La villa del sol y los secretos Capítulo 7 #2
20%

Capítulo 7 #2

—Yo también tengo ganas de que venga, pero sigo preocupada. Robert dice que aún está muy lejos de estar bien. Creo que él deposita demasiada esperanza en que esta visita ayude a Amelia a recuperarse.

Cuando Amelia se casó y se mudó a Inglaterra, Josette sintió un cambio en aquella relación única de gemelas.

Sin el contacto diario, era natural que su fuerte unión se debilitara un poco ahora que Amelia estaba casada y tenía una familia nueva.

Pero, incluso antes de que Robert les hablara de la reciente enfermedad de Amelia, Josette había tenido unas pesadillas terribles que sabía que estaban ligadas telepáticamente a Amelia y a sus miedos.

Robert se había limitado a decirle a la familia que Amelia sufría depresión y que haría falta tiempo para que se recuperara del todo.

—Seguro que volver a Francia y verte le hará bien —dijo Mario.

Se levantó.

—Vamos, la próxima es Cannes.

Al bajar del tren en Cannes, corrieron por las calles estrechas hacia la costa y el viejo muelle, donde los barcos de pesca descargaban sus capturas. Se detuvieron ante el imponente edificio del hôtel de ville para ver a una comitiva de boda posando para las fotos delante de la entrada.

—Algún día, mi Josie, nos tocará a nosotros —le susurró Mario al oído—. Pero antes tengo que hacer que mi negocio funcione. Ganar dinero de verdad. Vamos: compramos un helado y vemos los barcos.

Las palabras «nos tocará» se quedaron en la mente de Josette mucho después de que Mario las susurrara.

Las seguía abrazando por dentro cuando, horas más tarde, subieron hasta la torre de Le Suquet y se quedaron mirando la ciudad y su bahía curvada, con las islas de Lérins a lo lejos.

Sabía que estaba enamorada de Mario y, con esas palabras, era imposible no creer que él también la quería.

Aunque no lo hubiera dicho explícitamente.

Josette dio un paso atrás, alejándose de la barandilla y de Mario, se llevó la cámara al ojo y le hizo una foto mirando al mar, con una expresión indescifrable. Al sonar el clic del obturador, preguntó:

—¿En qué estás pensando?

—En que un día tendré un barco o tres para llevar a los turistas a las islas cada día. El turismo va al alza por aquí. En unos años será el mayor empleador del pueblo. Y nos va a ir bien a ti y a mí, Josie. Ya lo verás.

Un turista que pasaba se ofreció a hacerles una foto a los dos, y Josette le entregó su cámara, preciada para ella. Recordaba la emoción que sintió al recoger el carrete revelado en la farmacia días después y verlos a ella y a Mario tan juntos.

Un mirlo en lo alto de la madreselva del patio rompió a cantar mientras la voz de Ella se apagaba.

Josette se quedó allí varios momentos, perdida en el pasado, antes de obligarse a reaccionar sacudiendo la cabeza con energía.

Fantasear con lo que podría haber sido no era algo que se permitiera.

Siempre había creído que la vida era la que era y que una seguía adelante con las cartas que le tocaban, aunque acabara siendo una vida más solitaria y menos satisfactoria de lo que había esperado o deseado.

Josette suspiró, recogió la taza y entró en casa. La casa se notaba distinta, vacía ahora que Carla se había ido.

—Espabila: sabías que no era algo permanente —murmuró.

Le subió una necesidad urgente de tener esa noche la compañía de un hombre de verdad, no de un fantasma del pasado.

Llamaría a Gordon para ver si estaba libre para cenar.

Si no, iría a una de las cafeterías de la Place Nationale, se bebería una botella de vino para ahuyentar los demonios y olvidaría cuánto le había gustado ser la «Josie» de Mario.

Desde entonces nadie la había vuelto a llamar así.

***

Una hora después de despedirse de Josette y facturar el equipaje en el aeropuerto de Niza para su vuelo de vuelta, a Carla todavía le sobraba tiempo.

Con al menos otra hora por delante, compró una revista inglesa en el quiosco y, en vez de pasar el rato en la sala de embarque, subió al restaurante con vistas a las pistas en busca de café y un asiento cómodo.

Sentada en una mesa junto a la ventana, con el Mediterráneo y las pistas a la vista, Carla dejó la revista sin abrir y se quedó mirando los aviones aterrizar y despegar: preguntarse quién iba adónde era mucho más entretenido.

Una camarera sonriente le dejó en la mesa el café y el pain au chocolat que había pedido.

— Merci —dijo Carla de forma automática.

Mientras bebía el café y dejaba que el chocolate y la masa hojaldrada y mantecosa se le deshicieran poco a poco en la boca, Carla notó cómo se le tensaba el cuerpo al pensar en el recibimiento que podía esperar de David cuando se vieran.

No le había dicho a él, ni a Maddy, que volvía aquel día.

Se había reservado un hotel local un par de noches para tener tiempo de resolver lo del abogado y el agente inmobiliario y, sobre todo, encontrar un lugar donde vivir.

Estaba decidida a no volver a la casa en la que había vivido con David más de veinte años.

Llamaría a Maddy y le diría que ya estaba de vuelta, pero le haría prometer que no se lo contaría a David hasta que ella estuviera preparada para enfrentarse a él.

— Bonjour . Me alegra ver que has conseguido sobrevivir a las vacaciones de una pieza —la interrumpió una voz masculina, haciéndole dar un respingo.

Era el hombre que la había salvado de un accidente seguro aquel primer día en Antibes.

— Bonjour . Sí, gracias a ti —dijo ella—. ¿Puedo invitarte a un café?

Él negó con la cabeza.

—Ya he pedido y pagado, pero ¿me permites que te acompañe? Soy Bruno, por cierto —añadió, apartando una silla.

—Carla. ¡Encantada de conocerte oficialmente!

—Espero que hayas pasado unas buenas vacaciones.

—Justo el descanso que necesitaba —dijo Carla—. Ahora vuelta al mundo real.

Lo miró.

—¿Tú también has estado de vacaciones por aquí?

Bruno negó con la cabeza.

— Non. Yo vivo en Cannes. He venido a recoger a mi tío, que va a estar unos días.

—No llegué a ir a Cannes esta semana, pero quizá la próxima vez, cuando visite a mi tía.

—Ah, claro, se me había olvidado que dijiste que tenías familia por aquí.

—Mi madre nació en Antibes, aunque apenas volvió después de casarse con mi padre. Murió hace unos meses y este viaje era para…, para arreglar asuntos de familia.

No era del todo mentira, pero tampoco la verdad completa. Llevar el sobre a Josette había sido una excusa conveniente para huir de su propia familia, pero no pensaba contárselo a Bruno, un desconocido.

—Mi más sentido pésame por la pérdida de tu madre. Siempre es un momento difícil, los meses posteriores a la muerte de alguien querido. El dolor no encaja bien con las cosas que la burocracia, a veces, nos obliga a resolver.

—Eso es muy cierto —dijo Carla, sonriéndole—. La semana que viene tengo más burocracia que resolver.

— Bonne chance . Ah —dijo mirando por la ventana—. Aterriza el avión italiano. Mi tío estará en Llegadas en un momento.

Bruno se levantó y le tendió la mano.

— Au revoir , Carla. Quizá vengas a Cannes algún día y nos volvamos a ver.

—Quizá. —Carla sonrió—. Y gracias otra vez por salvarme la vida.

Vio cómo Bruno se alejaba dando zancadas y se perdía entre la gente, antes de terminar el café, coger el bolso y la revista.

Era hora de pasar el control de seguridad e ir a la sala de embarque antes de subir al vuelo a Bristol y regresar a casa para afrontar sus problemas.

A la mañana siguiente empezaría el proceso de recomponer los pedazos de su vida rota, aunque sabía, con absoluta certeza, que una pieza importante estaba tan fracturada que ya no era posible la reparación.