Ladrones de sueños 23 El dron capturado #3
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23 El dron capturado #3

Christina no intervino. La ruptura debía oírse.

Nared miraba el dron como si viera su propia teoría desmontada pieza por pieza.

Los estériles creían que los drones robaban sueños para alimentar a Dulces sueños .

Pero la verdad era mucho peor y más precisa: Dulces sueños había usado el hambre de sueños y de exterior para enseñar al sistema, al dron y quizá a la cosa del otro lado, qué forma debía tener una salida deseable.

No era simple robo, sino entrenamiento. Su dolor había sido materia prima.

—Kael no sabía esto —dijo Nared, pero sonó a pregunta.

Adrián siguió leyendo.

—Kael recibió una versión incompleta. Creía que OR-12 confirmaba extracción de sueños. La credencial R.P. ocultó el núcleo de barrido profundo y dejó una carcasa contaminada accesible bajo la sede. Kael desmontó la parte equivocada. Nosotros seguimos la parte equivocada.

Rhea habló con frialdad tras ese punto.

—Kael era brillante y emocionalmente fácil.

Nared se lanzó hacia ella, pero Tersen lo sujetó por la espalda antes de que llegara. Nared forcejeó, no como un fanático, sino como un hombre que acaba de descubrir que su rebelión fue guiada por la misma mano que odiaba.

—¡Lo utilizasteis!

—Sí —dijo Rhea, sin suavizarlo—. Y Supervisión lo habría retirado sin explicarle nada. Elijan a sus monstruos con menos romanticismo.

Christina se acercó y puso la pistola contra la sien de Rhea.

—Yo elijo por utilidad. Y la suya se está agotando.

Rhea cerró la boca.

El agente Darel, que vigilaba la puerta interior, llamó en voz baja.

—¡Hay algo aquí!

Christina fue hacia él. En el suelo, junto al túnel superior, había una lámpara apagada, una venda con sangre reciente y una placa exterior. La placa llevaba un nombre: IDENA SULL. Debajo, escrito a mano: médico de vigilia. Junto a la placa había una nota doblada, y Christina la abrió.

La letra era firme, rápida, escrita por alguien que sabía que quizá no podría volver:

“Si Veyr llega abajo, no dejen que lo conecten a puntos civiles. OR-12 ya no distingue entre salida y sueño de salida. La marca comercial ha contaminado el núcleo. El muchacho oyó su nombre desde el valle y corrió hacia las luces blancas. Voy tras él. No sigan si las campanas tocan dos veces. Si tocan una, es que aún sigo siendo yo.”

Christina guardó la nota.

—La médico fue tras el muchacho.

—¿Hacia dónde? —preguntó Tersen.

Nared señaló el túnel.

—Ese conducto sale por encima de la estación, junto a las farolas superiores.

El dron empezó a vibrar. Y las pequeñas campanas alrededor del núcleo tintinearon una vez. Solo una.

Todos se quedaron inmóviles.

Adrián metió una cuña aislante en el puerto y lo cortó antes de que volviera a sonar.

—No podemos dejar este núcleo activo.

—¿Puedes apagarlo? —preguntó Christina.

—Apagarlo sin más podría soltar las rutas que está reteniendo. Necesito extraer el módulo de barrido profundo y llevarlo al edificio de luz o a la biblioteca inferior, para aislarlo con la matriz Harrow. Pero si lo muevo, dejará de contener lo que esté respondiendo desde Cementerio y Aguas Frías.

—¿Tiempo?

—Poco.

Mallas intervino.

—Debe quedar bajo custodia de Supervisión.

Nared soltó una carcajada amarga.

—Claro. Para que lo entierren en otra sala y dentro de treinta años otra detective encuentre el manual de cómo nos mintieron mejor.

—Si lo dejamos en manos de los estériles, lo abrirán por idealismo.

—Si lo dejamos en manos de Dulces sueños , lo venderán por fases.

Christina golpeó la mesa con la palma de la mano.

—¡Se quedará conmigo hasta que deje de ser una bomba!

—No puede custodiar un núcleo de dron solo con una pistola —dijo Mallas.

—He visto a este valle custodiar el sueño de generaciones con lemas de pared. No me dé lecciones de métodos precarios.

Adrián levantó la cubierta del módulo con mucho cuidado.

El núcleo de barrido profundo era más pequeño de lo esperado: una pieza cilíndrica de metal oscuro, rodeada de filamentos, con una superficie que parecía humedecerse y secarse al ritmo de señales internas.

Dentro, bajo el cristal, parpadeaban puntos de luz como rutas diminutas.

—Necesito manos estables.

Livia soltó la cuerda de Rhea solo lo justo para asegurarla a una anilla de pared y se acercó.

—Yo he desmontado cabinas.

—Esto no es una cabina.

—Las cabinas eran como esto, pero con música suave.

Adrián aceptó y trabajaron juntos. Christina vigiló a Rhea, a Nared, a la puerta interior y al dron, en ese orden variable que la supervivencia reorganizaba cada segundo.

Tersen y Darel apuntaban al túnel. Mallas leía la nota de Idena Sull con expresión cerrada.

El zumbido del dron bajó cuando el módulo cedió y, durante un instante, todas las voces que podía imitar susurraron a la vez, pero no palabras, sino tonos familiares.

Christina oyó de nuevo a su madre. Tersen quizá oyó a alguien suyo, porque apretó el arma hasta blanquear los nudillos.

Nared lloró sin apartarse. Livia siguió trabajando. Adrián también.

—Ya casi está —dijo él.

Rhea susurró desde la columna:

—Si lo sacan, el muchacho encontrará el valle.

Christina la miró.

—¿Qué muchacho?

—El nacido fuera. El que no conoce sus cierres. El que ha soñado Ðawn’s Falł como un lugar donde todos duermen sin dolor. Él no viene a invadir. Viene a pedir lo que cree que aquí sobra.

—Sueño.

—Descanso.

La palabra tuvo un peso inesperado. No era salida ni invasión ni libertad. Descanso. Un muchacho criado fuera, en estaciones de vigilia, campanas, sal y miedo, podía imaginar el valle no como una cárcel, sino como un paraíso sin sueños. Cada lado deseaba del otro su mentira.

Adrián extrajo el módulo. Y el dron capturado murió en silencio.

No hubo explosión ni grito ni aparición.

Solo una vieja máquina dejando de fingir que respiraba.

Durante dos segundos, todos creyeron que quizá habían ganado algo, pero entonces la puerta interior se abrió desde el túnel, y una mujer apareció en el umbral, apoyada contra el marco, con un abrigo exterior empapado, el cabello pegado a la cara, una herida oscura en el costado y una lámpara en la mano.

Tenía ojos humanos, cansados y furiosos.

Tras ella, en la oscuridad del túnel, se veía una luz blanca moverse.

—¡Cierren!

Tersen corrió hacia ella.

—¿Dónde está el muchacho?

Idena Sull escupió sangre sobre el suelo.

—Ya ha visto el valle.

Adrián envolvió el módulo contra su pecho.

—¿Qué significa eso?

La médico miró a Christina, luego a Rhea y después al dron muerto.

—Que ahora el valle también lo ha visto a él.

Desde Ðawn’s Falł llegó un murmullo enorme, no de miedo, sino de alivio colectivo.

Miles de cápsulas, quizá cientos, tal vez solo demasiadas, respondieron a una imagen nueva. Y en todas las farolas blancas del Camino de Aguas Frías apareció al mismo tiempo un anuncio de Dulces sueños que nadie había contratado:

DESCANSA

AQUÍ NADIE TIENE QUE SOÑAR SOLO