Epílogo
La vida que me construyó
Cuando cerré la última página de este libro, me quedé mucho tiempo en silencio.
No porque todavía quedaran cosas por decir.
Sino porque, por primera vez, fui capaz de mirar toda mi vida sin sentir la necesidad de cambiarla.
Durante muchos años pensé que mi historia estaba hecha de despedidas.
La despedida de mi país.
La despedida de mi mamá.
La despedida de la niña que esperaba a su padre.
La despedida de los sueños que parecían imposibles.
Hoy entiendo que mi historia nunca trató de despedidas.
Trató de encuentros.
Encontré un Dios que caminó conmigo cuando el desierto parecía no tener fin.
Encontré personas que me tendieron la mano cuando apenas podía sostenerme.
Encontré una mujer dentro de mí que era mucho más fuerte de lo que imaginaba.
Encontré un hogar lejos del lugar donde nací.
Encontré una familia que la vida eligió para mí.
Encontré un amor que nunca me pidió que dejara de ser quien era.
Y, sobre todo…
Me encontré a mí.
Si alguna vez vuelvo a sentir miedo, recordaré a la joven que cruzó un desierto sin saber cómo terminaría su historia.
Si alguna vez vuelvo a dudar de mí, recordaré a aquella inmigrante que aprendió un idioma palabra por palabra hasta descubrir que también podía liderar.
Si alguna vez vuelvo a sentirme sola, recordaré que Dios siempre encontró la manera de poner a alguien en mi camino justo cuando más lo necesitaba.
Hoy ya no vivo esperando que el pasado cambie.
Vivo agradeciendo el presente que tengo.
Agradezco el café que comparto cada mañana con Raúl.
Las llamadas con mi mamá.
Las risas con Thalía.
Los amigos que la vida me regaló.
La paz que habita en mi hogar.
Y hasta las cicatrices.
Porque cada una de ellas me recuerda que seguí caminando.
Muchas personas creen que el éxito consiste en llegar lejos.
Yo descubrí que el verdadero éxito consiste en llegar a casa.
Y no hablo de una ciudad.
Ni de un país.
Hablo de ese lugar donde uno deja de pelear con su historia.
Donde el corazón, por fin, puede descansar.
Ese lugar existe.
Yo lo encontré.
No fue un regalo.
Fue un camino.
Un camino lleno de lágrimas, de pérdidas, de personas maravillosas, de segundas oportunidades y de un amor que nunca dejó de buscarme.
Si hoy pudiera resumir toda mi vida en una sola frase, sería esta:
La vida no me rompió.
La vida me construyó.
Y si algún día este libro llega a tus manos cuando sientas que ya no puedes más, deseo que recuerdes algo que yo aprendí paso a paso.
No importa cuán largo parezca el desierto.
No importa cuántas puertas se hayan cerrado.
No importa cuántas veces alguien no supo elegirte.
Mientras sigas caminando con esperanza, la vida seguirá escribiendo capítulos que hoy todavía no puedes imaginar.
Yo soy prueba de ello.
Y esa es la razón por la que decidí contar mi historia.
Con amor,
Anet Sierra
Agradecimientos
Gracias por no soltar mi mano
Nunca he visto a Dios.
Nunca he escuchado su voz como se escucha la de otra persona.
Y, sin embargo, si alguien me preguntara en qué momento estuve más segura de que Él existía, no hablaría de un milagro espectacular.
Hablaría de una suma de pequeños milagros.
Hablaría del día en que encontré agua cuando ya no tenía fuerzas.
Del abrazo de mi mamá antes de salir de Cuba.
De las mujeres que compartieron conmigo el desierto.
De aquella Biblia que tantas veces sostuve entre las manos mientras no entendía lo que estaba viviendo.
Hablaría de Robin.
De la familia venezolana.
De María.
De Raúl.
De Thalía bajando de un avión sin haber tenido que caminar el mismo desierto que yo.
Hablaría de cada persona que apareció exactamente cuando mi corazón estaba a punto de rendirse.
Durante mucho tiempo pensé que Dios respondería mis oraciones cambiando mi camino.
Hoy sé que casi nunca lo hizo.
Lo que hizo fue caminar conmigo.
Y existe una diferencia enorme entre ambas cosas.
Hubo noches en las que le pregunté por qué.
Hubo días en los que no entendía nada.
Hubo momentos en los que el silencio parecía demasiado largo.
Pero ahora miro hacia atrás y descubro algo que antes era incapaz de ver.
En los momentos en que yo pensaba que Dios guardaba silencio…
Él ya estaba preparando el siguiente capítulo.
Mientras lloraba por una puerta cerrada, Él estaba construyendo otra.
Mientras yo sufría por una ausencia, Él acercaba a una persona nueva.
Mientras pensaba que mi historia se estaba rompiendo…
Él ya estaba empezando a reconstruirla.
Hoy no tengo una vida perfecta.
Todavía extraño a mi país.
Todavía extraño abrazar a mi mamá cuando quisiera.
Todavía hay días en los que el pasado visita mis recuerdos.
Pero ya no vivo preguntándome por qué me pasó todo aquello.
Ahora me descubro diciendo algo muy distinto.
Gracias.
Gracias por mi mamá.
Gracias por haberme dado la fuerza para salir cuando parecía imposible.
Gracias por sostenerme cuando ni siquiera sabía que me estabas sosteniendo.
Gracias por las personas que elegiste para mi camino.
Gracias por enseñarme que el amor verdadero no hace ruido.
Gracias por Raúl, por su paciencia, por su ternura, por cada café compartido, por cada “buenos días”, por cada vez que me recordó, con hechos, que yo era importante.
Gracias por permitirme cumplir la promesa que un día le hice a Thalía.
Gracias por mostrarme que un hogar no siempre es el lugar donde uno nace.
A veces es el lugar donde el corazón, por fin, deja de tener miedo.
Si este libro tiene algún propósito, deseo que no sea que las personas recuerden mi nombre.
Deseo que recuerden que siempre existe esperanza.
Que una infancia difícil no tiene por qué definir toda una vida.
Que el abandono no tiene la última palabra.
Que el miedo puede perder fuerza.
Que el amor sano existe.
Y que Dios tiene una manera muy particular de escribir historias.
No siempre nos evita el dolor.
Pero jamás desperdicia una lágrima.
Hoy cierro este libro con el corazón lleno.
No porque haya recibido todo lo que alguna vez soñé.
Sino porque descubrí que la vida me dio exactamente lo que necesitaba para convertirme en la mujer que soy.
Y si alguien me preguntara cuál fue el mayor milagro de mi historia, respondería sin dudarlo.
No fue cruzar una frontera.
No fue empezar de nuevo.
No fue encontrar el amor.
El mayor milagro fue que, después de todo lo vivido, mi corazón siguiera siendo capaz de amar.
Ese fue el regalo más grande.
Y esa será siempre la victoria más hermosa de mi vida.