25 Cuarenta y ocho horas
Los vecinos que esperaban en el vestíbulo de Dulces sueños no parecían una multitud tomada por el pánico, y precisamente por eso Christina sintió que habían llegado demasiado tarde a una parte esencial de la noche.
El pánico desordena, empuja, grita, rompe puertas, derriba mostradores y convierte a las personas en cuerpos torpes que aún conservan una relación violenta con la realidad; aquello, en cambio, era una fila obediente, limpia, casi agradecida.
Había ancianas con abrigo sobre el camisón, padres con niños dormidos en brazos, jóvenes de los talleres, una mujer embarazada apoyada en la pared, dos agentes fuera de servicio, tres técnicos de puntos de control, clientes habituales con pulseras de sesión, vecinos que Christina había visto desayunar en El Deshielo, comprar pan, discutir por leña húmeda o llevar flores al cementerio.
Todos miraban hacia las cabinas con una expresión de alivio anticipado, no de fanatismo.
Algunos sonreían con lágrimas. Otros sostenían los comprobantes de sesión gratuita como si fueran estampas religiosas.
El cartel de bienvenida brillaba sobre el mostrador con una calidez insultante:
SESIÓN COLECTIVA DE BIENVENIDA AL SUEÑO
INICIO EN CINCO MINUTOS
La luz rosa se reflejaba en las caras, dulcificaba las arrugas, borraba las sombras bajo los ojos y daba a la sala un aspecto de guardería, tan suave que casi resultaba obsceno recordar que, a menos de veinte metros, en la funeraria, Nola cubría nombres de muertos para que no se orientaran hacia aquella misma nube.
El olor a vainilla, ropa limpia y lluvia de verano era más fuerte que nunca.
Christina lo notó en la garganta como un sedante.
No dormía, no calmaba de verdad, pero invitaba al cuerpo a bajar la guardia, a creer que la madera bajo los pies era tibia, que la noche exterior ya no mordía, que la pistola pesaba demasiado para una sala donde se ofrecía descanso.
—Nadie entra en una cabina —dijo Christina.
Su voz sonó fuera de lugar. Seca, baja, armada.
Varias personas se volvieron hacia ella con fastidio leve, como si hubiera interrumpido una ceremonia íntima.
No miedo. Fastidio. Eso también era nuevo.
En una crisis normal, una pistola impone orden.
En una promesa bien formulada, la pistola parece de mala educación.
Una empleada de Dulces sueños , de unos treinta años, uniforme crema, pelo recogido en una trenza y sonrisa temblorosa, salió detrás del mostrador con una tableta en las manos.
—Detective Bequer, esta sesión ha sido autorizada por protocolo extraordinario de bienestar comunitario. Hay muchos vecinos con angustia, pérdida de sueño y exposición a incidentes nocturnos. Estamos ofreciendo contención emocional gratuita hasta que Supervisión restablezca...
Livia Noss dio un paso adelante.
—Eira, apaga las cabinas.
La empleada parpadeó. Reconoció a Livia.
Luego vio a Rhea Plass atada por la cintura, a Adrián Ross cargando el núcleo envuelto, a Tersen con el arma en posición baja, a Mallas con la cara descompuesta, a Nared Voss cubierto de barro, a la médica exterior sangrando contra el marco del paso frío, y algo en su formación comercial no supo qué gesto escoger.
—Coordinadora Noss, yo... La sesión llegó firmada desde nivel senior. El sistema ha abierto cupos de emergencia. No puedo cerrarla desde recepción.
—Claro que puedes.
—No. No esta vez. Las cabinas no aceptan cancelación local.
Rhea Plass sonrió, apenas.
—Les dije que la marca dejaría de pedir permiso.
Christina la empujó hacia delante con el cañón.
—Sala de firma.
Eira miró a Rhea, luego a Livia, luego al cartel. La sonrisa profesional se le desarmó.
—La sala senior está bloqueada.
—Quién está dentro —preguntó Livia.
—Nadie. Se cerró sola cuando empezó el anuncio.
—Miente —dijo Christina.
Eira negó con la cabeza, aterrada.
—No sé mentir así.
Esa frase sonó verdadera. Livia la conocía lo suficiente para creerlo. La coordinadora fue hasta el mostrador, arrancó la tableta de las manos de Eira y revisó el panel. La pantalla se llenaba de avisos rosados, mensajes de bienestar y datos de integración camuflados bajo palabras dulces:
AFORO EMOCIONAL 91%
COMPATIBILIDAD DE DESCANSO 89%
DUELO ACTIVO 34%
APERTURA COLECTIVA EN PROGRESO
BIENVENIDA AL SUEÑO EN 04:32
Adrián, al leer por encima, palideció.
—Noventa y uno no es aforo —dijo—. Es integración.
—Cuatro minutos y medio —dijo Tersen.
Mallas se acercó a los vecinos.
—Por orden de Supervisión de Descanso, todos deben abandonar inmediatamente estas instalaciones.
Nadie se movió.
Una anciana de pelo blanco, a la que Christina había visto muchas veces en el punto de control oriental, levantó su comprobante con gesto educado.
—Mi marido está en la sala tres.
—Su marido murió hace doce años, señora Vela —dijo Mallas.
—Sí. Por eso no quiero hacerlo esperar.
El silencio que siguió fue más duro que cualquier grito.
Mallas no tuvo respuesta. No una que pudiera pronunciar ante una mujer que no pedía revolución ni desafío, sino diez minutos con un muerto.
Christina vio a Nared apretar los puños.
Allí estaba el veneno exacto: la teoría equivocada de los estériles no había sido ridícula porque reconocía el dolor real; era equivocada porque no entendía lo fácil que resultaba convertir ese dolor en mecanismo.
Solenne Brann entró por la puerta principal con tres estériles, jadeando, cargada de bolsas de pan duro y sal.
—La plaza está llena. Dicen que aquí reparten sueño seguro. Algunos puntos de control están enviando gente hacia la sede.
—Los puntos también —dijo Adrián.
—Sí. Con la voz de las enfermeras.
Jaro Emmet apareció detrás de ella, sosteniendo un lector de cápsulas civil. Tenía la frente sudada.
—Las cápsulas se están predisponiendo. Todavía no han entrado en fase profunda, pero el sistema las trata como si estuvieran ya tumbadas.
Christina miró a Livia.
—Sala de firma. Ya.
Livia rodeó el mostrador y abrió una puerta lateral. Rhea fue arrastrada con ella. Christina, Adrián con el núcleo, Tersen y Mallas entraron detrás. Nared quiso seguir, pero Christina lo detuvo.
—Usted se queda con Solenne. Nadie más entra. Rompa puertas de cabina si tiene que hacerlo.
—Eso puede dañar a gente dentro.
—Todavía no hay nadie dentro.
—Algunos están pasando.
Christina giró la cabeza. Tres cabinas del fondo habían encendido sus luces de ocupación. Un niño se soltó de su madre y caminó hacia otra puerta abierta, sonriendo. Nared corrió, lo levantó en brazos y el niño empezó a llorar con una rabia impropia.
—¡Están esperándome!
Solenne le puso pan duro en la boca casi por instinto.
—Muerde. Fuerte. Dime cómo se llama tu maestra.
El niño intentó escupir, pero mordió. Parpadeó. El llanto cambió de tono. Volvió a ser miedo infantil y no llamada.
—Solenne —dijo Christina—. Haga eso con todos.
—No tengo pan para cien personas.
—Use lo que pese, raspe o huela mal.
Marek, que había llegado desde la funeraria con una cesta, levantó una bolsa llena de cerillas, café molido y cáscaras de cebolla.
—El Deshielo patrocina la vigilia.
—Por fin una promoción útil —dijo Tersen.
La puerta lateral se cerró detrás de Christina.
El pasillo hacia la sala de firma estaba cubierto de moqueta gris y paneles con nubes pintadas.
En condiciones normales debía de ser una zona silenciosa, reservada a clientes caros, operadores senior y experiencias delicadas.
Esa noche, la moqueta parecía absorber demasiado los pasos, como si el edificio prefiriera que nadie recordara cuánta gente avanzaba por sus entrañas.
En las paredes, pequeños altavoces susurraban frases de bienvenida: “no está solo”, “su descanso nos importa”, “respire despacio”, “permita que la imagen lo reciba”.
Christina disparó al primer altavoz. El estampido en el pasillo cerrado resultó brutal.
Los demás altavoces callaron durante dos segundos y luego reanudaron el murmullo con una voz más baja.
—No malgaste balas —dijo Rhea.
—No era para callarlo. Era para no acostumbrarme.
Idena Sull, que los seguía pese a la herida, se apoyó contra la pared.
—Buena respuesta.
—Usted debería estar sentada.
—Y ese muchacho debería estar en la estación. La noche no está concediendo preferencias médicas.
Livia llegó ante una puerta sin pomo visible. Solo una placa de cristal blanco con el logotipo de Dulces sueños y una ranura de lectura biométrica. Bajo la nube rosa, una frase grabada decía: FIRMA SENIOR. GARANTÍA DE DESCANSO SEGURO.
—Aquí —dijo.
Rhea miró la placa.
—Necesitan mis manos libres.
Tersen le soltó la cuerda de las muñecas, pero dejó la de la cintura sujeta a su propio antebrazo.
—Un movimiento raro y le rompo el codo.
—Qué cultura tan poco terapéutica.
—Soy tradicional.
Rhea colocó la palma sobre la placa. El cristal se iluminó. Una voz suave pidió autorización verbal. Rhea cerró los ojos.
— Dulces sueños reconoce a Rhea Plass, firma senior, fase de cuidado comunitario.
La puerta no se abrió.
La voz respondió:
—Firma senior reconocida. Estado: delegada.
Rhea abrió los ojos.
Livia se quedó helada.
—¿Delegada a quién?
La voz, siempre amable, contestó:
—Bienvenida, Rhea Plass. Su descanso ha sido confiado a una versión más estable de usted.
Durante un segundo nadie habló. Christina entendió antes que Rhea. O quizá Rhea lo entendió y por eso perdió el color.
—Le han quitado la clave —dijo Christina.
Rhea se apartó de la placa como si la hubiera mordido.
—Eso no es posible.
—Esa palabra está muy saturada esta noche.
Livia empujó su propia credencial contra el lector.
El sistema la reconoció, pero no le concedió acceso.
Adrián conectó el lector portátil al panel inferior, arrancando con un destornillador la cubierta de mantenimiento.
La pantalla parpadeó, mostrando un túnel de permisos.
Muchos llevaban nombres de operadores vivos.
Otros, retirados. Uno destacaba sobre los demás: R.P. -ESTABLE / FIRMA APÓCRIFA VALIDADA.