Ladrones de sueños 2 Los veinte #2
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2 Los veinte #2

—No deberías estar aquí.

—Lo sé.

—Entonces vete.

—Falta el eco de la escuela.

Christina lo observó en silencio. Sam olía a lluvia, tabaco frío y sopa de col. Tenía las manos rojas por el frío y los ojos brillantes de miedo, pero no parecía borracho ni confundido.

—El tercer barrido ha sonado —dijo ella.

—Ha sonado aquí. No allí.

—Eso no tiene sentido.

—Por eso he venido.

Christina abrió un poco más y Sam entró sin esperar invitación, aunque lo hizo con esa cautela de los hombres acostumbrados a pedir disculpas incluso cuando tienen razón.

Se quedó junto al marco de la ventana, pero no demasiado cerca, y escuchó con la cabeza inclinada.

Christina cerró la puerta. En el rellano, las luces comunitarias zumbaban como insectos atrapados.

—Si vigilancia te encuentra fuera de casa —dijo—, tendrás problemas.

—Hoy ya hay problemas.

—Sam.

—Anoche conté veinte porque necesitaba contar veinte. Esta noche no voy a hacerlo.

Christina no respondió. El quinto dron cruzó sobre el Lavadero. La luz exterior subió un grado y después volvió a caer. Sam levantó una mano.

—Ese es el de la Cantera.

—Según tú.

—Según todo el que haya escuchado durante treinta años.

—Yo llevo escuchando treinta y nueve.

—Tú escuchas personas. Yo máquinas.

La frase no sonó arrogante, sino triste.

Christina dejó la pistola sobre la mesa, al alcance de la mano, y volvió a mirar el cielo.

Durante varios minutos, ambos permanecieron en silencio.

A través de las paredes se percibía la vida mínima del edificio: una tos, una tubería, el crujido de una cama, el murmullo de una madre reprendiendo a un niño que no quería dormir.

Luego pasó el sexto dron, más alto, con dos destellos blancos separados por un parpadeo rojo.

Sam cerró los ojos como si necesitara oírlo sin la interferencia visual.

—Ese sí —murmuró.

—¿Ves?

—Ese sí.

A Christina no le gustó la precisión de su alivio.

Se sirvió café frío en una taza limpia y no ofreció a Sam porque sabía que le temblarían más las manos.

Sobre la mesa, el cuaderno permanecía abierto por una página de tres semanas atrás.

En el margen había una frase escrita con letra más pequeña que el resto: “ La luz llega antes cuando sueñan los niños ”.

Christina no le preguntó qué significaba. Todavía.

—¿Por qué los cuentas? —dijo en cambio.

Sam tardó en contestar.

—Mi padre los contaba.

—Eso no me responde.

—En este pueblo casi nada responde. Solo se hereda.

—¿Y él por qué los contaba?

Sam miró hacia la calle y un reflejo azul le cruzó la cara, envejecida de golpe por la luz del séptimo barrido.

—Porque una noche, cuando yo tenía ocho años, dijo que habían pasado diecinueve.

Mi madre le llamó enfermo. Mi tío le dijo que se callara antes de asustar a los pequeños.

A la mañana siguiente, en el asilo, tres ancianos despertaron gritando con la boca llena de tierra.

No tierra metafórica, Christina. Tierra de verdad.

Entre los dientes. Bajo la lengua. En las uñas.

Los técnicos dijeron que habían sufrido una reacción al suplemento de descanso.

Cambiaron las cápsulas de todo el edificio y no se volvió a hablar del asunto.

Christina apoyó la espalda en la pared.

—Nunca me contaste eso.

—Nunca lo preguntaste.

—Investigué dos muertes en el asilo hace seis años.

—No fueron esas.

—¿Cuándo ocurrió?

—Hace cincuenta y dos.

Christina calculó mentalmente. Antes de que ella naciera. Antes de la reforma de los controles. Antes de que Dulces sueños abriera su local en la plaza. Antes de muchas cosas que el valle presentaba como eternas.

—¿Hay registro?

Sam soltó una risa breve.

—En Ðawn’s Falł hay registros de todo. Pero eso no significa que sigan existiendo.

El octavo dron pasó sobre la calle del Cementerio.

A esa distancia el zumbido llegó más apagado, casi absorbido por la niebla.

Christina observó cómo varias ventanas se iluminaban apenas al paso de la máquina, como párpados que se abrieran desde dentro.

Le molestaba que Sam hubiera venido y que su historia encajara demasiado bien con la inquietud de Marek, le molestaba haber matado esa mañana a un hombre que llevaba escrito en el pecho el nombre de la empresa de sueños y, sobre todo, le molestaba la necesidad creciente de mirar el cielo con la misma superstición que siempre había despreciado.

—Dices que anoche contaste veinte porque necesitabas contar veinte —dijo—. ¿Cuántos crees que pasaron?

Sam no se movió.

—Diecinueve.

La palabra no cambió el ambiente de la habitación, pero Christina sintió cómo se ordenaban alrededor de ella varios detalles sueltos: el retraso de las luces, la carpeta roja, la mirada del hombre del abrigo, los técnicos nerviosos, la pregunta del niño, el cadáver de la cafetería, la tira roja arrancada de la pared.

—¿Cuál faltó?

Sam señaló hacia el norte, sin dramatismo.

—El de la Carretera Sepultada.

Christina conocía esa ruta solo por los comentarios de la gente.

La Carretera Sepultada era el nombre que daban al tramo inferior del antiguo acceso al valle, una lengua de asfalto quebrado que desaparecía bajo los depósitos de roca de la Ruptura.

Estaba cerrada por alambradas, cámaras y advertencias de desprendimiento.

Los escolares visitaban una zona segura una vez al año para dejar flores de papel por los muertos de la avalancha.

Los adultos evitaban pasar cerca de noche.

No por miedo declarado, sino por sentido común, esa palabra que servía para enterrar casi todas las prohibiciones.

—¿Y si lo desviaron? —preguntó Christina.

—Los drones no se desvían nunca. Pasan por encima.

Eso era cierto. Duro, pero cierto. Un parto difícil, un incendio doméstico, una pelea en el barrio bajo, un entierro nocturno durante una tormenta: los drones continuaban sus rutas. La maquinaria del valle no se conmovía.

El noveno y el décimo pasaron con normalidad.

Luego el undécimo tardó más de lo previsto.

Sam empezó a contar en voz baja, no números completos, sino intervalos de respiración.

Christina tuvo que contener el impulso de mandarlo callar.

Algo en aquel conteo doméstico, casi infantil, hacía la espera más tensa.

Al fin apareció una luz blanca sobre los tejados de la funeraria, giró hacia la plaza y siguió la ruta habitual.

Sam exhaló. Christina también, aunque procuró que no se notara.

—Tienes que decírselo a alguien —murmuró él.

—Me lo estás diciendo a mí.

—Alguien que pueda abrir registros.

—Yo no abro registros. Los pido y me dicen que no.

—Pero preguntas de forma incómoda.

Christina miró su reflejo en el cristal.

No se veía como alguien capaz de salvar nada.

Se veía cansada, con el pelo demasiado revuelto, la camisa arrugada y la sombra del tiroteo aún pegada a la cara.

Había pasado años sobreviviendo a pequeños casos porque los grandes, en Ðawn’s Falł, no se investigaban.

Se administraban. Lo ocurrido esa mañana ya estaba siendo administrado.

Pronto habría una versión, un comunicado, quizá un funeral cerrado y tal vez una advertencia sobre las zonas altas.

El pueblo aceptaría la explicación si venía impresa con el sello correcto.

Siempre lo hacía. Nadie quería cargar con una verdad que no ofreciera una salida.

El duodécimo dron no apareció.

Al principio no hubo certeza, solo un hueco.

Pasaron los minutos esperados, después los de cortesía, después esos segundos adicionales en los que la mente se engaña y encuentra justificaciones: niebla espesa, viento alto, desvío, retraso, error de cálculo.

Sam dejó de contar. Christina miró el cuaderno, la calle, el cielo y otra vez el cuaderno.

La ruta correspondiente debía cruzar sobre el campanario sin campana y avanzar hacia el puente seco.

Las luces de esa zona se encendieron de todos modos.

Ese detalle heló la habitación más que la ausencia del aparato.

El valle preparó el camino para una máquina que no llegó.

—No —susurró Sam.

Christina abrió la ventana.

El frío entró casi como agua. Desde varias casas próximas llegaron pequeños sonidos: una contraventana movida con cuidado, una tos contenida, pasos detrás de un cristal.

Otros también habían notado el hueco. En la calle, las luces permanecían altas sobre un tramo vacío.

No había zumbido ni destello. No había sombra mecánica sobre los tejados.

—Puede venir tarde —dijo Christina, aunque no creyó en sus propias palabras.

Sam negó con la cabeza.

—El siguiente no espera.

Tenía razón. El decimotercero apareció casi de inmediato por el oeste, cumpliendo su ruta con una indiferencia perfecta. Pasó sobre las luces encendidas, sobre el hueco del anterior y el silencio de las ventanas. Su zumbido pareció más fuerte precisamente porque no llenaba el espacio correcto.

Christina cerró la ventana.

—Vete a casa.

Sam la miró como si no la hubiera entendido.

—¿Ahora?

—Ahora.

—Christina, faltan...

—No digas el número en voz alta.

La orden salió más dura de lo necesario.

Sam obedeció al instante. Ese obedecer confirmó lo que ambos sabían: había palabras que, pronunciadas durante la noche, dejaban de ser información y se convertían en llamada.

Christina tomó el cuaderno, arrancó una hoja en blanco del final y apuntó la secuencia con rapidez.

Luego guardó la pistola en la funda interior y cogió el abrigo.

—No abras a nadie.

—¿Adónde vas?

—A comprobar si soy tan idiota como para hacer caso a un viejo que cuenta zumbidos.

—No soy viejo.

—Entonces corre más para volver.

Sam no sonrió. Se dirigió a la puerta, pero antes de salir se detuvo.

—Cuando era niño, mi madre ponía un espejo boca abajo bajo mi cama las noches de niebla. Decía que si algo venía a buscarme mientras dormía, se encontraría a sí mismo primero y perdería tiempo escudriñándose.

—Sam.