CAPÍTULO TREINTA Y CUATRO
Carmen
Me despierto con el sol en la cara y un brazo pesado cruzado sobre la cintura, y durante tres segundos enteros, perfectos, no tengo ni la más remota idea de dónde estoy.
Entonces lo recuerdo todo. Y el calor me sube por el cuello de golpe, desde la clavícula hasta la raíz del pelo.
La cama de Ethan es demasiado grande, demasiado mullida, indecente de lo cómoda que es, y huele a él, a cedro, a algo caro y amaderado que no sé nombrar, y ahora a los dos, a la noche pasada impregnada en las sábanas.
Estoy boca abajo, desnuda bajo la sábana de algodón, y él está tumbado de lado detrás de mí, con el brazo sujetándome contra su cuerpo como si, incluso dormido, alguna parte primitiva de él tuviera miedo de que me escapara por la ventana en mitad de la noche.
No me escapé. Por primera vez en siete años enteros, dormí toda la noche, de principio a fin, sin despertarme de madrugada, sin contar manchas del techo, sin nada. Solo me quedé frita contra su pecho y dormí como una persona normal.
Giro despacio dentro de su abrazo, con cuidado de no despertarlo, para poder mirarle la cara mientras duerme, y la imagen me desarma por completo.
Sin la frialdad de siempre, sin el control, sin la mandíbula tensa que lleva como una armadura, Ethan Van Alen parece diez años más joven.
Casi en paz, casi un hombre corriente. Tiene una arruga vertical entre las cejas que simplemente desaparece cuando duerme, alisada por el sueño, y siento unas ganas absurdas, casi infantiles, de tocar con el dedo el sitio exacto donde suele vivir.
—Me estás mirando fijamente —dice, sin abrir los ojos, con la voz rasposa y grave del sueño.
—Estoy inspeccionando la mercancía —respondo, sin perder el ritmo—. Comprobando si valió los dos millones. Es mi derecho como consumidora.
Un ojo azul se abre despacio, evaluándome con pereza.
—¿Y valió?
—El jurado sigue deliberando, es un caso complejo. —Finjo pensármelo en serio, frunciendo el ceño—. Roncas un poquito. Eso devalúa el producto. Como un arañazo en la carrocería.
—Yo no ronco.
—Sí que roncas. Es bajito, casi delicado. Casi mono, en un sentido extremadamente irritante que me niego a encontrar encantador. —Me estiro y le robo la mayor parte de la sábana, enrollándome en ella como un capullo—. Buenos días, por cierto. Ya que estamos haciendo esto de charlar por la mañana.
Se apoya en el codo y me mira desde arriba, y la forma en que me mira ahora, despacio, hambriento otra vez, pero con algo mucho más profundo y más cálido corriendo por debajo del hambre, hace que el aire de toda la habitación se vuelva denso y pesado entre nosotros.
—Buenos días —dice, bajito. Y entonces, más serio, con la broma saliéndose de la voz—: ¿Cómo estás? De verdad.
—Me estás preguntando, con todo ese rodeo, si me arrepiento.
—Te estoy preguntando cómo estás. Son preguntas distintas.
—Y antes de que respondas —continúa, con la voz más baja, sin esconderse detrás de la frialdad—, necesito dejar una cosa clara.
Lo que pasó ayer no cambia el contrato, porque el contrato nunca tuvo derecho alguno sobre tu cuerpo.
No me debes nada en la cama, ni cariño, ni presencia, ni explicaciones.
Si hoy quieres volver al cuarto de invitados, vuelves.
Si mañana quieres marcharte, voy a odiar cada segundo, pero te abro la puerta. Eso no te lo compro. No te compro a ti.
—Estupendo —digo, porque se me ha cerrado la garganta y no pienso darle la satisfacción de que se dé cuenta tan fácilmente—. Pues ponlo también por escrito, abogado de tus propios remordimientos. Porque yo firmo un mal contrato una vez en la vida, no dos.
Él no sonríe, no bromea, solo asiente, serio, como si acabara de darle una orden perfectamente razonable.
Dejo de bromear, porque está hablando en serio, y se merece una respuesta de verdad, no una broma tras la que esconderme como hago siempre.
—Estoy bien —digo, y me doy cuenta, en el instante en que lo digo, de que es la pura verdad, y eso me sorprende más que ninguna otra cosa—.
Pensaba que hoy me iba a sentir rara. O que iba a querer salir corriendo por la puerta antes de que te despertaras.
Suelo querer huir después de las cosas buenas, es una especie de especialidad de la casa.
—Lo miro fijamente—. Pero no quiero huir.
Es la primera vez en mucho, mucho tiempo que me despierto y no quiero estar en otro sitio. Es aterrador, la verdad.
Algo le atraviesa la cara, alivio, y algo más grande y más peligroso que el alivio, y se inclina y me besa, despacio, sin ninguna prisa, un beso de domingo por la mañana que no tiene prisa por llegar a ninguna parte y no necesita llegar.
Y entonces, claro, porque soy quien soy y no sé dejar en paz una cosa buena, la fastidio.
—¿Qué somos ahora? —pregunto, bajito, contra su boca.
Él se detiene.
Pero no se aparta.
Eso es lo primero que me desarma. Ethan no se aleja como yo esperaba, no cierra la expresión, no se pone la armadura.
Se queda inmóvil un segundo, los ojos azules clavados en los míos, como si esa pregunta hubiera atravesado algo dentro de él y hubiera acertado en un lugar que nadie tenía permiso de tocar.
—Carmen… —dice, y mi nombre en su boca suena distinto. Más ronco. Más profundo. Casi una rendición.
—Olvídalo. —Me incorporo deprisa, tirando de la sábana conmigo como un escudo—. Pregunta idiota, olvídalo. No necesitamos etiquetas. Odio las etiquetas, la verdad, siempre las he odiado, hasta me sale urticaria. Olvida que lo he preguntado, ha sido el sueño hablando.
Su mano se cierra sobre mi muñeca antes de que consiga apartarme de verdad.
No lo bastante fuerte como para retenerme.
Solo lo bastante firme como para recordarme que está ahí.
Que me ha oído.
Que no va a dejar que huya hacia dentro de la broma sin luchar.
—No —dice.
Miro su mano en mi muñeca, luego su cara.
—¿No?
—No lo olvides.
Su voz está baja, pero tiene algo que hace que toda la habitación parezca más pequeña.
Más cálida. Más peligrosa. Como si al hombre tumbado frente a mí lo hubieran educado con esmero, entrenado, pulido a base de dinero, apellido y poder, pero algo mucho más antiguo se hubiera despertado dentro de él en el instante en que le pregunté qué éramos.
Él se sienta también, la sábana resbalándole por la cintura, el pelo oscuro revuelto del sueño, los ojos fijos en mí con una intensidad que me deja sin aire.
—No sé ponerle un nombre bonito a esto —dice—. No se me da bien. Nunca se me ha dado. Pero sé reconocer cuándo algo es responsabilidad mía. Sé reconocer cuándo una mujer entra en mi casa y, de alguna forma imposible, convierte todas las habitaciones vacías en un lugar al que volver.
El corazón me da un latido en falso.
Debería hacer una broma.
Debería decir algo sobre muebles caros, decoración minimalista y falta de personalidad emocional en los áticos de los hombres ricos.
Pero no puedo.
—Ethan…
—Todavía no sé qué somos para el mundo —continúa, y su mano sube despacio de mi muñeca hasta la curva de mi cara, los dedos cálidos contra mi piel—. No sé qué palabra le cabría a algo que empezó mal, firmado en un papel, rodeado de cláusulas, dinero y mentiras. Pero sé lo que eres aquí.
Se toca el propio pecho con la otra mano.
Un gesto sencillo.
Brutal.
Devastador.
—Aquí no eres un contrato. No eres una deuda.
No eres una obligación. No eres una mujer que compré, porque preferiría arrancarme la mano de cuajo antes que dejarte creer eso ni un segundo más.
—Su voz se vuelve más grave, casi áspera—.
Eres la mujer a la que quiero proteger incluso cuando me mandas al infierno.
La mujer a la que busco en la oscuridad antes de acordarme de que puedo encender la luz.
La mujer que durmió entre mis brazos e hizo que mi cabeza se callara por primera vez en años.
Se me cierra la garganta.
Se inclina un poco, y su mirada cae hacia mi boca antes de volver a mis ojos.
—¿Qué somos ahora? —repite, como si estuviera probando la pregunta en la lengua—. Somos todo lo que tú quieras que seamos. Porque, Carmen Pembroke, ahora soy tuyo para que hagas conmigo lo que te dé la gana.
El silencio se abre entre nosotros, pero esta vez no es frío.
Está vivo.
Palpitante.
El calor me sube por todo el cuerpo, violento y absurdo, pero hay otra cosa junto a él. Una cosa más peligrosa que el deseo. Más frágil también.
Esperanza.
Y odio lo rápido que nace dentro de mí.
La odio porque no es una esperanza pequeña, educada, que se pueda controlar.
Es una cosa salvaje.
Una cosa que clava las uñas.
Una cosa que mira a Ethan Van Alen y piensa: quizá.
Quizá no tenga que huir esta vez.
Quizá pueda quedarme.
Quizá, por primera vez en siete años, alguien esté cuidando de mí de verdad. Él me besa la frente primero.
Después la sien.
Después la comisura de la boca.
Y cada beso parece una promesa que todavía no sabe decir en voz alta.
—No voy a pedirte que confíes en mí hoy —murmura contra mi piel—. Sería arrogante. Y ya soy lo bastante arrogante sin necesidad de esforzarme.
Suelto una risa pequeña, rota.
—Por fin, un momento de autoconocimiento.
Apoya su frente en la mía.
—Pero voy a merecértelo. Día tras día, Carmen. Aunque dudes. Aunque me pongas a prueba. Aunque intentes huir. Yo voy a estar aquí.
El pecho se me aprieta tanto que llega a doler.
—Hablas como si estuvieras seguro.
—Lo estoy.
—¿De mí?
—De mí cuando se trata de ti.
La frase me atraviesa entera.
Leo la mentira en los ojos de los hombres desde los quince años. Heredé de mi padre ese don maldito y sé reconocer al instante cuándo un hombre está diciendo la verdad y escondiendo otra al mismo tiempo.
Y Ethan acaba de darme la verdad más cruda y más hermosa que he visto jamás, y el corazón apenas me cabe dentro del pecho al verla.