23 El dron capturado #2
—La marca prende mejor cuando ya la han pronunciado con miedo.
Christina se puso en pie.
—¿Dónde está esa nave de mantenimiento?
Veyr señaló hacia la ladera, a una línea lateral apenas visible entre rocas.
—Bajo la estación. Por drenaje. Hay compuertas manuales. Si van, deberán ir con lámparas y sin personas que quieran ver a los suyos.
Sam lo entendió antes de que Christina dijera nada.
—No me dejes abajo.
—Te quedan en los Depósitos.
—Si ese dron repite rutas y el núcleo necesita un testigo, seré útil.
—Eres el hijo del que acaba de bajar.
Veyr habló, sin mirarlo directamente.
—Tiene razón.
Sam se volvió hacia él con dolor.
—No empieces tú también.
—Si subes queriendo confirmar que soy tu padre, el camino te dará un padre mejor que yo.
—No quiero eso.
—Todos quieren algo mejor cuando les duele lo suficiente.
Christina tomó la decisión.
—Sam se queda en Depósitos con Jaro y dos estériles. Controlan lecturas, reparten anclas y no dejan subir a nadie. Veyr se queda en la cámara de sal hasta que volvamos.
Sam abrió la boca para protestar, pero Veyr negó con la cabeza.
—Si necesito que me reconozcan, será cuando no haya luces blancas cerca.
—Y si no vuelvo —dijo Christina—, no lo reconocerá nadie sin Evan, Nola, sal y lámpara.
Sam comprendió lo suficiente para callarse.
—Esto no me gusta.
—Bien. Las buenas decisiones son escasas.
Nared se adelantó.
—Yo subo. Conozco el drenaje.
Christina lo miró. Después de lo ocurrido con las farolas, excluirlo podría hacerlo más peligroso que llevarlo. Además, necesitaban un guía de los tramos que Kael había descubierto.
—Sube. Si vuelves a mirar una luz blanca, te tumbaré yo misma.
—Lo de Sam fue suficiente.
—No confíes en que yo use una caja.
Mallas insistió en subir por autoridad y por miedo a que el núcleo de OR-12 confirmara responsabilidades que Supervisión preferiría controlar.
Tersen subió porque Christina necesitaba a alguien armado que no fuera solo ella.
Adrián era imprescindible para leer el núcleo.
Livia subía por conocimiento de las marcas comerciales y porque Rhea debía ir donde pudiera ser útil o peligrosa bajo vigilancia.
Rhea, atada, sería llevada también, con una cuerda doble y la amenaza explícita de quedarse sin rodillas si tocaba el agua negra otra vez.
Veyr, contra lo que todos esperaban, no subiría.
Había gastado demasiadas fuerzas cruzando el umbral y su implante exterior empezaba a oscilar con las farolas blancas rotas.
Lo llevaron a la cámara de sal de los Depósitos, una sala inferior, seca, con paredes recubiertas de cristales blancos, antiguamente usada para conservar herramientas, cuero y comida para el invierno.
Sam lo acompañó con una lámpara y no le llamó padre.
Eso fue quizá lo más valiente que hizo en toda la noche.
Antes de cerrar la puerta de la cámara, Veyr entregó a Christina una campanilla de mano de hierro forjado.
—Si el núcleo repite una voz que les gusta, toquen esto una vez. No dos. Dos es llamada. Una es regreso.
—¿Quién ideó esa norma?
—Gente que tocó dos veces, supongo.
Christina guardó la campanilla en el bolsillo del abrigo, junto a los expedientes.
El resto de la patrulla emprendió la subida por el drenaje lateral: Christina, Tersen, Adrián, Nared, Mallas, Livia, Rhea y un agente de vigilancia llamado Darel, joven, de rostro estrecho y miedo bien administrado.
El acceso no parecía un camino, sino una cicatriz de ingeniería abandonada: canales de piedra para evacuar agua de deshielo, compuertas herrumbrosas, escaleras de mantenimiento cubiertas de hielo, marcas rojas casi borradas y placas antiguas que advertían de caídas, presión y sueño de agua.
La documentación de las viejas infraestructuras se mezclaba allí con superstición de montaña: cadenas para sujetarse en niebla, clavos en los postes para colgar lámparas bajas, cuencos de sal bajo respiraderos, campanillas oxidadas junto a cada compuerta y pequeñas cruces sin religión clara talladas en la madera.
Nared conocía tramos porque Kael los había explorado en secreto.
Mallas conocía otros por planos que nunca había usado en persona.
Entre ambos se odiaban lo suficiente para corregirse sin complacencia, lo cual resultó útil.
A mitad de subida, la farola blanca más cercana se apagó sola y todos se detuvieron.
—Eso no me gusta —dijo Tersen.
—Cuando algo blanco se apaga, suelo dar las gracias —respondió Nared.
Adrián levantó el lector.
—No se ha apagado. Ha cambiado de frecuencia. Ya no ilumina de forma visible.
Christina bajó la vista al suelo. Las sombras de sus cuerpos seguían ahí, bajo las lámparas, pero había un brillo leve en los bordes de las piedras, una fosforescencia húmeda.
—Lámparas más cerca del suelo —ordenó.
El agente Darel obedeció y Rhea sonrió.
—Aprenden rápido.
Livia le dio un tirón de cuerda.
—Camine más despacio.
—Me va a dislocar las muñecas.
—Eso entra dentro del plan si hace falta.
Rhea no volvió a hablar.
Llegaron a la nave de mantenimiento por una puerta lateral casi enterrada bajo nieve vieja y sucia.
No era una nave grande, sino una construcción de hormigón y madera reforzada, usada antiguamente para guardar herramientas de compuertas, trineos de carga, cables, piezas de torre y equipos de ruta.
En la puerta había tres cierres: uno mecánico, uno de barra y otro hecho con una cadena enrollada en sal endurecida.
Sobre la chapa, alguien había escrito con pintura negra: NO AbrIR SI CANTA .
Debajo, con otra letra más reciente: NO AbrIR SI CALLA DEMASIADO.
—¿Qué hacemos si hace una cosa intermedia? —murmuró Tersen.
Christina apoyó el oído en la puerta. Dentro se oía un zumbido bajo e irregular, acompañado de chasquidos eléctricos y de algo que parecía respiración a través de un altavoz bajo el agua.
Adrián pasó el lector.
—Núcleo activo.
Mallas sacó la llave de las compuertas.
—Abrimos lo justo para entrar y cerramos detrás.
—No —dijo Christina—. Primero el protocolo.
Nared esparció sal en el umbral. Livia colocó dos lámparas bajas a ambos lados de la puerta.
Tersen preparó el arma. Christina sacó la campanilla de Veyr pero no la tocó.
Mallas abrió el cierre mecánico. Nared cortó la cadena de sal con una herramienta.
La barra cedió con un ruido que pareció despertar a todo el edificio.
Dentro, la nave estaba fría y llena de sombras antiguas. Olía a ozono, aceite quemado, nieve sucia, cable caliente y manzana podrida. En el centro, colgado de una estructura de poleas, estaba el dron capturado.
OR-12 no parecía ya un aparato de vigilancia, sino un insecto abierto por manos cuidadosas y crueles.
El aro exterior estaba roto en dos puntos, las hélices desmontadas, el vientre técnico expuesto, los módulos neuroeléctricos sujetos con abrazaderas, cables conectados a baterías de estación, placas de barrido profundo palpitando bajo una cubierta transparente y una serie de pequeñas campanas de hierro colgadas alrededor para vibrar cada vez que la señal subía.
En el lateral aún se leía parte de la ruta original, ORIENTAL DOCE , pero encima alguien había pintado una línea roja y una palabra: RETENIDO .
Bajo el aparato, sobre una mesa, había cuadernos de la estación exterior, herramientas, mapas de retorno y tiras de tela con nombres tachados.
La médico de la que había hablado Veyr no estaba allí.
Tampoco el muchacho nacido fuera. Había señales de salida reciente: una taza volcada, sangre seca en una venda y huellas que conducían a una puerta interior.
—No estamos solos —dijo Christina.
El dron habló entonces, imitando la voz de Marek.
—Café recién hecho. Dos azúcares para quien no quiera admitir que tiembla.
Tersen cerró los ojos durante un segundo.
El dron cambió de voz. Y esta vez fue Evan.
—Los muertos pesan menos cuando aún esperan un nombre.
Livia se llevó una mano a la boca. Rhea observaba con fascinación, pero sin sorpresa.
Christina tocó una vez la campanilla de hierro.
El sonido fue seco, feo y humilde. Y las voces se cortaron.
El núcleo del dron palpitó bajo la cubierta. Después Adrián se acercó con el lector, acompañado de Christina.
—No lo conecte a su cápsula.
Trabajó con pinzas, aislando un puerto lateral. La pantalla mostró códigos en cascada:
OR-12
BARRIDO PROFUNDO
RUTA EXTERIOR
COMERCIAL COMPATIBLE
CEMENTERIO
AGUAS FRÍAS
SUEÑO GUÍA
Después apareció una lista de identificadores. Algunos eran del valle: Nola Venn, Mina Vey, Adrián Ross, Kael Ormun, Rhea Plass. Otros pertenecían al exterior: Veyr Domas, Idena Sull, Laro Emet-Ext. Christina señaló los dos últimos.
—¿La médico y el muchacho?
—Probablemente.
—¿Y dónde están?
Adrián siguió la lectura.
—No lo sé. Pero sus señales estuvieron conectadas al núcleo hace menos de una hora.
Nared revisó la puerta interior.
—Hay arrastre hacia el túnel superior.
—No abra —dijo Christina.
El dron volvió a hablar, esta vez con la voz de Sam.
—No lo dejes fuera otra vez.
Christina tocó la campanilla una vez y volvió el silencio.
—Está aprendiendo rápido —dijo Rhea.
—Usted también puede aprender a callarse.
Adrián encontró el registro principal.
—Aquí está lo importante. OR-12 recibió una actualización comercial antes de desaparecer desde Dulces sueños , credencial senior.
Livia miró a Rhea y esta sonrió, pero la sonrisa era tensa.
—La credencial puede clonarse.
—No así —dijo Livia—. Las senior dejan firma de sesión.
Adrián leyó.
—Operadora R.P. Paquete de prueba: “Retorno Exterior Seguro”. Objetivo: inducir sueño de salida controlada en sujetos estériles seleccionados. Compatibilidad con duelo, claustrofobia generacional, deseo de exterior y rechazo a Supervisión.
Nared retrocedió como si el suelo cediera bajo sus pies.
—Nos vendieron la salida.
—No la vendimos —dijo Rhea—. La ensayamos.
Livia la empujó contra una columna.
—¡Con nosotros!
—Con quienes ya estaban intentando abrir. No finjan ahora pureza.