La villa del sol y los secretos Capítulo 15
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Capítulo 15

Un par de días después, Carla estaba lijando puertas en la planta de arriba cuando oyó abrirse la verja del camino de entrada y vio a Joël aparcando la furgoneta frente a la villa. Bajó corriendo.

—Joël, ¿podemos hablar? ¿Te ha llamado Josette?

Joël negó con la cabeza.

—Igual me ha llamado, pero tengo el móvil sin batería. ¿Le ha surgido algo que quiere que haga?

—Era por lo de que buscabas dónde vivir. Hemos decidido las dos que puedes quedarte en una habitación aquí hasta que encuentres algo.

—¿Pero tú no ibas a mudarte?

—Voy a estar yendo y viniendo desde Inglaterra durante un par de semanas y, cuando esté aquí, puedo quedarme en casa de Josette.

Esta semana pido tres camas. Te agradecería que me ayudaras a montarlas, y, en cuanto estén, puedes mudarte a una de las habitaciones de abajo.

He empezado a pintar los otros dormitorios.

Joël la miró.

— Vraiment ?

Carla asintió.

—Sí, de verdad. Tendremos que pensar algún precio de alquiler pequeño, pero ya lo hablamos más adelante.

—Qué noticia tan buena, gracias.

—Te aviso de que la villa va a estar bastante básica durante un tiempo. Poco más que los muebles que ya hay.

—No pasa nada. Me alegro de tener un techo. Pas de problème con ayudar con las camas… o con lo que sea. Solo tienes que decírmelo —dijo Joël.

Carla le devolvió la sonrisa feliz que él le dedicó.

De vuelta arriba, no pudo evitar preguntarse por él.

Si se hubiera encontrado con Joël en otro sitio, jamás habría pensado que era jardinero, aunque desprendía una cierta sensualidad terrenal atractiva.

Maddy sin duda lo pondría en el top en más de un sentido.

Mientras lijaba la puerta del segundo dormitorio, se preguntó qué le habría pasado.

Quizá Josette le contaría más si le preguntaba.

Pero, claro, quizá no. Carla estaba aprendiendo que Josette guardaba sus secretos y sus pensamientos con mucho celo.

Cotillear sobre su jardinero era algo que probablemente no haría, ni con Carla, ni con nadie.

***

Los días previos a la cita con el notario fueron ajetreados.

Llegaron las camas con sus colchones, pedidos por internet, y Joël montó las dos de las habitaciones de abajo y prometió hacer la de la tercera habitación de arriba en cuanto Carla terminara de decorar.

Ella pintó las paredes de blanco, con apenas un toque de amarillo soleado, y toda la carpintería de blanco liso.

En menos de una semana, la planta de arriba quedó transformada y Carla empezó a pensar que quizá podría abrir sus puertas a los huéspedes durante las largas vacaciones escolares de ese verano.

Una noche, David la llamó para preguntarle qué tal estaba y cuándo volvería.

—Estoy bien. Reservaré un vuelo después de ir al notario.

No tenía sentido contarle su decisión de mudarse a Francia hasta que estuviera de vuelta.

La cita con monsieur Damarcus, el notario, fue bien.

Terminadas las formalidades y firmada toda la documentación por triplicado, Carla le contó sus planes para la villa y él se ofreció a ayudarla a registrar tanto su residencia como el negocio ante las autoridades francesas.

Una oferta que Carla sabía que aceptaría encantada cuando llegara el momento.

Después, Josette la acompañó al gran hipermercado a las afueras, donde se pasaron literalmente horas eligiendo ropa de cama, vajilla y las otras cien pequeñas cosas de la lista de Carla.

Carla había decidido que tocadores, armarios y el resto del mobiliario tendría que comprarlos cuando regresara tras su viaje a Reino Unido.

En treinta y seis horas estaría en lo que antes llamaba su casa, explicándoles a su marido y a su hija que su futuro hogar iba a estar en Antibes.

No era algo que le apeteciera hacer. Sobre todo a David.

Aun así, en cuanto lo hiciera, podría volver a Antibes y ponerse con su vida nueva.

Joël estaba en la villa, instalándose, cuando Carla y Josette regresaron del hipermercado, y les echó una mano subiendo la compra desde el taxi antes de terminar de descargar su furgoneta.

—Te veo en la casa —dijo Josette—. ¿Pizza para cenar te parece bien?

—Perfecto —contestó Carla—. Hasta luego.

Cogiendo dos paquetes del montón de compra que esperaba en la cocina, Carla cruzó el salón y entró en el pasillito que llevaba a los dormitorios de abajo. La puerta del cuarto de Joël estaba abierta y él sonrió al verla.

—¿Seguro que vas a estar bien aquí? Perdona por la falta de muebles, aparte de la cama. Hoy he comprado un perchero de barra y un organizador colgante —dijo ella dándoselos.

—Gracias. Pensaba tenerlo todo en las maletas, pero esto me lo va a poner mucho más fácil.

Carla se fijó en una caja de madera volcada junto a la cama, con una lámpara de mesilla y una foto enmarcada de una joven riéndose.

—Ya te buscaré un paño o algo para cubrir eso. Qué chica tan guapa —dijo, alzando la vista hacia Joël, preguntándose quién era, pero sin atreverse a preguntar.

—Es Tamara, mi hermana.

—¿Vive en Francia?

Joël negó con la cabeza.

—No, vivía en Estados Unidos antes de morir.

—Lo siento muchísimo —dijo Carla—. No pretendía meterme donde no me llaman.

Quizá eso era a lo que se refería Josette cuando dijo que Joël no había tenido buena suerte últimamente.

—Lo sé. Mejor empiezo a montar la barra —contestó Joël.

—Yo voy a colocar la compra —dijo Carla, esperando no haberlo ofendido.

Era evidente que había querido mucho a su hermana.

***

A la noche siguiente, la última antes de volar de vuelta a Reino Unido, Carla invitó a Josette, a Gordon y, por supuesto, también a Joël, a tomar algo y picar en la villa.

Tuvo la sensación de que Josette aceptó a regañadientes.

El champán estaba en la nevera, y sobre la encimera de la cocina había bocaditos de salmón, una selección de tomates rellenos de distintas cosas, frutos secos y patatas fritas.

Había seguido el consejo de Josette y había ido al puesto artesano del mercado a por los bocados.

Normalmente, Carla habría preparado la comida ella misma, pero la cocina no era una cocina operativa todavía, en ningún sentido.

Ahora ya tenían hervidor, microondas, vasos, tazas, platos, cubiertos…

, pero aún faltaban utensilios de repostería e ingredientes.

Seguía habiendo tanto por hacer cuando regresara.

Las puertas francesas del salón estaban abiertas y, mientras esperaba a que llegaran Josette y Gordon, Carla salió a la terraza.

Desde el cuarto de Joël llegaba un murmullo de música, que se mezclaba con el ambiente cálido de la noche del sur de Francia, perfecta para sentarse y relajarse en el jardín.

Pero se dio cuenta de que no podrían. No había muebles para sentarse.

Carla tendría que añadir muebles de jardín a la lista, que no parecía acortarse.

Esa noche tendrían que quedarse de pie fuera o sentarse dentro.

Se volvió al notar que Joël aparecía a su lado.

—El jardín es todo mérito tuyo. Está precioso. Me encanta el color de esa buganvilla del fondo: es casi morada. ¿Y cómo se llama ese arbusto algo alto, con la flor azul, junto a la rocalla?

—Plumbago.

—Estaba pensando que quedarían bien unas luces solares repartidas por ahí. Y velas en recipientes aquí en la terraza.

—Pero peut-être no demasiadas luces, porque pueden confundir a los insectos.

—No lo sabía. Entonces solo las velas —dijo Carla, mirando alrededor—. Casi no me creo que voy a vivir en una casa con limones y naranjas creciendo en el jardín. Es como un sueño hecho realidad. Ah, ya oigo a Josette y a Gordon. Hora de servir las copas.

Joël le abrió el champán y ella repartió las copas. Carla alzó su copa hacia Josette.

—Gracias, tía Josette, por aceptar que empiece mi nueva vida en Villa Mimosa. Así que, si me permitís…, por la familia y los nuevos comienzos.

—Por la familia y los nuevos comienzos —repitieron los demás.

Solo Gordon se dio cuenta de que Josette omitió la palabra «familia» y brindó únicamente por «los nuevos comienzos».