26 El primer fallo #3
Adrián conectó el lector a la caja de control de la escuela.
Las lecturas subían: sueño posible, sueño emergente, sueño compartido, origen mixto, origen exterior, origen comercial revocado, origen apócrifo parcial.
El sistema no sabía clasificar lo que ocurría.
Los drones sobre el sector intentaban compensar el fallo, pero al hacerlo producían una vibración que hacía ondular el reflejo del patio.
En el agua negra aparecieron farolas blancas.
Luego una carretera. Luego un muchacho de unos diecisiete años, delgado, con ropa exterior, mirando hacia arriba como si estuviera bajo el suelo.
Idena avanzó un paso.
—Laro.
Christina la sujetó.
—No le dé nombre.
La médica tembló, pero entendió. Tarde, como todos esa noche, pero entendió.
El muchacho del reflejo levantó la mano. No parecía monstruoso. Parecía agotado. Tenía la cara de quien no ha dormido nunca sin miedo. Al otro lado del patio, varios niños empezaron a levantar la mano también.
—Bajadlas —ordenó Christina.
Las maestras obedecieron físicamente, agarrando muñecas. Algunos niños lloraron. Otros se enfadaron. Mina no levantó la mano. Miraba a Christina, no al reflejo.
—Dice que aquí se puede descansar —susurró.
—Dile que aquí también mentimos —respondió Christina.
Mina parpadeó.
—Eso es feo.
—Por eso sirve.
Mina miró hacia el patio sin bajar del todo los ojos, como si escuchara por la mejilla y no por la vista.
—Aquí también mentimos —dijo con voz pequeña—. Aquí el pan está duro. Aquí las madres gritan. Aquí los drones hacen ruido. Aquí la gente se muere, aunque no sueñe.
El reflejo del muchacho tembló. La carretera bajo el agua perdió nitidez.
Idena se llevó una mano a la boca para no pronunciar su nombre.
Adrián gritó desde la caja de control:
—Los drones necesitan ancla local. Si conseguimos que el sector rechace la imagen como descanso seguro, recuperan patrón parcial.
—Cómo.
—Mina acaba de hacerlo.
—No voy a usar a una niña como repetidor.
—No. Use a todos.
Christina entendió. Se subió al banco de piedra del patio, con la campanilla en una mano y la pistola en la otra.
—¡Todos los niños, conmigo! ¡Cosas reales del colegio! ¡Ahora!
Las maestras, acostumbradas a hacer obedecer aulas enteras con voz de urgencia, reaccionaron antes que los técnicos. Una gritó:
—¡La estufa huele mal cuando se moja!
Otro niño, llorando, dijo:
—¡La pata de mi mesa cojea!
Una niña:
—¡El baño del fondo no cierra!
Mina:
—¡La tiza sabe amarga!
Un maestro viejo que había llegado corriendo desde la calle añadió:
—¡El tejado gotea sobre los mapas y nadie lo arregla porque Tersen siempre manda formularios!
—¡Eh! —protestó Tersen.
Pero el patio respondió. La superficie negra se arrugó.
El reflejo del muchacho no desapareció, pero dejó de parecer invitación.
Pareció lo que era: una imagen triste, cansada, peligrosamente abierta.
Adrián ajustó el control. Los drones del sector corrigieron medio metro hacia su ruta.
No todo. Medio. Suficiente para que la luz azul retrocediera de las ventanas.
El lector bajó de sueño compartido a microimagen vigilada.
El primer fallo había sido contenido, no resuelto.
El muchacho del reflejo miró a Idena. Esta vez no habló. Solo pareció pedir permiso con los ojos. Idena se arrodilló en el borde, sin tocar el agua negra.
—No puedo dejarte entrar así —dijo sin nombre—. Si entras por cansancio, no descansarás. Te usarán.
El reflejo abrió la boca. La voz que salió no fue del todo suya. Era dulce, colectiva, comercial y antigua:
—Entonces salgan ustedes.
El patio se congeló. No por frío. Por sentido.
Volkar levantó la cabeza lentamente.
—Ahí está.
Christina bajó del banco.
—Qué.
Él la miró con el dolor reciente del golpe aún en el rostro y una especie de triunfo intelectual.
—El sistema ha encontrado la tercera vía. Ni invasión ni cierre. Intercambio.
Mallas palideció.
—No.
Volkar sonrió apenas.
—Cuarenta y ocho horas, detective. Para decidir si el valle seguirá encerrado, si abrirá para que algo entre, o si saldrá para descubrir qué queda fuera. La cascada no es solo fallo. Es convocatoria.
Desde el patio, el reflejo del muchacho se deshizo en agua oscura. Los niños empezaron a llorar de golpe, como si despertaran de una fiebre breve. Sobre la escuela, los drones recuperaron un poco más de altura. En la consola de Adrián, la cuenta siguió corriendo: 47:38:12.
Christina miró a Volkar, luego a Mallas, luego a Idena, luego al cielo desviado. El primer fallo había demostrado que podían contener una imagen local con vigilia fea, lámparas bajas y verdad concreta. También había demostrado que la cascada no necesitaba esperar al final para herirlos.
La radio de Tersen crepitó. Brida Senn habló desde el edificio de luz con la voz rota por interferencias:
—Bequer... tenemos otro fallo parcial... no es Escuela... es Cementerio... y no están soñando los vivos.
Christina cerró los ojos un segundo. Solo uno.
Después miró a los niños, aún temblando, y supo que las cuarenta y ocho horas no serían una cuenta atrás hacia el desastre. Serían el mismo desastre, repartido en fragmentos cada vez más difíciles de rechazar.