Ladrones de sueños 13 Adrián Ross #2
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13 Adrián Ross #2

—¿Qué era “un pequeño sueño”? —preguntó Christina.

—Una hipótesis de Kael. Creía que el peligro no estaba en soñar, sino en el sueño profundo desregulado.

Según él, si se inducía una imagen mínima, consciente, con la cápsula activa y sin apagar el barrido, se podía demostrar que la población conservaba capacidad onírica sin abrir nada peligroso.

Una imagen simple: una habitación, una luz o una persona recordada.

— Dulces sueños ya hace eso.

—No. Dulces sueños lo simula. Kael quería una imagen natural, no fabricada por cartucho ni vendida ni guiada por un paquete. Pequeña, pero natural.

—Y usó a Mina.

—No lo creo.

—Su nombre estaba en la libreta.

—Porque algunos niños presentan fugas espontáneas. Kael quizá estudiaba sus lecturas, no para utilizarla, sino para demostrar que el sueño natural aparece, aunque la red lo bloquee.

—Eso suena a la típica excusa que un idealista inteligente escribiría antes de hacer algo imperdonable.

Adrián apretó las manos sobre la mesa.

—Puede ser.

—¿Quién se ofreció para la prueba?

Él tardó y Christina no necesitó más.

—Usted.

—No recuerdo haberlo hecho.

Tersen entró un paso.

—Eso sí que es conveniente.

—No recuerdo haber aceptado ninguna prueba —dijo Adrián, más fuerte—. Recuerdo discutir con Kael. Recuerdo decirle que estaba forzando lecturas, que confundir deseo con prueba era peligroso. Recuerdo marcharme de una reunión en el taller de sal. Después... hay huecos. Lapsus.

Christina se inclinó hacia él.

—¿Qué huecos?

—Pequeños. Horas en las que creí haber trabajado solo.

Registros que aparecen firmados con mi clave y que no recuerdo.

Una noche desperté en el edificio de luz con barro en las botas.

Pensé que había salido a revisar repetidores y estaba demasiado cansado para recordarlo.

Otra mañana tenía olor a manzana en la ropa y creí que venía de un cartucho roto de Dulces sueños .

Desde hace semanas, al mirar ciertas farolas, sé si van a encenderse antes de que lo hagan.

Como si alguien me hubiera enseñado el orden mientras dormía.

Christina sintió que la irritación se desplazaba hacia una alerta más seria. No era inocencia. Tampoco una simple culpa.

—¿Por qué no lo dijo?

—Porque pensé que me estaba volviendo paranoico.

—En este pueblo eso es casi sentido común.

—Porque pensé que, si lo decía, Mallas me retiraría. O peor, Kael me diría que era prueba de que estaba cerca de recuperar algo.

—¿El qué?

Adrián levantó la vista y, por primera vez, no pareció técnico ni sospechoso ni colaborador dudoso, sino un hombre herido por una antigua ausencia.

—Un sueño propio.

La respuesta no era filosófica, sino física.

Christina lo vio reflejado en su cara: una vergüenza íntima, infantil, anterior a cualquier teoría.

Adrián no quería abrir dimensiones ni destruir el valle.

Quería saber si, al cerrar los ojos, había algo suyo al otro lado de la oscuridad impuesta y, precisamente por eso, había sido fácil de usar.

—¿Ha soñado alguna vez? —preguntó ella.

—No. O no lo recuerdo.

—¿Y ahora?

Él miró el lector.

—Desde hace tres noches despierto con una imagen que desaparece antes de poder verla. De fijarla en mi mente. Solo queda la sensación de estar junto a una gran masa de agua negra. No lo dije porque...

—Porque todos dicen siempre demasiado tarde lo único que importa.

La puerta del pasillo crujió y Tersen apuntó, pero no era nadie. Solo una corriente atravesando la escuela. Aun así, durante un segundo todos escucharon con atención, porque las corrientes no suelen oler a sal, pero la de esa noche sí.

Christina recogió el lector y lo acercó a la muñeca de Adrián sin tocarlo aún.

—Voy a comprobar tu cápsula.

—Si está anclada, acercar un lector no aislado puede reforzar la señal.

—Entonces dime cómo hacerlo sin reforzar nada.

Adrián suspiró, agradecido por una tarea.

—En modo pasivo y a una distancia de diez centímetros. Sin pulso de retorno. En el menú, diagnóstico, lectura fría y cancelar sincronización automática.

Christina siguió las instrucciones y la pantalla cambió. La señal de Adrián apareció duplicada. Una procedía de su muñeca, débil y fluctuante. La otra, más fuerte, venía desde fuera del edificio, desplazándose lentamente hacia el nordeste.

—Eso no es su cápsula —dijo ella.

Adrián miró la pantalla y palideció.

—Es una copia.

—Va moviéndose.

—Hacia el edificio de luz.

Tersen apretó la radio.

—Mallas traslada a Kael allí.

—No solo a Kael —dijo Adrián—. Si la copia de mi cápsula llega al edificio de luz y entra en el sistema principal, podrá usar mis permisos de operador.

—¿Qué permisos tiene?

—Iluminación automática. Sincronía de farolas. Acceso de emergencia a rutas aéreas desde consola secundaria. No a drones completos, pero sí a guía de luz.

Christina pensó en las farolas encendiéndose para algo que no estaba, en rutas adelantadas, en luces que guiaban máquinas ciegas, en todo el valle construido como una red de señales para que los drones supieran por dónde pasar y la gente cuándo cerrar los ojos.

Si alguien utilizaba a Adrián como credencial viviente, no necesitaba controlar todos los drones.

Bastaba con hacer que la ciudad les indicara mal el camino.

—Nos vamos al edificio de luz.

—¿Y Mina? —preguntó Tersen.

Christina miró hacia la cocina, donde los niños estaban siendo reunidos. La madre de Mina apareció en el pasillo, con la niña abrazada y una manta sobre los hombros. Mina parecía agotada, pero despierta. Y eso bastaba por ahora.

—Usted deja un agente aquí, sin técnicos, sin traslado. Si alguien viene a por la niña, no abra salvo que vuelva yo.

Tersen dudó un instante.

—Mis agentes también obedecen a Supervisión.

—Entonces elija al que peor obedezca.

El jefe de vigilancia la miró con una mueca casi involuntaria.

—Tengo uno.

—Perfecto.

Tersen dio instrucciones por radio a un agente llamado Luro, famoso, al parecer, por discutir formularios y perder sellos administrativos. En otra noche, Christina habría sonreído. Pero en aquella, la menor indisciplina parecía una forma de salvación.

Salieron de la escuela por la puerta principal.

El aire de la plaza alta estaba más frío.

La ruta de los drones seguía alterada, pero ya no pasaban tan juntos.

Eso no tranquilizaba; parecía más bien que algo había dejado de necesitar llamar la atención.

Las farolas de la calle hacia el edificio de luz se encendían antes de que ellos llegaran, una por una, con una cortesía mecánica demasiado exacta. Adrián se detuvo al verlo.

—No soy yo.

—Sigue andando.

—Christina, no soy yo.

—Lo sé. Por ahora.

El edificio de la luz se alzaba al final de la avenida de los Transformadores, una construcción de ladrillo gris, ventanas altas y tejado plano, levantada sobre la antigua central eléctrica que había mantenido vivo el valle durante los primeros inviernos del aislamiento.

No era un edificio público para visitas.

La gente pasaba frente a él como se pasa frente a una presa, un hospital o una cárcel: sabiendo que algo allí sostiene la normalidad y que esa dependencia conviene no examinarla demasiado.

Sobre la entrada principal, una placa oxidada decía: COORDINACIÓN DE ILUMINACIÓN Y RUTAS CIVILES .

Bajo la placa, pintado en blanco reciente, aparecía el lema de siempre : LUZ CORRECTA, DESCANSO SEGURO .

A Christina le pareció una amenaza escrita por alguien con buena caligrafía.

Antes de llegar, vieron el vehículo sanitario de Supervisión detenido frente a la puerta lateral. Dos agentes custodiaban la entrada. Uno de ellos tenía una venda en la frente y el otro miraba constantemente hacia las ventanas superiores. Tersen se identificó con un gesto rápido.

—¿Dónde está Mallas?

—Dentro, jefe. En la sala de control secundaria. Han llevado al técnico Ormun abajo.

—¿Abajo?

El agente tragó saliva.

—Al nivel de baterías. El señor Mallas dijo que era más seguro aislarlo allí.

Adrián se volvió hacia Christina.

—El nivel de baterías está conectado a la matriz de emergencia. Si la copia de mi cápsula entra por ahí...

—Puede saltarse parte de la consola.

—Sí.

Christina miró al agente.

—¿Ha entrado alguien más?

—Una técnico. Brida Senn.

—¿Voluntaria?

—Parecía asustada.

—Eso no responde.

—Aquí todos parecen asustados, señora.

Christina pensó que era una buena observación y entró.

El interior del edificio de la luz era una mezcla de central antigua, oficina municipal y sala de máquinas remendada durante décadas.

El vestíbulo tenía suelos de baldosa gastada, archivadores metálicos, mapas luminosos del valle y una vieja maqueta de las rutas nocturnas, con veinte pequeñas piezas suspendidas sobre calles en miniatura.

Al verla, Sam habría llorado o intentado corregirla.

Varias rutas estaban iluminadas en verde y otras en ámbar.

Cementerio aparecía en rojo. Oriental doce, apagada.

Pero, justo entre ambas, una línea blanca cruzaba el plano en diagonal: una ruta que no correspondía a ningún dron registrado.

—La veintiuno —murmuró Adrián.

—No diga nada que no pueda explicar.

—Solo sé que estaba en la torre baja.

Tersen llamó por radio a Mallas, pero no obtuvo respuesta.

Desde el fondo del edificio, llegó un ruido de golpes metálicos y voces superpuestas.

Christina avanzó por el pasillo principal.

A ambos lados, salas con paneles, operadores de luz y técnicos de guardia miraban pantallas, como si fingir concentración pudiera protegerlos.

Algunos se apartaban al ver a Adrián. Otros lo miraban con algo peor que sospecha: reconocimiento, y Christina lo notó.

—Todos le están esperando.

—O a lo que lleva mi nombre.

—Qué reconfortante.