Ladrones de sueños 13 Adrián Ross #3
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13 Adrián Ross #3

Llegaron a la sala de control secundaria.

Mallas estaba allí, hablando con Brida Senn, una mujer de unos treinta y cinco años, pelo corto, manos manchadas de grasa y ojos rojos de no dormir.

En el centro de la sala, varios monitores mostraban rutas aéreas, estado de farolas, lecturas de cápsulas por sectores y alarmas superpuestas.

Brida se volvió al ver a Adrián y su rostro se llenó de alivio y culpa a partes iguales.

—No deberías haber venido.

—Eso ya no funciona como advertencia —respondió Christina.

Mallas miró a Adrián y luego a ella.

—Tenía una instrucción muy clara.

—Y yo una niña con una palangana negra. Empatamos.

—Ross debía venir después.

—Ross ya estaba aquí antes que nosotros, según la red.

Brida se acercó a una consola.

—La copia de su cápsula ha entrado por el canal de emergencia. No sé cómo, pero usa credenciales de operador y patrón Harrow como respaldo. Está intentando acceder a la guía de luz de rutas inferiores.

Adrián se colocó frente a la pantalla y, por un instante, Christina vio al verdadero encargado de la luz: no el sospechoso ni el idealista ni el hombre que quería soñar, sino el técnico que conocía el pulso nocturno del valle mejor que nadie.

Sus dedos se movieron sobre el teclado hasta que Christina le agarró la muñeca.

—No toque hasta que sepamos que no está reforzando la copia.

—Necesito aislarla.

Brida intervino en ese punto.

—Puedo poner la consola en sombra. Él dicta y yo ejecuto.

Christina miró a Adrián.

—Dicta entonces.

Adrián asintió.

—Abrir mapa de rutas m inferiores. Mostrar señales no asociadas a dron físico. Filtrar por identificador Ross, excluir cápsula local.

Brida tecleó. En el mapa apareció un punto blanco moviéndose desde la escuela hacia el edificio de luz, pero no por las calles. Por debajo. A través de conducciones, nodos antiguos y líneas de drenaje.

Tersen se acercó.

—Se mueve por debajo de nosotros.

—No es una persona necesariamente —dijo Brida—. Puede ser señal.

Christina recordó la cámara de Dulces sueños , las huellas que bajaban y los conductos de sal.

—O puede ser una persona llevando una señal.

Mallas, que hasta entonces había observado en silencio, habló:

—Ormun está en el nivel de baterías.

Adrián se volvió.

—¿Lo conectaron a la matriz?

—Lo estabilizamos.

—Eso no responde.

Brida miró a Mallas con horror.

—Dijo que era un puente seguro.

Adrián se soltó de Christina sin brusquedad.

—Kael está actuando como resistencia de una ruta corrupta. Si lo conecta a baterías y la copia entra por la línea inferior, podrá usarlo para acceder al bus de emergencia.

Mallas no perdió compostura, pero su silencio fue suficiente confesión.

Christina sacó la pistola.

—Llévenos al nivel de baterías.

—No entiende lo que intentamos impedir —dijo Mallas.

—Entonces explique una sola cosa sin convertirla en lápida.

Mallas se acercó a ella, por primera vez con algo parecido a furia.

—Intentamos impedir que el valle sueñe de golpe.

La sala quedó inmóvil.

La frase no revelaba todo, pero rompía una pared invisible.

Los operadores que fingían no escuchar dejaron de fingir.

Tersen miró a Mallas, como si al fin hubiera recibido una respuesta y la odiara por llegar tarde.

Adrián cerró los ojos, no de sorpresa, sino de dolor: la hipótesis que había rechazado y deseado a la vez, acababa de salir de la boca del sistema.

—¿Por qué? —preguntó Christina.

Mallas bajó la voz.

—Porque la última vez que ocurrió, la Ruptura no empezó en la montaña, sino en las camas.

Nadie respiró durante un instante.

Christina guardó esa frase sin permitir que le ordenara la conciencia. Aún faltaban piezas. Todavía podía ser una verdad usada como cadena.

—Nivel de baterías.

Un apagón parcial sacudió el edificio y las pantallas se quedaron negras, salvo una.

La maqueta del vestíbulo, visible a través del cristal de la sala, encendió de golpe todas sus rutas, incluso la veintiuno.

En los altavoces internos sonó una melodía infantil de Dulces sueños , deformada por interferencias.

Luego una voz masculina, reconocible y salada, habló desde el sistema de megafonía.

Era la voz de Kael.

—El sueño era pequeño —dijo—. Pero alguien está soñando mejor.

Adrián miró hacia el suelo.

—Está debajo.

Christina no esperó a Mallas. Salió de la sala con Tersen y Adrián detrás.

Bajaron por una escalera de servicio hacia el nivel de baterías, un sótano de hormigón donde el calor de los acumuladores contestaba con el frío húmedo de las conducciones antiguas.

La luz de emergencia parpadeaba en rojo y, al fondo, tras una puerta abierta, Kael Ormun estaba tendido en una camilla técnica, conectado a cables, con sal en la boca y electrodos en el pecho.

Junto a él, de pie, había una figura con abrigo de mantenimiento.

Brida, que aún estaba arriba, no podía ser.

La figura se volvió entonces.

Era Adrián Ross.

Pero no el Adrián que bajaba con Christina, pálido y vivo a su lado. Se trataba de otro. Alguien con su rostro. O una imagen lo bastante correcta como para que la mente tardara un segundo en rechazarla.

Tersen levantó el arma.

—¡Quieto!

El otro Adrián sonrió con una tristeza impecable.

—No disparen. Aún no sé si soy el sueño o el que despierta.

El verdadero Adrián dejó escapar un sonido roto.

Christina apuntó al rostro duplicado y sintió, con una claridad fría, que la investigación acababa de pasar de las máquinas a las identidades.

—Entonces vamos a averiguarlo —dijo.

Y, sobre sus cabezas, el edificio de la luz encendió todas las farolas del valle al mismo tiempo.