CAPÍTULO ONCE #2
—Y yo quiero que te comas el desayuno sin organizar un interrogatorio.
—Puedo hacer las dos cosas.
Abre la boca para insistir, pero algo al otro lado de la puerta le llama la atención. Mira por encima de mi hombro, a través de la ventanilla de cristal, y se queda inmóvil.
—Carmen. Hay un hombre en el pasillo mirando hacia aquí como si fuera a hacer explotar el hospital. De traje. ¿Está contigo?
Miro.
Ethan está fuera, mirando la puerta de la habitación, no exactamente a mí, no exactamente a Sloane.
Hay algo en su cara que no consigo leer desde lejos, una mezcla de vigilancia y otra cosa más honda, más callada.
Parece demasiado grande para aquel pasillo, demasiado peligroso para aquel sitio lleno de niños enfermos y pegatinas de colores en las paredes, y aun así no invade. No fuerza. Solo guarda.
—Es el jefe —digo—. Me ha traído.
—El jefe te ha traído al hospital y está montando guardia en la puerta a las seis de la mañana. —Sloane vuelve los ojos hacia mí, y su astucia de quince años lo atraviesa todo—. Carmen. ¿Qué tipo de trabajo es este?
—Del tipo que paga tu tratamiento —digo, apretándole la mano—. Del tipo que hace que te pongas buena. Es lo único que importa, ¿vale? Es lo único.
Ella me mira un largo momento y, por primera vez en la vida, decide no hurgar. En vez de eso, me devuelve el apretón.
—Vale —dice, bajito. Después, más alto, recuperando el veneno—: Pero si es un capullo, quiero saberlo. Puede que lleve pañuelo y esté postrada en una cama, pero todavía sé intimidar a un hombre de traje. Solo tienes que traérmelo aquí.
—Si apenas tienes fuerza para abrir el envase de la gelatina.
—La intimidación es una energía espiritual, Carmen. No física.
—Claro. Lo apuntaré en el historial.
Ella vuelve a mirar la puerta.
—Está mirando otra vez.
—Él mira todo de esa manera.
—No. —Sloane inclina la cabeza, curiosa—. A ti es diferente.
—Estás colocada de la medicación.
—Y aun así soy más perceptiva que tú.
—Cómete la gelatina.
—Esa es la frase de quien ha perdido la discusión.
Me quedo con ella casi una hora. Le hablo del tratamiento, de los médicos, del dinero que ya está garantizado.
No hablo del escenario. No hablo de la subasta.
No hablo del viejo de los quinientos mil, ni de la mano de Ethan flotando cerca de mi cintura, ni de la sensación peligrosa de tenerlo al otro lado de la puerta como si el mundo entero pudiera derrumbarse y, aun así, algo entre la ruina y yo siguiera en pie.
Cuando salgo, Ethan está en el mismo sitio.
Exactamente en el mismo sitio.
—Quiere intimidarte —le aviso.
—Puede intentarlo.
—No te estás tomando en serio la amenaza.
—Sí. Por eso me he quedado fuera.
Apoyo la cadera en la pared.
Su cara sigue seria.
—¿Eso ha sido una broma?
—Una observación estratégica.
—Vaya. Cuidado. Dos más de esas y te conviertes en una persona.
La comisura de su boca casi se mueve, pero los ojos siguen clavados en mi cara.
—Está mejor de lo que esperaba.
La frase me desmonta un poco.
—¿Qué esperabas?
—Leí los estudios disponibles sobre la respuesta a la terapia CAR-T en casos parecidos al suyo y el resumen que el doctor Adeyemi podía facilitar sin revelar datos confidenciales.
Me quedo quieta en el pasillo, olvidándome de la broma que tenía preparada.
—Leíste sobre el tratamiento de Sloane.
—Lo leí.
—¿¡Anoche!?
—Duermo poco.
—Después de todo.
Él me sostiene la mirada, y por un segundo su frialdad parece menos hielo y más contención.
—Después de todo, especialmente.
No sé qué responder.
Ethan saca el móvil del bolsillo, comprueba un mensaje, teclea dos palabras y vuelve a guardarlo.
—El doctor Adeyemi pasará por aquí a las ocho.
Le he pedido que te ponga al día personalmente sobre los próximos pasos.
También he solicitado una segunda revisión del tratamiento con un equipo de Boston.
Antes de que pongas esa cara, no es porque desconfíe de él.
Es porque, cuando una niña de quince años es la única familia de alguien, una sola opinión nunca es suficiente.
Se me cierra la garganta.
—No tenías por qué hacer eso.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo hiciste?
—Porque puedo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la respuesta más honesta que tengo antes de las siete de la mañana.
—Ethan.
Él se acerca medio paso, solo medio, y aun así el pasillo parece estrecharse. Su olor, limpio, amaderado y caro, atraviesa el olor a antiséptico como si tuviera más derecho al aire que el propio hospital.
—Vendiste la única cosa que creías que aún era tuya para intentar salvar a tu hermana —dice, bajo, sin suavizar la frase—.
Yo tengo dinero, poder, médicos, contactos y una cantidad indecente de hombres que me deben favores.
Si crees que voy a limitarme a cogerte de la puta mano mientras hay algo útil que pueda hacer, entonces todavía no has entendido con quién estás tratando.
Mi corazón da un latido equivocado.
No porque haya sido amable.
Porque no lo fue.
Fue arrogante, intenso, mandón y absurdo. Fue Ethan. Y quizá justo por eso me alcanzó tan hondo.
—Hablas como si pudieras resolver cualquier cosa.
—Muchas sí.
—¿Y las que no puedes?
Sus ojos bajan a mi boca durante menos de un segundo. Casi nada. Lo suficiente.
—Compro tiempo —dice—. Echo puertas abajo. Soborno a quien acepta, amenazo a quien se lo merece, destruyo a quien se pone en medio. No es bonito, Carmen, y no voy a fingir que lo sea. Pero funciona.
—¿Eso era para tranquilizarme?
—No. Era para que sepas que, mientras estés bajo mi protección, nadie va a darse el lujo de obligarte a suplicar por nada.
El pasillo se vuelve demasiado ruidoso a nuestro alrededor.
Pasa un carrito. Una enfermera llama a alguien.
Un monitor pita dentro de alguna habitación.
Y aun así, durante unos segundos, solo existe ese hombre delante de mí, con los ojos fríos y la voz baja, diciendo cosas que deberían hacerme salir corriendo y que, por algún defecto grave en mi sistema de supervivencia, hacen lo contrario.
—Yo no soy tu responsabilidad —digo.
—No.
La respuesta rápida me irrita y me alivia al mismo tiempo.
—Estupendo.
—Eres una elección.
El aire desaparece.
Ethan parece darse cuenta de lo que ha dicho en el mismo instante, porque algo se cierra en su cara, pero no se corrige. No se echa atrás. Los hombres como él probablemente no saben cómo echarse atrás sin comprar antes la carretera entera.
Me quedo mirándolo, sin conseguir decidir si quiero pegarle, huir o acercarme. Quizá las tres cosas. Quizá en ese orden. Quizá en ningún orden.
La puerta de la habitación se abre detrás de mí y Sloane asoma la cabeza, con el pañuelo torcido y la expresión más interesada del mundo.
—Eh, jefe rico.
Me giro.
—¡Sloane!
—¿Qué? Estoy hospitalizada, no muerta. Todavía tengo derecho a entretenimiento. —Mira a Ethan de arriba abajo, descarada—. ¿Eres el tío del ascensor con banco?
Ethan la mira un segundo. Serio. Frío. Imposible.
Entonces inclina la cabeza, como si saludara a una reina pequeña y enferma.
—Lo soy.
—¿Eres del tipo capullo?
—Con frecuencia.
Sloane parpadea, sorprendida. Yo casi me atraganto.
—Por lo menos es honesto —dice ella.
—Cuando conviene.
—¿Y con mi hermana? ¿Conviene?
El pasillo parece contener la respiración.
Ethan no me mira. Mantiene los ojos en Sloane, respetando la pregunta como si la hubiera hecho en una sala de negociación alguien con poder real.
Y quizá lo sea. Quizá Sloane, con el pañuelo torcido y la pulsera de hospital, sea más peligrosa que la mitad de los hombres a los que él se enfrenta en salones llenos de champán.
—Con tu hermana —dice, despacio— pretendo ser honesto incluso cuando no me convenga.
Sloane lo estudia.
—Buena respuesta.
—Me esfuerzo.
—Puede ser cabezota y un poco respondona, pero es buenísima en todo lo que hace, trátala bien en ese nuevo trabajo, te lo pido.
Su voz cambia. Se vuelve más pequeña, pero más firme. Mi mano se cierra en el aire, sin nada donde posarse.
Ethan también cambia.
No mucho. Casi nada. Pero lo veo. El hielo se convierte en acero.
—No voy a prometer que nunca me equivocaré, porque solo los cobardes y los mentirosos prometen perfección —dice—. Pero prometo una cosa: cualquier hombre que intente hacerle daño a tu hermana tendrá que pasar por mí primero. Incluido yo.
Sloane se queda callada.
Yo también.
Esa no es una respuesta bonita. Es mejor. Es una respuesta con dientes, con honor, con la brutalidad extraña de un hombre que sabe exactamente de lo que es capaz.
Sloane asiente una vez, como si acabara de aprobar un contrato.
—Vale. Entonces puedes seguir ahí de pie en el pasillo pareciendo un villano de película.
—Gracias.
—Pero tráele un café decente a Carmen. Se pone insoportable sin cafeína.
—Se pone insoportable con cafeína también.
Sloane sonríe.
—Entonces te has dado cuenta rápido.
—Fue imposible no darse cuenta.
—Estoy aquí, ¿eh? —digo, indignada.
—Lo sabemos —responden los dos a la vez.
Y eso es tan absurdo, tan inesperado, tan casi normal, que me río. Me río en el pasillo del hospital, a las siete de la mañana, después de la noche más rara y horrible de mi vida, con mi hermana débil pero viva detrás de mí y Ethan Van Alen delante de mí, arrogante, peligroso y demasiado guapo.
Su sonrisa no aparece entera.
Solo una comisura.
Pero es suficiente para que mi estómago se comporte como una adolescente idiota en una peli mala.
Genial. Ahora, además de subastada, contratada y posiblemente perseguida por una red criminal, también estoy desarrollando una atracción inconveniente por un hombre que amenaza a médicos antes del café.
Fase excelente.