CAPÍTULO TREINTA Y UNO
Ethan
La llamada llega un martes, a las seis de la tarde.
Declan ha llegado con el rostro cerrado y, antes de sacar ningún archivo, ha soltado sobre la mesa lo que lo tenía así.
Hitchmore anda preguntando por ella en los círculos equivocados.
No con discreción, a la manera de un hombre que ha aprendido a perder, sino con la insistencia grosera de quien se cree dueño.
Ha mandado un recado por los canales de la red, envuelto en cortesía de gala, diciendo que tiene una propuesta para mí en relación con un interés común.
Sé exactamente qué interés. He apretado el vaso de whisky con tanta fuerza que casi lo rompo, y Declan solo ha dicho, en voz baja: «Mantenla cerca, Ethan; ese viejo no va a rendirse», y no he tenido que responder porque mantener a Carmen cerca ha dejado de ser una simple elección.
Estoy en el despacho con Declan, revisando por enésima vez los archivos para la reunión, mapas de hilos y nombres desperdigados por la mesa, cuando el móvil de Carmen suena en la sala de fuera.
Oigo el tono a través de la puerta, la oigo contestar con la voz normal, y entonces oigo el sonido.
El sonido que ningún hermano, ningún padre, ninguna persona que ame a otra persona en el mundo quiere jamás tener que oír: el sonido de alguien recibiendo la peor noticia posible, en directo, al otro lado de una línea telefónica.
Estoy en la sala antes incluso de decidir levantarme de la silla.
Carmen está de pie, inmóvil en mitad del mármol, el móvil caído de su mano en el suelo, el rostro blanco como cera de vela.
—Carmen.
—Sloane —dice, y la voz que le sale no es su voz, es una voz hueca, distante, de otro lugar—.
Ha tenido una reacción. Síndrome de liberación de citocinas, ese fue el término que usó la enfermera antes de que yo dejara de entender nada.
Su corazón se paró una vez y consiguieron reanimarla, pero ellos…
ellos me dijeron que fuera. Ahora. Me dijeron que fuera ahora, Ethan, y cuando te dicen que vayas ahora es porque…
Ya tengo las llaves del coche en la mano.
—Te llevo ahora mismo. Venga.
—No puedo… —Está temblando de pies a cabeza, paralizada en el sitio, lejos, atrapada dentro de sí misma, dentro del pánico—.
No puedo perderla, Ethan. Es todo lo que tengo.
Es lo único en el mundo entero que es mío.
Me vendí… hice todo aquello, me subí a aquel escenario, lo hice todo…
y si ella muere lo hice todo para nada, todo fue para nada, yo…
—Mírame. —Le sujeto el rostro con las dos manos, firme, obligando a sus ojos perdidos a encontrar los míos y a enfocar—.
No hiciste nada para nada. ¿Me estás oyendo?
Nada. Ella está viva ahora, en este mismo segundo, y es allí a donde vamos.
Voy a estar a tu lado todo el rato, cada segundo.
No vas a pasar por esto sola. No mientras yo siga respirando.
Me agarra las muñecas con las dos manos, con fuerza, clavándome las uñas, y por un segundo solo respira, jadeante, anclada en mí, en mitad del mármol, y entonces mueve la cabeza, una vez, dos.
En el coche conduzco como quien ya se ha comprado todas las multas de esa ciudad y no le importa ninguna de ellas.
Serpenteo entre el tráfico con la mano izquierda en el volante y la derecha aferrada a la de Carmen en la consola central.
Ella no la suelta ni un instante, y yo tampoco.
Y rezo. Yo, que no rezo, que enterré la fe junto con mi madre, le pido a Dios que esa niña sarcástica y valiente no le sea arrancada a la única mujer que me ha hecho tener miedo de llegar tarde.
En el hospital son cuatro horas de puro infierno.
Cuatro horas de pasillo, de café recalentado y horrible en vaso de plástico, de médicos que pasan demasiado deprisa sin mirar a los lados, de puertas dobles que se abren y se cierran sin traer noticia.
Y me quedo. No me aparto de su lado ni un solo minuto.
Le sujeto la mano, le traigo agua que no bebe, aparto con una sola mirada a cualquiera que se acerca demasiado o pregunta demasiado, llamo a Declan y le mando movilizar al mejor especialista de la ciudad para que esté a la espera, cueste lo que cueste.
Y cuando por fin se derrumba contra mi pecho, en mitad de aquel pasillo, y llora, llora de verdad, por primera vez desde que la conozco, ese llanto profundo y feo que llevaba guardado bajo siete llaves desde hacía siete años enteros,
la sujeto con fuerza y la dejo empaparme la camisa entera y no digo ninguna, absolutamente ninguna, de las frases inútiles y automáticas que la gente dice en esos momentos.
Solo la sujeto. Es lo único de valor que tengo para ofrecer, así que lo ofrezco con todo.
Y hacia las diez de la noche, un médico aparece por las puertas dobles con el rostro cansado, pero no derrotado, y lo leo al instante, sé leer rostros, y dice las palabras exactas que le devuelven el aire a los pulmones:
—Se ha estabilizado. Reaccionamos a tiempo, por poco, pero a tiempo.
Es muy fuerte, tu hermana. Más fuerte de lo normal.
Vamos a tener que controlar la inflamación, ajustar la medicación de soporte con mucho cuidado y mantener la UCI en alerta, pero ha pasado lo peor.
Está estable. Podréis verla dentro de una hora, cuando despierte de la sedación.
Carmen se derrumba de nuevo contra mí, esta vez de puro alivio, las piernas cediendo, y la sujeto.
Y se vuelve para mirarme, y la manera en que me mira en ese momento, empapada de lágrimas, destrozada, agotada, y viva, tan viva, me alcanza más hondo de lo que nada me ha alcanzado en una vida cuidadosamente blindada.
—Gracias… gracias por quedarte —susurra, como si no se lo creyera.
—Mientras yo esté vivo, me quedo —digo.
Y me doy cuenta, en el instante en que las palabras salen de mi boca, de que no es una frase de consuelo. No es algo que se dice para calmar a alguien en el pasillo de un hospital.
Es una promesa. De verdad. Y nunca, en toda mi vida, he querido cumplir algo con tanta fuerza.