La villa del sol y los secretos Capítulo 17
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Capítulo 17

Josette enderezó varios de los marcos con fotos que había colgado en la intimidad de su dormitorio.

Fotos que representaban su vida durante los últimos cincuenta años y de las que se sentía orgullosa.

Colgarlas en otro lugar de la casa le habría parecido presumir, y Josette nunca había sido de fanfarronear.

Ponerlas a la vista de las visitas también invitaría a preguntas sobre su pasado.

Preguntas a las que Josette prefería no responder.

La mayoría de las fotografías eran en blanco y negro, tomadas por toda Europa a lo largo de los últimos cincuenta años.

Los temas iban desde niños pequeños hasta mujeres ancianas, desde edificios de lujo hasta calles bombardeadas en zonas de guerra, desde multitudes hasta figuras solitarias en un paisaje. Algunas habían ganado premios.

Mientras se preparaba para pasar el día fuera con Gordon, sus ojos se detuvieron, como siempre, en una foto en concreto.

Un niño pequeño, de no más de dos años, alargando los brazos para que su padre lo cogiera.

Su cámara había captado la expresión de amor puro e íntegro del padre mientras se inclinaba hacia el niño.

Siempre había sido una de sus fotos favoritas.

Josette cerró los ojos cuando la familiar ola de tristeza —la que la invadió el día que comprendió cómo la vida de un hombre se había destruido por la pérdida de aquel amor simple e incondicional— volvió a atravesarla.

Cogió el bolso y una pasmina, y se puso su sombrero de paja.

Detuvo la mano suspendida frente a la cámara que descansaba en la cómoda, sobre cuya funda se acumulaban motas de polvo iluminadas por el sol que entraba por la ventana.

Antes, la Nikon había sido un complemento automático todos los días, pero en los últimos meses el deseo de hacer fotos se había apagado.

Aun así, la presencia descuidada de la cámara le removió recuerdos y también una tristeza por lo que había abandonado.

Quizá era hora de quitarle el polvo a la cámara, pero no hoy. Gordon le había prometido un día divertido y se iban a Mónaco. Si no tenía cuidado, llegaría tarde a encontrarse con él junto a la estación. Josette bajó corriendo las escaleras y salió de la casa, dando un portazo.

***

—Perdona, ¿llego tarde? —dijo ella cuando él la saludó con los habituales besos en las mejillas—. Tendremos que darnos prisa para sacar los billetes.

—Hoy no necesitamos billetes. Ven conmigo. —Gordon la tomó de la mano y la condujo hacia un MG descapotable blanco, un deportivo clásico, aparcado cerca—. He pensado que hoy viajaríamos con estilo —dijo, rodeando el coche y abriéndole la puerta del copiloto—. Si la señora quiere tomar asiento.

Josette obedeció, se abrochó el cinturón y esperó a que Gordon hiciera lo mismo.

—Pensaba que no tenías coche.

—He alquilado esta preciosidad solo para hoy —dijo Gordon—. Podemos fingir que somos jóvenes otra vez y que nos podemos permitir un coche divertido. La carretera de la costa, creo —añadió, pulsando el botón de arranque—. Mónaco, allá vamos.

Josette se puso las gafas de sol y se quitó el sombrero antes de que el viento se lo arrancara de la cabeza, mientras Gordon conducía rápido y con soltura por la basse corniche .

A su derecha, las pequeñas olas del Mediterráneo azul jugueteaban al sol, subiendo por la playa de guijarros y retrocediendo de nuevo.

En el cielo, los aviones que descendían hacia el aeropuerto de Niza trazaban una línea paralela a la carretera costera, más rápida, antes de desaparecer de la vista para posarse suavemente en la pista.

Solo entonces pensó que, el día anterior, Carla había despegado en uno de los aviones que volaban en sentido contrario. Ya la echaba de menos. La llamada de esa mañana había sido una sorpresa inesperada. Suspiró y notó que Gordon le lanzaba una mirada rápida.

—Carla me llamó esta mañana para comprobar si estaba bien. ¿A que fue amable? Las cosas le están cuadrando para que pueda venirse a vivir a Villa Mimosa.

—Eso está bien —dijo Gordon.

—No estoy tan segura —suspiró Josette—. No estoy acostumbrada a estar implicada con la familia.

Lo único que he querido, desde el día en que Amelia y yo heredamos el lugar, ha sido venderlo y cerrar esa parte de mi vida.

Ahora, cuando parece que por fin ha surgido la oportunidad, cedo y no solo acepto que Carla se mude a Villa Mimosa, sino que además vaya a abrir una chambre d’hôte .

—¿Por qué estabas tan desesperada por cerrar ese capítulo de tu vida? —preguntó Gordon.

—Tengo recuerdos desagradables de ese sitio.

—¿Ninguno feliz?

—Seguramente sea culpa mía, pero con los años los malos han ido sacando de mi cabeza a los buenos —dijo Josette.

—A mí me pareció un lugar feliz cuando estuvimos allí la otra noche. El jardín también estaba precioso. Creo que Carla tendrá éxito con el negocio y, dentro de unos meses, te darás cuenta de cuánto te gusta tener a la familia cerca.

—Puede. Tener familia cercana era algo con lo que ya no contaba desde que me peleé con Amelia. En fin —añadió con determinación—, hoy no voy a pensar en lo que pueda traer el futuro. Voy a disfrutar del día divertido que me prometiste.

Josette se irguió y se acomodó contra el asiento. Unos minutos después le vino a la mente una frase que habría usado su madre, «quitarse las telarañas», mientras el coche volaba, devorando kilómetros, y el viento fresco le azotaba alrededor de la cabeza.

—Me encanta este coche. Ojalá hubiera tenido uno así cuando era joven —dijo Josette—. Hace años que no venía por esta carretera. Siempre íbamos a Mónaco en tren. Era más fácil.

—¿Quiénes? ¿Y por qué?

—Amelia y yo. Porque mi padre estaba de acuerdo con lo que dijo Somerset Maugham, «Es un lugar turbio para gente turbia», y no quería que viniéramos. Nos escapábamos a escondidas. —Miró a Gordon—. ¿Conoces bien Mónaco?

—En otra vida era visitante habitual. Casi compro un apartamento aquí. —Se encogió de hombros—. Ha cambiado mucho desde entonces. Pero aún tiene un cierto je ne sais quoi .

Gordon rara vez mencionaba su vida pasada y Josette guardó silencio, con la esperanza de que desarrollara el comentario. Cuando no lo hizo, ella dijo:

—La vida es curiosa, ¿verdad? Se producen cambios de los que somos conscientes; algunos los aceptamos o incluso los propiciamos.

Luego pasan diez, veinte años y te das cuenta de que ciertos cambios de esos tuvieron un efecto dominó invisible sobre otras cosas, y casi sin darte cuenta has vivido una vida completamente distinta. Una en la que olvidaste tus sueños.

—Es una reflexión triste —dijo Gordon en voz baja—. Nunca es tarde para tener sueños, ¿sabes?

—Quizá no, pero convertirlos en realidad puede ser demasiado pedir, demasiado tarde. C’est la vie.

Gordon, concentrado en adelantar a un camión, no contestó.

—Cuéntame qué has planeado para hoy —pidió Josette cuando ya lo habían dejado atrás con seguridad.

—Después de aparcar, podríamos pasear por la ciudad, empezando con un café en el Café de Paris, seguido de una visita al casino, donde jugaremos a las tragaperras.

Después, espero que volvamos a bajar y que mi plan de almorzar en el Automobile Club salga adelante.

Hay bastante caminata en estos planes, como te imaginarás.

—No pasa nada. J’adore me promener por el principado. Siempre hay algo o alguien que ver.

Dejaron el coche en el aparcamiento subterráneo del muelle y los dos pasearon por el amplio paseo del puerto, subieron la cuesta junto al Théâtre Princesse Grace, caminaron por la Avenue de Monte Carlo con sus tiendas de diseño y entraron en la Place du Casino.

Para cuando se dejaron caer en unas sillas en la terraza del Café de Paris, los dos necesitaban un café reconstituyente.

Mientras esperaban a que llegara, Josette sonrió ante la escena.

Varios turistas, bajo la mirada vigilante del guardia uniformado, posaban todo lo cerca posible de los coches de lujo aparcados delante del casino para hacerse fotos.

A su alrededor bullía un barullo de lenguas internacionales: japonés, neerlandés, inglés, ruso, italiano y, por supuesto, francés.

El camarero dejó el café sobre la mesa.

— Merci .

—A Amelia y a mí nos encantaba venir aquí cuando éramos adolescentes —dijo Josette—.

Fingíamos que éramos famosas, hablábamos en voz alta, nos reíamos a carcajadas de algo que había pasado «en el rodaje» y despreciábamos a todo el mundo.

La realidad, claro, es que a nadie le interesábamos lo más mínimo.

Pero c’était amusant quand même . —Bebió un poco de café, consciente de que Gordon la observaba—.

Aquí también hice una de mis fotos más infames.

—¿Infame en plan famosos portándose mal? —dijo Gordon.

Josette asintió.

—Era de los Burton teniendo una bronca monumental en las escaleras del casino —dijo—. Tuve suerte de que los paparazzi que solían rondar por allí se hubieran ido todos a perseguir a Rainiero y Grace. Esa foto me ha dado unos cuantos euros a lo largo de los años.

—Nunca te he visto con una cámara en la mano. ¿No echas de menos hacer fotos? Aunque sea para ti, por placer.

Antes de que Josette pudiera contestar, el móvil de Gordon emitió un pitido con un mensaje entrante y el momento se perdió.

Gordon leyó el mensaje y torció el gesto.

—Lo siento, lo del almuerzo en el Automobile Club se cae. Da igual. Conozco un restaurante bueno en la rue Princesse Caroline. Venga, es hora de jugarnos algo en las tragaperras primero.

Josette y Gordon decidieron que con veinticinco euros en fichas cada uno tendrían suficiente para divertirse y se unieron al gentío en la sala de máquinas. Josette estuvo un rato observando a los demás e intentando averiguar cómo se jugaba con aquellos dispositivos electrónicos modernos.

—Ojalá siguieran teniendo los modelos antiguos —dijo, deteniéndose a mirar a Gordon—. Esos sabía usarlos. Todas estas luces intermitentes me confunden.

—Elige una y lánzate —respondió él—. Le pillas el truco enseguida. Y, si no, solo es una cantidad pequeña la que te has jugado.

Así que se lanzó, tal y como él le dijo, y dobló su dinero en la primera tirada, con lo cual se enganchó. Cuando Gordon le tocó el hombro media hora después para decirle que ya tocaba bajar a buscar un restaurante, ella le sonrió.

—Ha sido divertidísimo —dijo Josette—. Y, aunque no he roto la banca en Montecarlo, todavía tengo mis veinticinco euros originales.

—En ese caso, luego puedes comprar un pastelito de crema para llevárnoslo a casa y tomarlo con el té.

—Trato hecho —dijo Josette, riéndose.