CAPÍTULO CUARENTA Y TRES
Carmen
Hay lugares donde una se despierta sin saber si ha vuelto a la vida o solo ha cambiado de tipo de pesadilla.
Me despierto en el Saint Brigid, con una manta calentita hasta la barbilla, un monitor pitando a mi lado y Josie sentada en un sillón con la expresión de quien estaba dispuesta a pelearse físicamente contra la medicina moderna entera.
—Antes de que preguntes —dice, señalándome con un vaso de café—, Sloane está bien, Ethan está vivo, no he matado a nadie y eso, sinceramente, es una sucesión de milagros que nadie está valorando lo suficiente.
Me arde la garganta.
—¿Has llorado?
—No seas ridícula. —Se limpia la cara con la manga—. Solo he goteado por los ojos por motivos estratégicos.
Intento reírme. Duele. Me río igualmente.
Sloane aparece veinte minutos después, empujada en una silla de ruedas por el mismísimo doctor Adeyemi, con mascarilla, gorro amarillo y una indignación clínica perfectamente conservada.
—Me he enterado de que te han secuestrado y ni siquiera me has mandado un mensaje —dice—. Pésima hermana. Una estrella.
Tiene la voz débil, pero hay color en las mejillas. Hay vida metiéndose conmigo. Casi me derrumbo allí mismo.
—Mi móvil estaba ocupado grabando a dos delincuentes que confesaban delitos federales.
—Menuda excusa más sosa. Mejórala.
Y entonces extiende la mano, y yo se la cojo como si aún estuviéramos en el entierro de nuestro padre, dos niñas solas agarradas a la misma cuerda.
Solo que esta vez no estamos solas. Josie está a mi otro lado, dispuesta a morder a alguien.
Ethan está en la puerta, de pie como un hombre que todavía no se cree que tenga permiso para entrar.
Y detrás de él, Declan habla bajito por teléfono, con la voz cansada de quien ha pasado la noche entera ayudando a derribar monstruos.
Más tarde, cuando Sloane vuelve a su habitación y Josie sale a amenazar a una máquina expendedora que le ha robado un dólar, entra la mujer de negro.
La acompañan dos agentes federales.
Reconozco la cara antes de reconocer el miedo.
El vestido impecable ya no está. Ni los tacones, ni la sonrisa ensayada. Lleva pantalón oscuro, camisa blanca, un abrigo sencillo sobre los hombros. Parece más pequeña sin la armadura.
—Mara Voss —dice Declan, desde la puerta—. Ese es su nombre.
Mara.
No la mujer de negro. No la reclutadora. No un fantasma.
Una mujer.
—Tú me pusiste en aquel escenario —digo.
Ella acepta la frase sin pestañear.
—Te puse.
Ethan se mueve medio paso. Yo levanto la mano, sin mirarlo.
Se detiene.
Aun devastado, aun con la culpa metida hasta en los huesos, se detiene. Porque se lo he pedido sin palabras, y Ethan entiende de elección mejor de lo que entiende de paz.
Mara mira ese pequeño gesto. Algo se le rompe en los ojos.
—Tenía dieciocho años cuando Lawrence me encontró —dice—.
La deuda de mi madre, un hermano pequeño, un desahucio.
Una historia banal. A ellos les encantan las historias banales, porque la desesperación es fácil de catalogar.
Yo sobreviví a mi noche. Luego sobreviví a la segunda peor experiencia: descubrí que la red no solo destruía a las chicas que compraba.
A veces aprovechaba lo que quedaba de ellas.
Se me revuelve el estómago.
—Te convertiste en una de ellas.
—Me convertí en un engranaje —corrige, y la voz solo le falla al final—.
Cara limpia. Manos limpias. La mujer que les decía a las chicas dónde pisar, cuándo sonreír, cuándo no llorar.
Durante años me dije a mí misma que, quedándome cerca, podía reducir el daño.
Elegir compradores menos crueles. Avisar a una o a otra.
Esconder una carpeta. Copiar un nombre. Mentiras útiles. Mentiras cobardes.
—¿Y aquella noche?
—Aquella noche, cuando te vi, vi a la chica que fui.
Y cuando Ethan levantó la paleta, vi la primera grieta de verdad en cuarenta años.
—Traga saliva—. Ya llevaba tiempo dándole a Declan información a cuentagotas, pero no bastaba.
Lawrence siempre tenía una capa más. Cuando movió a Hitchmore para atraparte, lo entregué todo.
Cuentas, rutas, servidores, nombres de clientes, jueces, médicos, conductores, hoteles. Todo.
—Por eso me dijiste que no olvidara tu cara.
—Porque necesitaba que alguien me recordara como culpable y como testigo. Las dos cosas son verdad.
Me quedo mirándola demasiado rato.
El perdón es una palabra grande, pesada, demasiado bonita para aquella habitación de hospital con olor a antiséptico. No tengo esa palabra para dar. Hoy no.
—No voy a olvidar —digo.
Mara cierra los ojos, y parece aceptar la sentencia como si fuera misericordia.
Declan apoya el hombro en el marco de la puerta.
—La red se ha acabado —dice, y por primera vez desde que lo conozco, no hay ninguna broma esperando en la comisura de la boca—.
No es que haya caído. Ha sido aniquilada.
Servidores incautados, cuentas congeladas, propiedades precintadas, órdenes en tres estados, acuerdos cancelados antes de nacer.
Hitchmore ha intentado llamar a media Washington y ha descubierto que media Washington ya estaba fingiendo que nunca había cenado con él.
Lawrence está incomunicado. Mark canta más que un coro de iglesia porque le tiene miedo a Ethan, lo cual, personalmente, me parece sano.
Miro a Ethan.
No sonríe.
Todavía no.
Pero respira.
Y, en esa respiración, hay un comienzo.
Sloane manda un mensaje en ese mismísimo segundo.
Si estáis teniendo una conversación dramática sin mí, quiero acta oficial y también patatas fritas.
Josie responde en el grupo antes que yo.
Estás aislada, pequeña amenaza biológica. Vas a comer gelatina y a dar las gracias.
La respuesta de Sloane llega rápida.
Nunca negocies con una terrorista sin patatas fritas.
Me río. Me río hasta que me duele la costilla, hasta que se me llenan los ojos, hasta que Ethan cruza la habitación y se sienta a mi lado con cuidado, como si yo fuera porcelana e incendio al mismo tiempo.
No me coge la mano.
Deja la suya abierta sobre el colchón.
Esperando.
Que yo elija.
Pongo mis dedos entre los suyos.
Y, esta vez, no cuento las manchas del techo.
Cuento las manos que se quedaron.