La virgen subastada del multimillonario CAPÍTULO CUARENTA Y UNO
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CAPÍTULO CUARENTA Y UNO

Carmen

Me despierto con la mejilla pegada al hormigón frío y el sabor a medicina podrida en el fondo de la garganta.

El mundo tarda un segundo nauseabundo en volver.

Una nave enorme en la zona portuaria. Olor a salitre, óxido y aceite viejo. Esa clase de eco que convierte cualquier sonido en amenaza.

Tengo las manos atadas por delante del cuerpo con cinta gruesa. Estoy sentada en el suelo, apoyada en un pilar de metal, y el abrigo de Ethan sigue sobre mis hombros, pesado, caliente, con algo rígido presionándome levemente contra la costilla izquierda.

El móvil.

En el forro.

Donde cayó.

No me muevo. No miro hacia abajo. Hago la única cosa sensata que aún me queda.

Cuento.

Cuatro bombillas colgando. Una encendida.

Tres coches en la sombra del fondo.

Dos hombres hablando bajo la luz.

Un hombre de pie cerca de la puerta lateral, con el mismo traje oscuro que reconocería en cualquier parte, porque me pasé cuarenta minutos mirándole la nuca dentro de un coche.

Mark.

Y a los dos de debajo de la bombilla también los conozco.

Uno es Conrad Hitchmore. El hombre de la subasta. El del hambre abierta en la cara. El que levantó la paleta por mí como quien reclama algo que ya consideraba suyo.

El otro está sentado en una silla con la tranquilidad de quien espera una visita concertada.

Elegante. Cabello blanco impecable. Traje de sastre. Cara bondadosa de abuelo de anuncio de margarina.

Lo reconozco por las fotografías familiares y por las portadas de prensa.

El parecido con Ethan termina de confirmármelo.

Lawrence Van Alen.

Y es eso lo que me pone la piel de gallina más que la cinta en las muñecas.

La cara buena.

—Se ha despertado —dice Hitchmore, y sus ojos me recorren de una forma que me dan ganas de arrancarme la propia piel—. Te dije que valía la molestia.

—Me dijiste muchas cosas, Conrad. Casi todas movidas por el órgano equivocado.

—La voz de Lawrence es suave, paciente, la voz de un hombre acostumbrado a ser obedecido sin levantar el tono—.

Si por mí fuera, la chica habría seguido en el ático hasta que mi hijo se cansara de la novedad.

Fuiste tú quien convirtió una obsesión en logística.

—Me humilló en aquel salón.

—Ethan humilla a la gente sin darse cuenta desde los quince años. Eso nunca justificó una operación en el aparcamiento de un hospital.

Encuentro mi voz en medio del miedo. Sale ronca, pero sale.

—La operación tiene un nombre —digo, y miro directamente a la puerta lateral—. Hola, Mark. ¿Qué tal la nariz?

Su nariz, noto con una satisfacción pequeña y mezquina, está hinchada por mi codo.

Él no responde.

No hace falta.

Hitchmore se ríe.

—No culpes al chaval. Solo cumplió órdenes.

—Camina hacia mí, saboreando sus propios pasos—.

¿Sabías que tu Van Alen contrata por agencia?

Verificación de antecedentes, tres entrevistas, análisis psicológico.

Muy moderno. Yo contrato por hambre. Encontré a Mark hace dos meses, ahogado en deudas de juego, y le pagué para que entrara exactamente en la agencia que abastece al equipo de tu protector.

Me costó menos que el vino que serví en mi última cena benéfica.

Se inclina, y el aliento a puro llega antes que la frase.

—Así es como supe cada paso que dabas, mi Rosa Roja. Del hospital. De la hermanita. De su recaída, hace tres semanas. Bastó con repetir la receta por teléfono y viniste corriendo, como sabía que vendrías.

La náusea sube caliente.

Usaron la peor noche de mi vida como guion.

—No pagaste por mí —digo, porque mi boca siempre ha sido más valiente que el resto—. Perdiste.

Su cara se ensombrece.

Lawrence se ríe por lo bajo.

—Ah. Ahora entiendo parte del problema. A mi hijo le habrá encantado esa lengua afilada tuya.

Se levanta y camina hacia mí sin prisa. Se agacha delante de mí con la elegancia de un hombre que saluda a un niño.

—¿Sabes cuál es la parte interesante, Carmen?

No tienes nada de especial. No para mí. Eres una entre cientos que han pasado por mi red.

Una chica desesperada a quien la vida ya había acorralado antes incluso de que yo oyera tu nombre.

No he tenido que elegirte. El mundo hace ese trabajo solo con niñas como tú.

Yo solo recojo lo que sobra y le pongo un precio.

Y lo peor es que no es un farol.

Oigo la verdad asquerosa detrás de todo aquello. No hubo una conspiración trazada a mi alrededor desde el principio. Hubo una máquina fría que devora a las ya heridas, y yo fui solo una más que cayó en su boca.

De un modo perverso, eso me pone de pie por dentro.

Porque algo que nadie planeó tampoco es algo que yo me merecí.

—Así que eso es lo que eres —digo, y levanto la barbilla, aun atada—. Ethan lleva tres años cazando al monstruo que destruyó a su madre. Y el monstruo eras tú todo el tiempo. El padre. El hombre que le puso la mano en el hombro encima de su tumba.

Algo atraviesa el rostro de Lawrence.

No es culpa. Lawrence no tiene culpa.

Es solo la incomodidad de un hombre que oye en voz alta algo que preferiría mantener a oscuras.

—Lucia era débil —dice, y la frialdad de aquello me corta más que cualquier grito—. Guapa, sí. Útil durante un tiempo. Pero débil. Incapaz de entender que el mundo pertenece a quien tiene el valor de tomarlo.

—¿Compraste a una niña de dieciséis años y a eso lo llamaste valor?

—Lo llamé oportunidad. Hay una diferencia.

—Tuviste hijos con ella.

La máscara de abuelo se abre lo justo para que yo vea lo que hay debajo.

—Hice herederos. Y, a pesar de la debilidad de la madre, moldeé bien al menos a uno de ellos.

Ethan aprendió rápido. Frío. Paciente. Implacable.

Yo daba pistas, él las perseguía. Yo soltaba nombres prescindibles, él los quemaba.

Mi hijo se pasó tres años limpiando mi operación creyendo que estaba vengando a su madre.

El dolor por Ethan llega tan fuerte que casi me deja sin aliento.

Toda aquella guerra. Toda aquella culpa. Cada noche sin dormir frente a la foto de su madre.

Y, todo el tiempo, el general del otro bando firmaba la paga.

—Usaste a tu propio hijo.

—Perfeccioné a mi hijo.

—No. Lo contaminaste.

Por primera vez, la mirada de Lawrence pierde la suavidad.

—Cuidado, niña.

Siento miedo. Claro que lo siento. Estoy atada, drogada, en una nave con dos monstruos, un traidor en la puerta y más hombres escondidos en las sombras.

Pero también siento otra cosa, más pequeña y más afilada, apoyada en mi costilla izquierda.

La oportunidad.

No sé si la llamada ha sobrevivido. No sé si graba. No sé si Ethan ha oído algo.

Solo sé que, si hay algún hilo abierto dentro de este forro, tengo que tirar de él hasta rasgarlo.

Y los hombres como Lawrence solo lo cuentan todo por dos motivos: vanidad o rabia.

Yo tengo talento para provocar ambas.

—Qué gracioso —digo—. Para ser un genio del crimen, no pareces más que un viejo resentido porque la mujer a la que compraste nunca te amó y el hijo que moldeaste eligió a otra persona.

Hitchmore gruñe algo detrás de él.

Lawrence se queda muy quieto.

He dado en el clavo.

—¿Crees que Ethan te eligió a ti? —pregunta.

—Creo que se pasó la vida entera intentando no elegir a nadie, por miedo a convertirse en un monstruo como tú. Y aun así, cuando tuvo que decidir entre la operación perfecta y una mujer en un escenario, quemó la operación.

—Levantó una paleta.

—Y después abrió la puerta. Todas las puertas. Cada vez.

Lawrence sonríe.

Ahora sí, sin ninguna bondad.

—Las puertas son símbolos bonitos. Los hombres prácticos usan cerraduras.

—¿Fue por eso por lo que perdiste a Lucia?

El golpe es bajo.

Lo sé.

Pero si mi voz es la única arma que me han dejado, no voy a pedir perdón por usarla.

Su mano se cierra en mi barbilla. Los dedos están fríos.

—A Lucia no la perdí. La administré.

—Como una propiedad.

—Como todo en este mundo.

Me suelta la cara y se levanta. Después mira a Hitchmore con una expresión de hastío, como si yo fuera solo una reunión que se ha alargado demasiado.

—Y esa es la razón por la que he dejado que Conrad jugara al cazador esta noche.

El estómago se me hunde.

Lawrence se ajusta el puño de la camisa.

—Mi hijo no tardará mucho en llegar hasta aquí.

Ethan es previsible cuando está comprometido emocionalmente.

Seguirá rastros, amenazará a gente, echará puertas abajo.

Siempre tan dramático cuando cree que está salvando a alguien.

—Vuelve a mirarme—. Pero, cuando llegue, yo ya estaré aquí.

Fingiendo haberte encontrado primero. Fingiendo haber llegado demasiado tarde.

Hitchmore sonríe, sucio, satisfecho.

Lawrence continúa, tranquilo como una sentencia.

—Conrad habrá acabado con el problema, y yo seré el padre destrozado que intentó proteger a su hijo de otra tragedia. Un escándalo lamentable. Una mujer vulnerable. Un hombre obsesionado. Muy triste. Muy conveniente.

El aire desaparece de mis pulmones.

—Ibas a dejar que me matara.

—Iba a dejar que Conrad hiciera lo que lleva suplicando hacer desde aquella subasta. Por dos motivos sencillos. Primero, para que dejara de darme la lata. Las obsesiones vuelven ruidosos a los hombres. Segundo, porque te estabas infiltrando demasiado en la vida de mi hijo.

Se inclina un poco, y la voz baja se vuelve cuchilla.

—Y eso no me ha gustado.

El miedo intenta doblarme.

No lo dejo.

No delante de él.

—Pues dilo. —Le sostengo la mirada, con el corazón latiendo tan fuerte que apenas oigo mi propia voz por encima—.

Dilo en voz alta, aquí, ahora. Compraste a Lucia.

Compraste mujeres. Vendiste niñas. Usaste a tu hijo y su dolor para proteger tu red.

Y ahora vas a dejar que Conrad me mate para fingir que intentaste salvarme.

Dilo, Lawrence. Al menos una vez en la vida, sé lo bastante hombre para llamar a tu propia mierda por su nombre.

El silencio que viene después parece enorme.

Por un segundo, creo que me va a pegar.

En vez de eso, sonríe.

Y la vanidad vence.

Como la vanidad vence siempre en los hombres que nunca han pagado por nada.

—Compré a Lucia antes de que llevara mi apellido.

Compré a muchas después de ella. Vendí más niñas de las que serías capaz de contar sin desmayarte.

Usé a mi hijo, sí, porque era demasiado bueno para desperdiciarlo.

Y voy a usar tu muerte también, porque toda pérdida puede convertirse en control cuando se tiene la inteligencia suficiente.

Se me hiela la sangre.

—Ethan llorará por ti —dice Lawrence, casi con cariño—. Se culpará. Se cerrará. Volverá a mí. Los hijos heridos siempre buscan al padre cuando no saben adónde llevar el dolor.

Y entonces una voz pequeña, metálica, casi inaudible, sale de dentro de mi abrigo.

—No vuelves a acercarte a ella en tu vida.

El mundo se detiene.

No es un sonido fuerte.

No es dramático.

Pero alcanza a Lawrence como un tiro en el pecho.

Su rostro pierde el color. No mucho. Solo lo justo para que yo vea la grieta. Los ojos le bajan hacia mi abrigo, hacia mi costilla izquierda, hacia el lugar exacto de donde acaba de escapar la voz de su hijo.

Por primera vez desde que me desperté, Lawrence Van Alen parece viejo.

No poderoso.

No intocable.

Viejo.

Asustado.

Traicionado por su propia certeza.

—¿Ethan? —dice, y el nombre sale bajo, incrédulo, casi humano.

Al otro lado de la línea, la respiración de él falla.

Entonces la voz de Ethan vuelve, lo bastante fría para congelar la nave entera.

—Lo he oído todo.

Lawrence se queda inmóvil.

Hitchmore deja de sonreír.

Mark mira hacia la puerta, pálido.

Y yo sonrío con la boca temblando.

—No eres el primer hombre que me subestima —digo—. Pero estoy empezando a disfrutar mucho de ser la última mujer a la que vas a subestimar.

La máscara cae entera.

—Niña tonta.

Levanta la mano.

De los laterales de la nave, salen hombres de entre las sombras.

Dos. Tres. Más de los que consigo contar antes de que el pánico suba como agua.

Hitchmore avanza primero, feo de deseo y de rabia a la vez, y mi cuerpo olvida cualquier plan y se vuelve puro instinto.

Encojo las rodillas contra el pecho y pateo.

Acierto donde puedo.

Se dobla con un sonido que voy a guardar con cariño el resto de mi vida.

Ruedo hacia un lado, con las manos atadas, el hombro golpeando el hormigón. El dolor me atraviesa entera. Mark se mueve desde la puerta hacia mí.

Y es exactamente en ese momento cuando la puerta que hay detrás de él estalla hacia dentro.

Metal gimiendo.

Luz invadiendo el óxido.

Voces gritando unas siglas que nunca creí que fueran a sonar como música.

Y, cortando el caos entero por la mitad, su voz.

—¡CARMEN!