2 Los veinte #3
—No te lo cuento por gusto, sino porque esta mañana, cuando retiraron al hombre de la cafetería, llevaba trozos de cristal bajo las uñas. No de la ventana. De un espejo.
Christina sintió una presión fría en la nuca.
—¿Lo viste?
—Marek lo barrió y yo guardé uno.
Sacó del bolsillo un fragmento diminuto envuelto en un trozo de tela y Christina lo tomó. Era un triángulo de cristal oscuro, con el reverso plateado corroído por la humedad. No parecía nuevo. En una esquina había una mancha marrón.
—Vete —repitió ella.
Sam salió y Christina esperó a oír sus pasos bajando la escalera antes de moverse.
Dejó el fragmento de espejo sobre la mesa, junto al cuaderno, y apagó la luz de la cocina.
El apartamento quedó bajo el resplandor mínimo obligatorio.
En la calle, los drones restantes siguieron pasando.
Catorce. Quince. Dieciséis. Christina ya no los observó desde la ventana.
Bajó las escaleras con cuidado, evitando los peldaños que crujían, y salió por la puerta trasera del edificio al callejón del Lavadero.
La noche del valle tenía una textura distinta cuando se caminaba dentro de ella en horario prohibido.
Las luces automáticas no estaban pensadas para acompañar peatones, sino rutas superiores.
Dejaban charcos de claridad y franjas de sombra entre edificios, y esas sombras parecían más densas por contraste.
Christina avanzó pegada a las paredes, no porque quisiera esconderse de las cámaras —sabía que era casi imposible—, sino porque el centro de la calle la hacía sentirse expuesta al cielo.
Llevaba la placa interior, la licencia y la pistola.
Con eso podía justificar una salida nocturna durante unos minutos, pero no durante una hora ni cerca de la Carretera Sepultada.
No si alguien decidía que el incidente de la mañana autorizaba preguntas desagradables.
Al cruzar junto al patio de la escuela, oyó voces infantiles detrás de una ventana.
No eran risas, sino murmullos. Una maestra decía algo con tono calmado, demasiado para aquella hora.
Christina se detuvo bajo el alero. La ventana estaba empañada, pero vio sombras pequeñas sentadas en fila.
Niños despiertos en horario de sueño. Eso era raro.
La escuela funcionaba también como refugio cuando había fallos de calefacción, enfermedades familiares o revisiones de cápsula.
Aun así, nadie mantenía a niños despiertos durante el paso de los drones salvo por una razón autorizada.
Una palabra llegó a través del cristal.
—Respirad.
Después otra voz, la de un niño.
—He visto agua negra.
La maestra respondió enseguida, casi con dulzura.
—No has visto nada. Solo estás cansado.
Christina siguió caminando. No podía entrar sin provocar alarma y todavía no tenía una pregunta que no sonara a locura. En la esquina de la calle Oblicua encontró dos agentes junto a una farola abierta. Uno hablaba por radio. El otro vio a Christina y apoyó la mano en la porra.
—Horario de descanso —dijo.
—Lo sé.
—Vuelva a su domicilio.
—Estoy trabajando.
—No hay autorización nocturna para investigadores privados.
Christina mostró su licencia sin acercarse demasiado.
—Esta mañana maté a un hombre en una cafetería. Si quieres discutir permisos, llama a tu superior y explícale que me has retenido mientras sigo una incidencia relacionada.
El agente dudó. Era joven, pero no tanto como para creer que las normas servían igual para todos los momentos. Su compañero bajó la radio y la miró con una expresión tensa.
—¿Ha visto algo?
Christina captó el error de inmediato. No dijo “qué hace aquí”, ni “qué incidencia”, ni “quién la ha enviado”. Preguntó si había visto algo.
—¿Debería?
El agente de la radio apretó los labios.
—Váyase a casa, Bequer.
—Cuando sepa por qué está abierta esa farola.
—Mantenimiento.
—¿De noche?
—Fallo de sincronía.
—¿Con qué?
Ninguno respondió. La farola abierta mostraba cables viejos, un módulo de control y una pequeña luz interna que parpadeaba en rojo. Christina se acercó un paso y el agente joven se interpuso.
—No puede estar aquí.
—Eso ya lo has dicho.
A lo lejos, sobre la plaza, pasó otro dron. Diecisiete. La luz de la farola abierta parpadeó al mismo ritmo que el aparato. Christina lo vio y los agentes también. Durante un segundo, los tres miraron la pequeña luz roja como si fuera un pulso.
—¿Cuántos han pasado? —preguntó Christina.
El agente joven tragó saliva.
—No llevamos esa cuenta.
Mentía mal. Su compañero, mayor y más cansado, apartó la vista.
—Vuelva a su casa —dijo—. Por favor.
El “por favor” pesó más que la orden. Christina entendió que ellos tampoco sabían lo bastante y que quizá por eso obedecían con tanta rigidez.
Continuó calle abajo sin correr y nadie la siguió.
Al doblar la esquina hacia los depósitos, el aire cambió.
Olía a metal frío, gasóleo, piedra húmeda y nieve lejana.
La Carretera Sepultada quedaba más allá, tras dos cercas y un tramo de almacenes cerrados.
No pensaba llegar hasta allí. No esa noche.
Solo quería ver si las luces del sector norte seguían el patrón del dron ausente.
Entonces oyó un golpe que venía de arriba.
Christina se pegó a una pared y levantó la vista.
Entre dos tejados, una sombra cruzó intentando no ser vista.
Durante un instante pensó que era el dron retrasado, pero no llevaba luz, no zumbaba de forma estable y se desplazaba con una oscilación irregular, como un objeto herido.
Algo metálico raspó las tejas del edificio contiguo.
Saltaron chispas. Después la sombra desapareció hacia los almacenes con un sonido de hélice ahogada.
Christina echó a correr. Atravesó el callejón de los toneleros, saltó una cadena baja y salió al patio trasero de un almacén de sal.
Las luces de la zona comenzaron a encenderse y apagarse sin orden.
En alguna casa cercana, un bebé empezó a llorar.
Otro dron pasó en altura, tal vez el dieciocho, quizá el diecinueve, pero Christina ya no pudo contarlos.
Al fondo del patio, junto a un muro cubierto de musgo, había una marca negra reciente en las piedras y varias tejas rotas.
Vio entonces una pequeña placa metálica desprendida y aún caliente.
Se agachó y la iluminó con la linterna de bolsillo.
No tenía ningún número visible, solo una línea de símbolos técnicos casi borrados y una palabra grabada bajo una capa de suciedad.
ATRAPASUEÑOS
Un ruido sonó al otro lado del muro y Christina apagó la linterna.
—¿Quién anda ahí?
No hubo respuesta. El patio quedó suspendido bajo el parpadeo irregular de las luces. Luego oyó una respiración al otro lado de la pared, alguien arrastraba los pies sobre grava, despacio, como si acabara de aprender a caminar o como si no quisiera despertar a algo dormido bajo el suelo.
Christina desenfundó la pistola.
—Sal con las manos visibles.
La respiración se detuvo y, durante un segundo no ocurrió nada.
Después, desde algún lugar del sector norte, una sirena comenzó a sonar.
No era la melodía de descanso ni la campana de mantenimiento.
Se trataba de una señal baja, intermitente y que Christina no había oído nunca.
Las ventanas se iluminaron una tras otra.
Las cerraduras automáticas se activaron en varias casas al mismo tiempo.
En los postes, las luces subieron hasta un blanco tan intenso que borró toda sombra del patio.
Y entonces, por encima de la sirena, desde el otro lado del muro, una voz desconocida susurró con absoluta claridad:
—No los contéis.
Hubo una carrera breve sobre la grava, un golpe contra una chapa y luego silencio.
Cuando Christina rodeó el muro, encontró el pasillo vacío, una puerta de mantenimiento abierta y, en el barro, tres huellas marcadas junto a una línea de aceite oscuro.
A lo lejos, los drones seguían sus rutas o fingían seguirlas.
El cielo estaba infectado de luces, pero por primera vez, Christina no quiso saber cuántas eran.
Al regresar hacia la calle principal, vio a los vecinos asomados detrás de las ventanas, pálidos, quietos, obedientes incluso en el miedo. Nadie preguntó ni hizo el amago de salir. Ninguno pronunció el número que seguramente todos estaban calculando.
En Ðawn’s Falł, los veinte habían dejado de ser una costumbre.
Esa noche parecían haberse convertido en una cuenta atrás.