Capítulo 3 - El primer examen médico
Josie
El sol está en lo alto y mi piel palpita suavemente bajo el aceite tibio que George ha pasado más de media hora extendiéndome con un masaje.
Sigo tumbada desnuda en la tumbona junto a la piscina, con las piernas estiradas y los brazos sueltos a los lados; los pechos se me mueven ligeramente cada vez que respiro más hondo.
Hoy los siento muy hinchados. Más sensibles de lo habitual.
Cierro los ojos y dejo que el calor me envuelva.
¿Adónde has ido, George?
Cuando los abro de nuevo, lo veo. Viene hacia mí con su paso tranquilo y elegante, el rostro relajado, los ojos claros como siempre. Pero hay algo en su forma de moverse, en el tono más grave de su voz cuando llega a mi lado.
—Cariño, un amigo mío ginecólogo está aquí en la villa. Me gustaría que te examinara. Ahora que se te está retirando la leche, quiero asegurarme de que estés bien en todos los sentidos. Nos espera en la terraza.
Lo miro sorprendida.
No me lo esperaba. Sin aviso, sin preparación.
El corazón me da un pequeño vuelco, pero hay algo más.
Un calor tenue en lo bajo del vientre. La idea de que se preocupe por mí, por mi cuerpo, por lo que ocurre dentro de mí...
me halaga. Nadie lo ha hecho nunca. Nadie me ha preguntado si de verdad estoy bien. Ni siquiera Charles.
—Voy a vestirme —murmuro mientras me levanto por instinto y me llevo las manos al pecho.
Pero George me detiene y me acaricia la espalda con calma.
—No, cariño. Ponte solo esto.
Me entrega un vestido blanco de verano, de una finura casi imposible. Lo cojo con las manos, vacilante. Sin ropa interior. Solo esa tela ligera y transparente, suave como una caricia.
—Arthur es médico, cariño. Ya verás. Serio, amable, competente. Con esto basta.
Trago saliva. Asiento.
Me pongo el vestido lentamente, sintiendo cómo la tela se desliza sobre los hombros y me roza los pezones, ya tensos.
Se mueven libremente bajo la tela. Cada paso me envía una pequeña descarga por todo el cuerpo.
Los muslos me tiemblan ligeramente mientras camino a su lado.
El corazón me late más fuerte. Tengo la garganta seca.
George me coge de la mano y me guía hacia la terraza.
Arthur ya está allí.
De pie junto a una camilla de exploración cubierta con una sábana impermeable azul. Lleva bata blanca, las gafas colgadas del cuello, los guantes ya puestos. A su lado, un maletín médico abierto. Veo instrumentos que no reconozco: metal pulido, frascos, una sonda larga, tubos de gel.
Se me acorta la respiración.
Arthur me tiende la mano con una sonrisa cálida y amplia que le arruga las mejillas.
Es un hombre viejo. Muy viejo. Pelo blanco y ralo, una barriga prominente bajo la bata, dedos gruesos embutidos en los guantes como salchichas metidas en plástico.
Ojos pequeños, casi velados. Pero me mira como si yo fuera un milagro.
—Aquí está. La paciente más encantadora que he tenido en mi vida.
Esbozo una pequeña sonrisa, pero por dentro algo se me tensa.
Un pequeño nudo, dulce e inquieto a la vez.
No sé muy bien qué esperar.
Pero George está ahí. A mi lado. Y si él no está preocupado... yo tampoco tengo por qué estarlo.
Arthur me indica con un gesto que me siente en la camilla, y obedezco, moviéndome despacio.
La sábana impermeable cruje bajo los muslos, desnudos y tensos.
Está fría. El vestido se me sube un poco y roza entre las piernas, dejando a la vista la piel desnuda por encima de las rodillas.
Noto los dedos cálidos de George acariciándome suavemente la espalda.
Arthur se coloca frente a mí como si esto fuera lo más natural del mundo. Me recorre con la mirada, despacio, pero sin agresividad.
—¿Algún dolor en el bajo vientre últimamente? —pregunta con tono casi paternal.
Niego con la cabeza.
—No. Nada raro.
Asiente.
—¿Alguna molestia en los ganglios? Aquí, en las axilas... o a los lados del cuello?
—No...
Noto sus dedos gruesos tocarme justo debajo de la barbilla, luego detrás de las orejas, luego bajo el brazo derecho.
El guante está frío, pero no es por eso por lo que me pongo rígida.
Es la forma en que lo hace. Lento. Seguro.
Como si ya conociera cada centímetro de mi cuerpo antes incluso de tocarlo.
—¿Y los pechos? Ahora que ya no das el pecho... ¿sientes tensión al despertar? ¿Tirantez? ¿Ardor?
Trago saliva.
—A veces... sí. Los noto llenos. Duros. Sobre todo por la mañana.
George me aprieta la mano ligeramente.
—¿Ves? Está bien que te revisen. Eres delicada. Necesitas que te cuiden.
Arthur coge el manguito del tensiómetro y me lo coloca en el brazo.
Me siento pequeña, expuesta. No llevo sujetador. Noto cómo los pezones me rozan la tela cada vez que respiro demasiado hondo. Él observa el indicador con calma, luego me mira a los ojos y sonríe.
—La tensión es normal. Pero tienes la respiración un poco acelerada.
—Es que... no me esperaba...
Me quedo callada. George me acaricia la nuca.
—Shh. Confía en él.
Arthur me coge la muñeca y la sostiene entre sus dedos regordetes; las mejillas se le tensan con concentración. Después coge el estetoscopio, me lo coloca primero sobre la clavícula y luego lo desliza más abajo, bajo la curva del pecho. El metal está frío y me estremezco.
—Todo bien —dice con calma—. Ahora túmbate, querida. Es solo una revisión general.
Me tumbo despacio, con las manos sobre los muslos y los hombros contra la sábana. El vestido se me sube de nuevo. Noto cómo tira por detrás. Me cubre cada vez menos. Instintivamente, busco los ojos de George. Pero él está relajado. Tranquilo. Presente. Como si esto fuera lo más normal del mundo.
Arthur se acerca y, sin decir palabra, coge los tirantes del vestido entre los dedos y los baja.
No despacio. No bruscamente. Con decisión firme e inquebrantable.
Arthur se inclina sobre mí, con los ojos entrecerrados y las manos grandes levantadas a la altura del pecho, como si estuviera a punto de manipular algo frágil pero familiar.
El vestido se me ha deslizado hasta la cintura, dejándome los pechos completamente expuestos bajo la suave luz de la terraza.
No digo nada. No puedo. Lo único que hago es mirar a George, buscando en su rostro una explicación que me calme, la confirmación de que todo es realmente como me dijo.
Y la encuentro. Está ahí, sereno, con esa media sonrisa, acariciándome el antebrazo con pequeños movimientos constantes, como si me estuviera consolando mientras otro me examina.
Arthur se acerca aún más, sin prisa, y clava sus ojos pequeños y hundidos en mis pechos con la atención de quien descifra un gráfico complicado. Guarda silencio un buen rato. Luego, con voz serena, casi amable, empieza a describir lo que ve sin mirarme a la cara en ningún momento.
—Las aréolas muestran una hiperpigmentación bien definida, forma redonda, márgenes limpios y buena turgencia. El tejido glandular parece compacto, y el pezón protruye aproximadamente un centímetro. La simetría es buena, y la reactividad ya es evidente, incluso en reposo.
Se me contrae el estómago. Su forma de hablar, la certeza, ese tono sereno que no cambia ni siquiera cuando levanta una mano y la desliza bajo mi pecho izquierdo para sostenerlo...
me confunde. Me paraliza. Noto su palma ancha.
Apenas me roza, pero basta para que se me tense la espalda, como si debiera reaccionar, decir algo, detenerlo.
Y sin embargo... George está ahí.
Arthur me levanta el pecho, lo estudia, lo gira ligeramente.
—Buena elasticidad. El peso es considerable para un estado típico de posdestete. La base es amplia y llena, y el pezón muestra una retracción mínima, señal de congestión no resuelta.
Congestión.
La palabra se me clava en la mente como una aguja.
Me siento observada, tocada, descrita.
Luego pasa al otro.
Mismo gesto. Misma lentitud. Mismo tono.
—El lado derecho está ligeramente más tenso. Posible estasis temprana. La piel es fina y bien vascularizada. Ya se aprecian ligeros trayectos venosos en la zona superior. Nada patológico, pero hay que vigilarlo.
Sus dedos se mueven ligeramente, con cautela, como si presionara puntos invisibles.
La sensación es difícil de explicar.
No es dolor. Ni siquiera placer. Es... pura incomodidad. Noto las mejillas ardiendo, los labios secos, las piernas rígidas mientras él sigue tocándome y hablando como si yo no existiera, como si mi cuerpo fuera solo un conjunto de datos por catalogar.
Entonces se detiene.
Se quita los guantes uno tras otro, despacio, con cuidado, la mirada aún clavada en mi pecho.
Los deja en la bandeja metálica, respira hondo y dice con voz aún más serena:
—Prefiero tocar directamente. Necesito sentir la temperatura de la piel, la reactividad muscular, la elasticidad del tejido. Es importante para obtener un cuadro hormonal completo y entender si todo progresa con normalidad.
Me pongo rígida. Lo miro.
George me aprieta la mano.
Su voz es cálida, amable.
—Lo estás haciendo muy bien, cariño. Deja que te revise. Es por tu bien.
Asiento sin decir nada.
Me siento pequeña.
Me siento desnuda. Completamente desnuda.
Y me pregunto cuánto durará este examen.
Y por qué George sigue sonriendo.
Arthur me sostiene el pecho con ambas manos desnudas, cálidas y fuertes a pesar de su edad, y lo levanta despacio.
Lo sopesa como si necesitara evaluar su calidad, luego lo aprieta desde abajo con sus pulgares anchos, comprimiéndolo con una presión gradual que me eriza la piel alrededor de la aréola.
Sus dedos se abren y cierran, siguiendo la forma suave y llena del tejido como si quisiera memorizar su textura.
Sigue hablando, pero cada palabra me llega un segundo tarde, amortiguada, como si tuviera la cabeza demasiado llena de sangre, vergüenza y algo que no quiero sentir pero de lo que no logro apartarme.
—Están demasiado hinchados, Josie. Tus pezones reaccionan de manera anómala. Como no estás amamantando, esto podría indicar una congestión seria. Necesito palparlos con cuidado.