseo o al teatro, les daba caprichos y, de vez en cuando, les daba las charlas sobre cómo debían conducir sus vidas, con el sonsonete de hermano mayor que hacía que Nomy bufase por partida doble.
¿Podía tener cabida un sentimiento romántico ahí? Lo cierto era que lo dudaba mucho.
Y, más, en los últimos tiempos, que andaba tan ocupado. Se había ido implicando en el mundo de la política y cada vez contaba con más respaldos. Ya nadie dudaba de que, cualquier día, formaría parte del Gobierno del país. Nomy y ella estaban muy orgullosas de él. Ojalá pudieran votarlo.
—Está usted encantadora, como siempre. —Le oyó decir. Ojalá pudiera votarlo varias veces cada vez.
—Muy amable. Me alegro de verlo. —¿Se quedaría a almorzar? ¡Ojalá! Su abuelo siempre se retiraba pronto para descansar un poco, y ellos podrían charlar a solas—. ¿A qué debemos el placer?
—Vengo a hablar con lord Wilson. Necesito el informe final sobre los fragmentos del jarrón de la Lady Goldway Gallery y el de las conclusiones de la revisión de los fondos de la galería. ¿Sabe si ya lo ha hecho?
—Oh, sí, justo terminé anoche de redactarlos y los dejé en...
Él arqueó una ceja.
—¿Los ha hecho usted?
La miró de tal modo que casi hizo que se sintiera culpable por algo.
Lady Penelope se removió inquieta. En parte, un detalle ínfimo pero que no podía negar, lo había hecho por poder alardear ante él, demostrarle que era una joven inteligente y lista, pero por su cara, no le estaba gustando nada el asunto.
—Eh... Bueno, sí. Mi abuelo sabe que puede confiar en mí en esos asuntos, soy buena historiadora y se me da muy bien datar piezas antiguas.
—Alzó una mano, al ver que eso no le daba confianza—.
¡Pero los informes los ha firmado mi abuelo!
¡No va a sentirse avergonzado por presentar documentos firmados por una mujer, si es que le preocupa eso!
—A mí no me importaría, pero ya sabe cómo son las cosas.
Lady Penelope sonrió con ecuanimidad. Y con una sombra de tristeza.
—Sí, lo sé. Vivo en el mundo en que vivo.
Él la miró apenado.
—No se ofenda, lady Penelope, pero necesito que no haya la más mínima duda sobre su valoración. Voy a tener que presentarlos en distintos sitios en que hay hombres muy poco predispuestos a aceptar que haya mujeres con ciertas capacidades.
—Ay, sir Justin, lo sé. Pero, ya le digo, los ha firmado él. Y los hubiera elaborado también, quería hacerlo, pero está mayor y ya le agota hasta el trayecto a Londres, me temo. Prefiere quedarse aquí, a su aire. Y yo insistí en que me ocuparía, para dejarlo tranquilo.
Eso quitó algo de dureza a la expresión de sir Justin.
—Pero está bien, ¿verdad?
—Oh, sí, no se preocupe. Es la edad... —Ambos se miraron preocupados y ella sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas.
No sabía qué iba a ser de ella sin su abuelo, no quería ni pensar en eso.
Carraspeó—. De modo que fui yo, y sí, lo hice.
Revisé todas las piezas, una a una, y en los pocos casos en los que tuve dudas, pedí permiso y las traje con mucho cuidado.
Me enorgullece decirle que mi abuelo estuvo de acuerdo siempre en todas mis apreciaciones preliminares.
—Está bien. —La estudió con reserva—. Veo que esa tarea la hizo feliz.
—Oh, sí. No puedo negar que pasé unos días estupendos. —Rio—. ¡Hasta se me olvidó comer más de una vez! ¿Puede creerlo? —Chasqueó la lengua contra los dientes, con un gesto entre coqueto y culpable—. Y reconozco que había quedado para acudir a un par de eventos de los que ni me acordé.
—¡No! —replicó él, consternado. Ella lanzó una risita.