27 Los primeros sueños
El fallo de Cementerio no llegó con imágenes de descanso, ni con anuncios de Dulces sueños, ni con carreteras bajo agua, sino con un sonido mucho más antiguo, más doméstico y más difícil de rechazar: madera moviéndose dentro de madera, como si decenas de cajones cerrados hubieran empezado a recordar la forma de unas manos.
Christina lo oyó primero por la radio de Tersen, mezclado con la respiración rota de Brida desde el edificio de luz y con los sollozos de los niños de Escuela Baja, que aún mordían pan duro, tiza o tiras de cuero para no mirar el charco negro del patio.
Después lo oyó físicamente, desde la distancia, atravesando las calles húmedas del valle: un golpeteo irregular procedente del cementerio viejo y de la funeraria, no fuerte, no todavía, pero extendido como una lluvia bajo tierra.
No era el ruido de cadáveres levantándose en masa, no ese horror sencillo que una mente preparada por historias baratas habría reconocido y combatido con fuego; era algo peor porque conservaba orden.
Golpeaban de uno en uno. Esperaban respuesta.
Como vecinos educados ante una puerta cerrada.
La voz de Brida entró por la radio en ráfagas cortadas: “Cementerio en sueño parcial... repito, no sueñan los vivos... registros funerarios responden a la cascada... archivo inferior del Mercado se sincroniza con lápidas... Evan pide apoyo... Nola dice que algunos muertos no quieren salir, quieren ser soñados correctamente...” Luego la transmisión se llenó de interferencias y de una voz baja que no era Brida, una voz de hombre cansado que murmuró: “No nos dejen sin cara otra vez.” Tersen apagó la radio por instinto y la volvió a encender de inmediato, avergonzado de haber buscado silencio.
—Nos movemos —dijo Christina.
Volkar, esposado, la miró desde el borde del patio de la escuela, donde lo mantenían vigilado dos agentes.
—Si abandona el sector infantil demasiado pronto, el primer fallo volverá a abrirse.
—Por eso usted se queda aquí con Mallas.
Mallas levantó la cabeza.
—¿Perdón?
—Necesito a alguien que sepa protocolos y a alguien que haya diseñado la bomba. Si la escuela vuelve a entrar en imagen, usarán los controles de patio, lámparas bajas y anclas concretas. Idena se queda también. Los niños la escuchan porque sangra y no les promete nada bonito.
Idena Sull, sentada en un banco con la herida vendada y la cara cenicienta, asintió sin protestar.
Tenía una mano apoyada en el hombro de Mina Vey, no como médico examinando a una niña, sino como adulta pidiendo permiso al cansancio para seguir funcionando.
Mina observaba el patio con los ojos desviados, sin mirar del todo el reflejo negro que se había reducido a una película oscura entre piedras, y repetía para sí misma: “La tiza sabe amarga. La tiza sabe amarga. La tiza sabe amarga.” Su madre lloraba en silencio detrás de ella, mordiéndose los nudillos.
Volkar sonrió apenas.
—Me deja con Supervisión y una médica exterior. Qué combinación tan antigua.
Christina se acercó a él hasta que los dos agentes se apartaron un paso.
—Lo dejo con una niña que acaba de demostrar que puede rechazar una imagen mejor que usted. Si intenta usarla, si intenta hablarle, si intenta convertir la escuela en ejemplo para uno de sus discursos, Tersen recibirá orden de dispararle antes de preguntar. Y Tersen está cansado de preguntar.
Tersen confirmó sin énfasis:
—Mucho.
Volkar miró a Mina. La niña no le sostuvo la mirada. Hizo algo más inteligente: miró las botas embarradas de Christina.
—No me subestime, detective.
—Dejé de hacerlo cuando vi el daño. No lo confunda con respeto.
Adrián Ross, todavía con el núcleo de OR-12 envuelto en sal bajo el abrigo, revisó la cuenta de cascada en el lector portátil.
47:31:08. El tiempo seguía corriendo con una paciencia de máquina.
El sector Escuela Baja había bajado a microimagen vigilada, pero Cementerio subía en rojo oscuro, junto con Funeraria y Mercado.
La red no fallaba como un cristal que se rompe de golpe, sino como una sábana vieja rasgándose por costuras distintas: niños primero, muertos después, quizá enfermos, soñadores ocultos, clientes de duelo, retirados, nombres.
Cada fallo elegía una herida comunitaria distinta.
—No puedo llevar el núcleo a Cementerio sin riesgo —dijo Adrián—. Está respondiendo a puerta de muertos. Puede amplificar.
—Entonces lo guarda lejos.
—No hay lejos esta noche.
—Elija el lejos menos idiota.
Tersen señaló el edificio escolar.
—La sala de calderas. Pared gruesa, sin ventanas, sal de mantenimiento, dos agentes y un profesor con mala leche.
El maestro viejo que había insultado los formularios de Tersen levantó la mano.
—Tengo mala leche documentada.
—Perfecto —dijo Christina—. Núcleo allí. Nadie lo conecta a nada. Adrián viene conmigo.
Adrián dudó al soltar el núcleo, como si entregar aquella pieza enferma fuera dejar su culpa en manos ajenas. Livia Noss, que acababa de llegar desde Dulces sueños con la ropa manchada de residuos sensoriales y la cara agotada, le quitó el paquete con cuidado.
—Yo lo llevo a la caldera. Conozco sus pulsos. Si cambia, grito.
—Si cambia, salga antes de gritar.
—Intentaré ambas cosas.
Rhea Plass también había llegado, escoltada por Nared Voss y Solenne Brann, con una cuerda nueva en la cintura y las muñecas libres solo porque necesitaban su conocimiento para cerrar cabinas.
Su rostro ya no tenía la arrogancia lisa de antes.
La visión de su firma archivada en la cápsula R.P.
-ESTABLE la había dejado más rígida, más peligrosa de otra forma: no arrepentida, pero personalmente traicionada.
Miró hacia el sector Cementerio en la pantalla de Adrián y dijo:
—Si los muertos entran en sueño colectivo, no intentarán levantarse todos. Buscarán a quienes aún los necesitan.
—Eso no suena mejor —dijo Tersen.
—No lo es. Pero sirve para anticipar rutas. Duelo reciente, registros incompletos, cuerpos sin nombre, retirados con familia viva, preparaciones abiertas, lápidas borradas o corregidas.
Christina recordó el Evangelio en Blanco de otro mundo que no existía allí, y descartó el pensamiento antes de que tuviera forma. En Ðawn’s Falł las lápidas no se borraban; se corregían, se omitían, se retiraban del relato. Era otro tipo de hambre.
—Evan —dijo.
—Y Nola —añadió Adrián—. Su familia está en el centro de Harrow, retirados, cápsulas saturadas y funeraria. Si Cementerio busca reconocimiento, ella es una campana.
Christina no esperó más. Organizó el traslado con gestos rápidos: Tersen, Adrián y dos agentes con ella hacia la funeraria; Nared y Solenne para mantener a los estériles repartiendo anclas y bloqueando cabinas residuales; Livia a sala de calderas con el núcleo; Idena, Mallas y Volkar bajo vigilancia en la escuela; Jaro moviéndose entre sectores con lectores; Rhea, contra toda prudencia cómoda, iría con Christina porque conocía las rutas de duelo comercial, y porque si Dulces sueños había usado muertos como producto, necesitaban a alguien que supiera dónde estaban los productos escondidos. Rhea no protestó. Eso inquietó a todos.
El trayecto hacia la funeraria atravesó calles donde los primeros sueños ya habían empezado a dejar efectos concretos.
No eran escenas espectaculares. Eran pequeños daños en la vigilia.
Una mujer estaba sentada en mitad de una escalera, riendo y llorando a la vez porque había soñado despierta con el sabor exacto de una sopa que hacía su abuela, pero al intentar recordar el rostro de la abuela había visto una pared de agua negra.
Un cartero jubilado caminaba en círculos alrededor de un buzón, convencido de que dentro dormía una carta que le habían enviado desde fuera de la Ruptura.
Tres adolescentes repetían que habían estado en una plaza sin drones, y uno de ellos, el más joven, se golpeaba la cabeza contra una pared para no volver a verla porque “era demasiado fácil quedarse”.
En una ventana, un matrimonio abrazado sonreía mirando una habitación vacía donde, según decían, su hija fallecida estaba aprendiendo a pronunciar sus nombres sin tartamudear.
Christina ordenó a los agentes que no discutieran la visión, que no la negaran de frente, que ofrecieran anclas: frío, dolor menor, objetos reales, tareas.
“Diga cuántos botones tiene su abrigo.” “Muérdase la lengua, no fuerte.” “¿Dónde guardaba su hija los calcetines?” Las respuestas feas y concretas no cerraban el sueño, pero lo hacían perder belleza.
Y cuando un sueño perdía belleza, al menos por ahora, el valle podía respirar.
—Esto es lo que querían —dijo Rhea, caminando junto a Christina.
—No.
—Sí. Los estériles querían primeros sueños. Ahí los tienen. Recuerdos, muertos, plazas sin drones, sabores perdidos.
—Y paredes de agua, voces que imitan y niños golpeándose la cabeza. No seleccione catálogo.
—Nunca dije que fuera limpio.
—Dijo que era futuro.
—El futuro nunca es limpio.
Christina se detuvo tan de golpe que Rhea casi tropezó con ella.
—No estamos hablando de barro en botas. Estamos hablando de usar el duelo de una madre como teclado. De convertir a un muchacho exterior en puente. De archivar firmas vivas. Si vuelve a esconder eso detrás de una palabra grande, le rompo algo pequeño.
Rhea sostuvo su mirada, pero bajó la voz.
—Volkar fue más lejos de lo que yo habría ido.
—Esa frase solo sirve si empieza a decir adónde fue usted.
Rhea miró hacia la funeraria, donde el golpeteo de madera era ya claramente audible.
—Yo vendía experiencias de duelo porque la gente las pedía.
Sabía que algunas eran demasiado compatibles.
Sabía que ciertos muertos regresaban mejor en cabina que otros.
Pensé que era residuo emocional, no ruta real.
Cuando lo entendí, ya había operadores como Volkar usando los datos para otra cosa.
—Y siguió.
—Sí.
Al menos esa respuesta no estaba perfumada.