Ladrones de sueños 16 El desván olvidado
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16 El desván olvidado

La puerta del archivo inferior no cedió de golpe, porque las cosas que llevaban demasiado tiempo cerradas en Ðawn’s Falł, rara vez se abrían con la honestidad de una rotura clara.

Primero crujió en la parte baja, donde la humedad había hinchado la madera y la sal había dejado costras blancas en las bisagras; después se astilló junto al pestillo, pero no hacia fuera, como habría hecho una puerta empujada por hombres normales, sino hacia ambos lados a la vez, como si el golpe viniera de dentro y de debajo, desde una presión que no entendía del todo la dirección correcta.

Christina mantuvo la pistola levantada, con Tersen a su derecha, Adrián a medio paso detrás y Sam tan pálido que parecía haber envejecido diez años desde que había prestado su nombre al Mercado de Grano.

Borek Vark, el reaparecido que llevaba una placa de muerto administrativo contra el pecho, permanecía entre ellos y la puerta como un testigo imposible, con las manos levantadas, los pies descalzos sobre el suelo de piedra y los ojos clavados en la madera que empezaba a romperse.

No había atacado. Tampoco había intentado huir.

No había suplicado. Y eso obligaba a Christina a tratarlo como algo más complejo que una amenaza y mucho más impredecible que una víctima.

Del otro lado del archivo inferior seguían llegando golpes, arañazos, respiraciones y una nana tatareada, repetida con la paciencia de quien no canta para dormir a nadie, sino para recordar a los vivos que la voz aún existe después de que el registro la haya borrado.

—Tersen —dijo Christina, sin apartar la vista de la puerta—, saque a la gente de la plaza. Aléjela.

—Ya están retrocediendo.

—Más lejos. Fuera de las calles que dan al mercado.

Tersen hizo una seña a uno de sus agentes, que salió corriendo hacia la entrada principal.

Al otro lado de las puertas del Mercado de Grano, la multitud empezaba a dispersarse con la torpeza de quien no sabe si está desobedeciendo una orden o salvándose de ella.

Algunos vecinos seguían mirando hacia dentro.

Nadie del valle sabía apartarse del lugar donde el miedo estaba adquiriendo un nombre y una forma.

Christina entendía esa debilidad porque también la sufría: uno mira la grieta, pero no por valentía, sino porque la parte más antigua del cuerpo, quiere aprender la forma de lo que puede matarlo.

—No podemos quedarnos aquí —dijo Adrián.

Christina lo miró de reojo.

—Ahora que lo dices tú, parece casi sensato.

—No es ironía. Si esa puerta se abre del todo, no sabemos lo que saldrá. Si la cerramos a tiros, quizá rompamos algo que está haciendo de compuerta. Si se trata de retirados vinculados a registros antiguos, necesitamos saber cómo se contenían.

—¿Y eso dónde lo aprendemos? ¿En un folleto de Dulces sueños ?

Borek Vark habló antes de que lo hiciera Adrián, y su voz sonó áspera y rota por la sal, pero consciente.

—En la casa de Harrow.

El nombre cayó sobre el Mercado como una herramienta pesada. Sam se volvió hacia él, con los ojos vidriosos.

—Harrow Venn.

Borek asintió lentamente.

—Antes de que lo retiraran. De que lo convirtieran en patrón. Antes de que vendieran su jaula como un bonito sueño. Tenía una casa junto al callejón de las hilanderas. Arriba. No abajo. Lo importante lo escondió arriba, porque todos buscaban sótanos.

Adrián se quedó inmóvil. Christina recordó la casa de Nola, y la cámara de secado, donde la joven se había escondido, los muñecos de vigilia mirando a la pared, el espejo cubierto, la frase NO PRENDIÓ escrita desde dentro del vidrio, el cuaderno funerario donde aparecía el nombre de Harrow como registro de sueño y no como identidad civil.

La casa de Nola era descendencia de esa línea.

La casa de Harrow podía ser la misma, o una parte cerrada de ella, o un piso superior olvidado que nadie había revisado, porque todos estaban demasiado ocupados mirando hacia conducciones, túneles, sótanos y cámaras de sal.

En Ðawn’s Falł, el miedo había tenido siempre una dirección descendente: lo enterrado, lo sepultado, lo que la Ruptura cubrió, lo que dormía debajo.

Harrow, si había sido tan inteligente como empezaban a sugerir sus restos, habría hecho justo lo contrario.

La puerta del archivo inferior golpeó otra vez. Una astilla saltó y cayó a los pies de Borek. Desde dentro, una voz de hombre preguntó con demasiada educación:

—¿Ya es mañana?

Nadie contestó.

Borek cerró los ojos.

Christina tomó una decisión, sin sentir en realidad que la eligiera del todo.

El Mercado de Grano no podía resolverse a ciegas, a tiros ni con Mallas recitando protocolos.

Necesitaban documentos, instrucciones, algo escrito antes de que la administración aprendiera a llamar “retirados” a los vivos incómodos y “patrones” a las personas convertidas en herramientas. Necesitaban el desván de Harrow.

—Tersen, selle esta sala sin entrar en el archivo. Que nadie toque la puerta ni responda voces. Nadie reconocerá nombres. Si la madera cede, retroceden, no disparan salvo un ataque físico claro.

—¿Y si salen?

Christina miró a Borek.

—Les pregunta qué soñaron cuando dejaron de estar en la lista.

Tersen no parecía satisfecho con aquella instrucción, pero tampoco tenía otra mejor que contraponer. En dos noches había pasado de exigir documentos a aprender normas que sonaban a superstición de cocina. Quizá eso lo mantenía vivo.

—¿Quién va con usted?

—Adrián. Sam. Livia, si aún no ha huido. Y Borek.

Tersen abrió mucho los ojos.

—¡Ni hablar! ¡Ese hombre es un reaparecido!

Borek soltó una risa breve y desagradable.

—Y usted un vigilante. Todos tenemos defectos.

—¡No sale de aquí!

Christina se acercó a Tersen.

—Borek conoce la casa. O cree conocerla. Harrow ocultó algo que podría servir para cerrar esta puerta sin convertir el Mercado en una carnicería. No voy a pasear a un reaparecido por la plaza. Lo sacaremos por la puerta lateral, con un arma encima y sin exhibicionismos.

—Mallas lo querrá en custodia.

—Mallas quiere muchas cosas.

—Si ataca a alguien...

—Lo abatiré.

Borek la miró, no ofendido, sino casi aliviado por la claridad.

La puerta del archivo inferior volvió a crujir. Brida, que hasta entonces había estado intentando bloquear desde la consola la convocatoria residual de los puntos, se acercó con el rostro tenso.

—Puedo poner las cabinas en sueño frío. No cerrará la puerta, pero reducirá la lectura del archivo. Quizá les haga perder algo de fuerza.

—¿Riesgo? —preguntó Christina.

—Que también reduzca a Borek.

Todos miraron al reaparecido y él se tocó la placa R-SUEÑO/00 con sus dedos negros.

Brida ejecutó la orden. Las cabinas del Mercado emitieron un zumbido bajo, y el aire se volvió más frío.

Borek se tambaleó, pero sin llegar a caerse.

Del archivo inferior llegó un gemido colectivo, no de puro dolor, sino de protesta apagada.

La nana dejó de sonar. Christina aprovechó ese silencio como se aprovecha una pausa entre dos olas.

Salieron por la puerta lateral del Mercado de Grano.

Fuera, la plaza ya estaba casi despejada, aunque las ventanas seguían llenas de miradas.

Tersen se quedó al mando del punto central con Brida y dos agentes.

Mallas no había llegado aún, o quizá estaba decidiendo desde el edificio de la luz qué parte de la verdad podía permitirse perder.

Christina no lo esperó. Livia apareció junto a la esquina con los documentos de Dulces sueños bajo el abrigo y cara de haber escuchado más de lo que deseaba.

—Voy —dijo, antes de que Christina le preguntara.

—No he dicho que pudiera.

—Harrow fue usado por mi empresa. Si hay registros de matriz, contención o inversión, sabré reconocerlos.

—O esconderlos.

—También.

La sinceridad brutal se estaba volviendo una moneda frecuente aquella noche.

Christina asintió. Caminaron por calles secundarias, evitando las zonas donde los vecinos aún se retiraban a sus casas.

Sam iba delante para elegir zonas menos visibles.

Borek caminaba en el centro, escoltado por Christina y Adrián, con una manta gris sobre los hombros y los pies desnudos, dejando marcas húmedas sobre la piedra.

A cada pocos metros, algún gesto antiguo del valle se les cruzaba: una puerta con sal en el umbral, una cuchara doblada colgando de un picaporte, tijeras abiertas bajo una ventana, una camisa de niño clavada del revés en un marco interior, espejos cubiertos con manteles, cuencos de leche agria dejados junto a escaleras, como ofrenda para que “lo de abajo” bebiera al subir.

Christina había visto esas costumbres durante toda su vida como restos de una ignorancia doméstica, manías de abuela y cultura de aislamiento.

Ahora empezaban a parecer instrucciones degradadas, pequeños protocolos populares sobreviviendo sin un manual técnico.

—Las tijeras —dijo Livia, señalando una ventana—. Mi abuela también las ponía.

—Para cortar las pesadillas —murmuró Sam.

Borek negó con la cabeza.

—Para recordar a las manos que seguían siendo manos al despertar. Antes de los controles, algunos se levantaban sin reconocer ni siquiera sus dedos.

Nadie preguntó más.