24 La bomba lógica #3
La nueva patrulla bajó hacia la funeraria con el núcleo envuelto en mantas de sal, Rhea atada, Livia a su lado, Adrián protegiendo la pieza como si cargara un corazón de metal enfermo, Nared mirando al suelo, Mallas y Tersen discutiendo por radio con voces que no siempre eran humanas, Idena Sull sostenida por Darel, y Christina al frente con la campanilla de hierro en una mano y la pistola en la otra.
A medida que se acercaban al centro, la escala de la bomba lógica se hizo visible.
Las casas tenían las ventanas iluminadas por anuncios que no procedían de pantallas.
En los puntos de control, las máquinas repetían mensajes de descanso compartido con voz cálida.
Los carteles de Dulces sueños , incluso los apagados, brillaban desde dentro como si alguien hubiera encendido una vela detrás de cada nube rosa.
Vecinos descalzos avanzaban hacia la sede, algunos llorando de felicidad, otros con rostros vacíos, otros riendo porque decían haber soñado despiertos con patios donde sus muertos los esperaban sin reproches.
Solenne y sus estériles intentaban repartir pan, sal y tareas concretas: “Cuenta los escalones de tu portal”, “muerde esto”, “dime cuánto pesa tu hijo”, “no mires el cartel”, “no digas Aldaver”.
Algunos obedecían. Otros apartaban las manos con dulzura, como quien rechaza ayuda porque ya ha visto algo mejor.
En la esquina del cementerio viejo, Evan Darr apareció con una lámpara baja y el lector antiguo colgado del cuello. Su ropa estaba manchada de sal y tierra. Detrás de él, Nola Venn se apoyaba en Marek y sostenía un manojo de paños negros.
—Las cabinas de Dulces sueños están llamando a los muertos por nombres comerciales —dijo Evan sin saludo—. “Reencuentro”, “duelo suave”, “última conversación”. La gente va a entrar.
—Paso frío —dijo Christina.
Evan asintió.
—Por la sala de preparación. Pero hay que cubrir nombres.
Nola alzó los paños.
—Si los muertos ven la nube, se orientan.
Mallas pareció a punto de protestar por la formulación, pero se contuvo. Esa noche había aprendido a no discutir con frases que mantenían quietos a los cadáveres.
Entraron en la funeraria. Sobre las mesas, los registros estaban cubiertos con telas negras.
Las cámaras frías zumbaban. En una de ellas, algo golpeó una vez desde dentro y luego se detuvo cuando Nola puso sal en la junta.
Evan condujo al grupo hacia una puerta estrecha detrás de la sala de preparación, una puerta que Christina no había visto antes, oculta tras estantes de urnas vacías.
El paso frío era un corredor de servicio construido para transportar cuerpos sin cruzar la calle principal durante inviernos duros, conectando funeraria, cementerio viejo y edificios comerciales antiguos, antes de que Dulces sueños comprara y reformara parte del tramo.
Olía a piedra helada, formol viejo y cera.
Antes de entrar, Nola se acercó a Adrián y puso una mano sobre la manta que envolvía el núcleo.
—No está solo.
Adrián se tensó.
—El núcleo.
—No. Usted.
Christina miró a Nola.
—Qué ve.
La joven tragó saliva.
—Hay dos Ross alrededor de la pieza. Uno despierto. Uno soñando. Y el enterrado está escuchando desde Cementerio.
Adrián cerró los ojos.
—No ahora.
—No espera a que convenga.
Christina apretó la campanilla de hierro.
—Seguimos.
El corredor frío desembocaba bajo la parte trasera de Dulces sueños .
Al acercarse, la luz cambió. Ya no era el blanco de las farolas ni el amarillo de las lámparas bajas.
Era la luz cálida, rosa, infantil de la empresa.
Se filtraba por rendijas y rejillas de ventilación con olor a vainilla, ropa limpia y lluvia suave.
La peor clase de olor: el que intenta convencer al cuerpo de que no hay peligro.
Livia se detuvo ante la última puerta.
—Al otro lado está la zona de cabinas.
—Cuántas.
—Veinticuatro en planta baja. Seis privadas en sótano. Una sala de firma.
—Gente.
Livia escuchó. Se oían murmullos, llantos suaves, música de bienvenida y una voz comercial repetida con ternura: “Gracias por confiar en su descanso. Esta noche nadie sueña solo.”
Rhea Plass cerró los ojos, no por placer, sino por concentración.
—La integración debe de estar por encima de ochenta y cinco.
Adrián comprobó el lector.
—Ochenta y siete.
—Qué pasa en cien —preguntó Tersen.
Rhea abrió los ojos.
—La marca deja de pedir permiso.
Christina levantó la pistola.
—Entonces entremos antes de que se vuelva maleducada.
Evan abrió la puerta con una llave funeraria que no debería servir allí, pero sirvió. Algunas cerraduras antiguas recordaban propietarios anteriores mejor que los contratos modernos. La luz rosa los recibió como una caricia.
Y al otro lado, en el vestíbulo de Dulces sueños , más de cien vecinos esperaban turno en silencio perfecto, con los ojos abiertos y la sonrisa tranquila de quienes creen estar a punto de recuperar aquello que les robaron.
Sobre el mostrador, un cartel nuevo, escrito con la misma tipografía dulce de la empresa, anunciaba:
SESIÓN COLECTIVA DE BIENVENIDA AL SUEÑO
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