La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO CUARENTA Y DOS
87%

CAPÍTULO CUARENTA Y DOS

Ethan

La puerta del almacén cede con un quejido de metal viejo.

Entro detrás de los federales, en contra de la orden expresa de todos ellos, y el mundo entero desaparece.

No existe almacén.

No existe operación.

No existe ley.

Solo existe ella.

Carmen está en el suelo, junto a un pilar, las manos atadas por delante del cuerpo, el pelo pelirrojo desparramado sobre el hormigón sucio como fuego en el sitio equivocado. Tiene sangre en la comisura de la boca. Rabia en los ojos. Vida.

Viva.

Hitchmore está doblado a unos pasos, sujetándose una parte de sí mismo que yo espero, con una satisfacción oscura y primitiva, que ella le haya destrozado.

Y mi padre está de pie bajo la única bombilla encendida, demasiado impecable para un hombre cuyo imperio acaba de quedar grabado confesando su propia podredumbre por un teléfono cuya existencia desconocía.

Por un instante, veo a mi madre.

No como fotografía.

No como fantasma.

Como la niña a la que nadie llegó a tiempo de salvar.

Entonces Carmen vuelve el rostro hacia mí.

Con la barbilla alta, incluso en el suelo.

Y eso casi me tumba más que cualquier bala.

—¡FBI! ¡Las manos donde pueda verlas!

El almacén estalla en gritos, botas, metal raspando el hormigón. De las sombras surgen hombres. Algunos sueltan las armas. Otros cometen la estupidez final de correr hacia el muelle.

No los miro.

No me importan.

Si uno de ellos se interpone entre Carmen y yo, caerá.

Declan pasa a mi lado como una cuchilla, derriba a un matón que intentaba alcanzar el lateral del almacén y lo inmoviliza contra el suelo con una eficacia brutal que me va a costar meses oyéndole fanfarronear.

Mark corre hacia la puerta trasera.

No llega.

Dos agentes lo estampan contra un contenedor. Cuando le vuelven la cara contra el metal, sus ojos cruzan los míos durante medio segundo.

Camino hasta él despacio.

Lo bastante despacio para que lo entienda.

Me agacho junto a su oído mientras un federal le sujeta las muñecas.

—Cinco semanas —le digo, tan bajo que solo lo oiga él—. La condujiste durante cinco semanas. Le abriste la puerta del coche. Viste su rostro en el retrovisor. Oíste su voz. Y aun así entregaste a Carmen a esos animales.

Intenta hablar.

Le agarro la nuca y le golpeo el rostro contra el contenedor una vez.

No lo suficiente para matar.

Lo suficiente para darle una lección.

—Reza para que tu acuerdo de delación sea generoso, hijo de puta. Porque, ahí fuera, solo va a haber un hombre esperándote. Y no va a ser un abogado.

Aparta la mirada primero.

Siempre la apartan.

Entonces Hitchmore se levanta y agarra a Carmen por el brazo.

El mundo se vuelve rojo.

No rojo de metáfora.

Rojo de muerte.

Cruzo el espacio que nos separa antes de que la orden, la ley o la prudencia me alcancen. Le embisto con el hombro, le arranco la mano del brazo de ella dedo a dedo y oigo algo crujir. Grita. El sonido no me satisface.

Nada va a satisfacerme.

Lo lanzo contra un montón de cajones. Cae con un ruido feo, pesado, indigno. Voy tras él, le agarro del cuello de la camisa y lo levanto lo suficiente para que sus pies casi despeguen del suelo.

—La has tocado.

La voz que me sale no parece humana.

Hitchmore abre la boca. Quizá para amenazar. Quizá para suplicar.

Le meto el primer puñetazo antes de averiguarlo.

La cabeza se le va hacia un lado. Aparece sangre en los dientes.

—¡Ethan! —grita alguien.

No sé quién.

No importa.

Golpeo otra vez.

Porque la parte de mí que pasó tres años estrechándole la mano a ese hombre en salones de mármol ahora quiere cerrar los dedos en su cuello y borrar cada mirada que se atrevió a posar sobre ella.

Cada pensamiento. Cada intención. Cada segundo en que creyó que Carmen era algo que se podía comprar, tomar, usar.

Atraigo a Hitchmore hacia mí, lo miro a los ojos y sonrío.

—¿Querías saber qué clase de hombre tenía ella a su lado?

Tiembla.

Bien.

—Este.

Mis dedos suben hacia su garganta.

Entonces Carmen dice mi nombre.

Solo eso.

—Ethan.

Me detengo.

Con los puños cerrados.

Con el pecho ardiendo.

Con el infierno entero pidiendo paso dentro de mí.

Pero me detengo.

Por ella.

Siempre por ella.

Suelto a Hitchmore como si fuera basura. Dos agentes se abalanzan y lo derriban contra el hormigón antes de que logre arrastrarse.

Me arrodillo delante de Carmen y saco la navaja del bolsillo. Me tiemblan las manos cuando corto la cinta de sus muñecas. Odio que tiemblen. Agradezco que aún sepan temblar.

—¿Estás herida?

Ella inspira, demasiado firme para alguien que casi ha sido destrozada.

—Estoy cabreada.

Se me escapa una risa rota.

—Eso sé reconocerlo.

Ella me toca la muñeca. Solo con la punta de los dedos. Lo suficiente para atarme mejor que cualquier esposa.

—Luego te derrumbas —susurra. Sus ojos suben por encima de mi hombro, hacia el hombre bajo la bombilla—. Ahora termina.

Tiene razón.

Claro que la tiene.

Me levanto.

Hitchmore intenta ponerse en pie, gritando sobre abogados, donantes, amistades en Washington, nombres que deberían asustar a una sala.

Dos agentes lo estampan de nuevo contra el hormigón antes de que termine la lista.

El último sonido que le oigo es un ladrido indignado preguntando si sabemos quién es.

Lo sabemos.

Ese es exactamente el problema.

Lawrence Van Alen no corre.

Los hombres como él nunca corren. Salen de los desastres igual que salen de las malas reuniones: ajustándose el puño de la camisa, recalculando las pérdidas, buscando a la persona más débil de la sala a la que echarle la culpa.

Pero aquí ya no hay personas débiles.

No esta noche.

Mira a los agentes que se acercan. Luego a Declan, que sostiene en alto, dentro de una bolsa de pruebas, el móvil todavía caliente sacado del forro del abrigo de ella.

La grabación.

La confesión entera.

Su voz. Su nombre. Cuarenta años de podredumbre dichos en voz alta porque una mujer atada en un suelo de hormigón supo exactamente dónde pulsar la vanidad de un monstruo.

—Has dejado que una cría destruya lo que llevabas cuarenta años construyendo —me dice.

Doy un paso hacia él.

—No. Tú construiste cuarenta años de crimen sobre chicas a las que nadie escuchaba. Carmen solo habló lo bastante alto.

Detrás de mí, siento su mirada.

No necesito volverme para saber que ahí hay orgullo.

Y eso casi me deshace en medio de un almacén lleno de federales.

Lawrence avanza un paso. Los agentes se mueven, pero él levanta las manos, como si aún dirigiera el ritmo de su propia caída.

—Siempre fuiste mi hijo más prometedor.

—Yo era tu herramienta.

—Eras mi legado.

La palabra choca contra mí y ya no encuentra sitio donde quedarse.

Encaro al hombre que me dio un apellido, una fortuna, una educación impecable y una vida entera de mentiras.

—Soy el hijo de Lucia.

Por primera vez en treinta y seis años, veo cambiar de verdad el rostro de mi padre.

La rabia, cuando aparece, es vieja.

Más vieja que yo.

—Lucia era una chica comprada.

El almacén enmudece dentro de mí.

No pienso.

No respiro.

Solo me muevo.

Uno de los matones, esposado en el suelo, ha dejado caer un arma cerca del pie de un cajón. La cojo antes de que ningún agente se dé cuenta. O quizá se dan cuenta. Quizá gritan.

No los oigo.

Solo oigo esa frase.

Chica comprada.

Chica comprada.

Chica comprada.

Cuando vuelvo a mirar a mi padre, el arma está en mi mano.

Y el cañón apunta a su frente.

El almacén entero se congela.

—Ethan —dice Declan, detrás de mí.

No lo miro.

Lawrence tampoco mira.

Me mira a mí.

Y sonríe.

Mi padre sonríe con un arma apuntándole al rostro porque, por primera vez esa noche, cree reconocerme.

—Ahí estás —murmura—. Ahí está mi hijo.

Mis dedos aprietan la culata.

—Cállate.

—No. —Da un paso mínimo hacia mí, y todos los agentes levantan las armas. Mi padre ni parpadea—. Mírate. Manos firmes. Ojos fríos. Listo para hacer lo que hay que hacer. Yo moldeé eso.

—Destruiste todo lo que tocaste.

—Te enseñé a sobrevivir.

—Compraste a mi madre.

—Y le di más de lo que el mundo le habría dado jamás.

La culata cruje en mi mano.

—La mataste.

—Lucia murió porque era débil.

Avanzo y empujo el cañón contra su frente.

Esta vez, deja de sonreír.

—Repítelo.

La voz me sale baja.

Mortal.

—Repite eso mirándome a mí.

Por un segundo, veo algo atravesar sus ojos. No miedo. Puede que Lawrence no sepa sentir miedo como las personas normales. Es otra cosa. Reconocimiento. Orgullo. La perversión final de un padre que mira a su hijo a punto de matarlo y ve una obra maestra.

—Aprieta el gatillo —susurra—. Vamos. Termina. Muéstrales a todos quién eres de verdad.

Mi dedo roza el gatillo.

Detrás de mí, alguien grita mi nombre.

No importa.

Mi padre baja la voz, íntima, venenosa.

—¿Crees que perdonarme la vida va a devolverle la vida a Lucia?

¿Crees que esa chica va a amar al hombre entero cuando descubra todo lo que hay dentro de ti?

Conozco ese lugar, Ethan. Yo construí ese lugar.

Esa violencia. Esa hambre. Esa necesidad de poseer, proteger, aplastar cualquier cosa que toque lo que es tuyo.

Mírate, haciendo exactamente lo que yo hice con tu madre, encerrando a la maldita chica comprada en la subasta.

Somos iguales, hijo mío, hechos de la misma materia.

Sus ojos pasan por encima de mi hombro.

Hacia Carmen.

Mi puntería no vacila.

Pero el mundo sí.

—Ella lo verá —dice Lawrence—. Tarde o temprano, verá que eres mi hijo.

El disparo casi sale. Casi, siento la distancia entre querer y hacer.

Es menor de lo que imaginaba. Un milímetro.

—Te has pasado la vida entera intentando convertirme en ti —digo.

Él vuelve a sonreír, mínimamente.

—Y lo he conseguido.

Bajo el arma.

Su sonrisa se apaga.

—No —digo—. Has fracasado, hijo de puta.

El silencio que viene después es más grande que el almacén.

Le entrego el arma a Declan sin apartar los ojos de mi padre.

—Lucia era mi madre. Carmen es la mujer que amo. Y no vas a usar a ninguna de las dos para convertirme en tu espejo.

Lawrence me mira fijamente.

Por primera vez, parece de verdad tocado.

No por la grabación.

No por los federales.

Por mí.

—Amor. —Escupe la palabra como si fuera suciedad—. ¿Crees que esto es amor? Es debilidad. Es la misma enfermedad que mató a tu madre.

Doy un paso hacia él.

Sin arma ahora.